Hollande se hunde y la derecha se frota las manos

La publicación de un libro de la exprimera dama francesa Valérie Trierweiler –Gracias por este momento– asesta un fuerte golpe al mandatario galo Francois Hollande, al revelar lo que sería su verdadero rostro: mentiroso, hipócrita, mezquino, arrogante, manipulador y narcisista. Pero ese es apenas uno de los muchos problemas del presidente, cuya popularidad cae en picada. La economía está estancada, su déficit público es inmanejable y la deuda se disparó al tiempo que crecen los índices de desempleo. Ante ese escenario la derecha de Francia –la cual se debate en guerras intestinas– se prepara para retornar al Eliseo.

PARÍS.- Gracias por este momento, el libro en el cual Valérie Trierweiler, exprimera dama de Francia, cuenta su estancia de 18 meses en el Palacio del Eliseo al lado de Francois Hollande, está escrito con una mezcla de humor ácido y sentimentalismo barato, carece de estilo, es demasiado repetitivo y a menudo impúdico. Cuesta trabajo entender cómo su autora puede vanagloriarse de una carrera de 20 años en el periodismo político.

Trierweiler no revela los arcanos del poder, tampoco intenta presentar la situación política, económica y social francesa vista desde “arriba”. Apenas esboza, sin jamás profundizarlas, algunas críticas al personal que rodea al jefe de Estado. En realidad su única meta es saciar una sed desenfrenada de venganza abriendo las puertas de la alcoba presidencial.

La periodista de Paris Match y el líder socialista llevaban siete años juntos cuando Hollande ganó las elecciones presidenciales, el 6 de mayo de 2012. Un mes más tarde empezó a desgastarse su relación.

El 12 de junio de 2012 la flamante primera dama provocó un escándalo al enviar un tuit de apoyo político a Olivier Falorni, contrincante socialista de Ségolene Royal en la campaña para las elecciones legislativas de La Rochelle (oeste de Francia), desafiando así al presidente y a altos dirigentes del Partido Socialista (PS) que apoyaban oficialmente a la candidata y retando a la exesposa de Hollande, su rival sentimental de muchos anos. Trierweiler lo reconoce en su libro: Se dejó cegar por los celos.

Esa desafortunada intromisión personal en el proceso electoral echó por tierra la promesa de Hollande de diferenciarse de Nicolás Sarkozy, separando su vida privada de la pública para devolverle dignidad y respetabilidad a la función presidencial.

La noticia de la relación amorosa del presidente con la actriz Julie Gayet publicada por un tabloide a finales del pasado enero dio el golpe de gracia a la pareja presidencial. Son los pormenores de esa separación los que Trierweiler decidió hacer públicos en Gracias por este momento, multiplicando detalles íntimos y burlándose del compromiso electoral de Hollande.

Es la primera vez que la expareja de un presidente en ejercicio actúa de esta forma.

El libro se vende como pan caliente: Desapareció de los estantes de todas las librerías francesas el día de su puesta a la venta, el jueves 4. En menos de una semana se agotaron los 200 mil ejemplares impresos secretamente en Alemania y muchos se subastaron en internet al tiempo que empezaron a circular versiones digitales legales o piratas. El lunes 8 se anunció que 270 mil ejemplares adicionales ya estaban disponibles.

El libro provocó debates, polémicas, controversias y chistes procaces en esferas políticas, medios, redes sociales y barras de cafés.

Pero sobre todo degradó aún más la ya muy deteriorada imagen de Hollande, quien, según los sondeos, sólo contaría con el apoyo de 13% de los franceses.

Es la primera vez desde 1979, cuando se inauguró ese tipo de encuestas, que un presidente es tan impopular.

Flecha envenenada

Tal como lo pinta su expareja, Hollande aparece como inconsecuente, mentiroso, doble cara, incapaz de enfrentar la verdad, cumplir sus promesas o tomar decisiones duraderas; machista, arrogante, cruel, manipulador, cínico, narcisista. Pero el rasgo del personaje descrito por Trierweiler que causó más estragos es su “desprecio por los pobres”.

En su libro la exprimera dama asesta: “Se presentó como el hombre que no quiere a los ricos. En realidad el presidente no quiere a los pobres. Este hombre de izquierda los llama en privado ‘los desdentados’, muy orgulloso de su humor”.

Estas tres frases son tan demoledoras que Hollande tuvo que reaccionar, pese a su decisión de no aludir públicamente al libro. Lo hizo el viernes 5, al margen de la cumbre de la OTAN en Newport, Gran Bretaña, para tratar las muy graves crisis de Ucrania e Irak.

“No dejaré que se cuestione la concepción de mi acción al servicio de los franceses, una relación humana que tengo con los más frágiles, los más modestos, los más humildes. Porque estoy a su servicio. Porque es mi razón de ser”, expresó.

No convenció.

En realidad Gracias por este momento y su flecha envenenada de la falta de consideración presidencial hacia los desfavorecidos golpearon a Hollande en el peor momento de su quinquenio.

La economía francesa se mantiene desesperadamente estancada, el déficit público se ha vuelto incontrolable –alcanza 4.4% del PIB, muy por encima del 3% exigido por la Unión Europea– y la deuda pública está por el cielo. El desempleo, que afecta a más de 10% de la población económicamente activa, no deja de crecer y junto con él aumentan la frustración, el resentimiento y el coraje.

“¿Puede el Ejecutivo caer más bajo sin hundirse definitivamente?”, pregunto Le Monde en la introducción de un largo análisis sobre el calvario del primer mandatario. El texto fue publicado en su edición del sábado 6 con el título: Viento de pánico en la cúspide del Estado. El mismo día el vespertino insistió en esa interrogante en un editorial de primera plana.

“La impotencia del Poder Ejecutivo es obvia; el derrumbe de la imagen presidencial, terrible; el desvanecimiento del poder, inquietante. Se impone una pregunta: ¿Cuánto tiempo más se podrá sostener semejante situación, cómo puede seguir así el presidente?”

Tan aguda es la crisis, que en el Partido Socialista se ha vuelto abismal la brecha entre la corriente favorable a una política social más de izquierda y la otra, de claro corte social-liberal. La lucha entre las dos tendencias se volvió frontal el pasado 24 de agosto cuando Arnaud Montebourg, ministro de Economía, criticó pública y vehementemente la política económica defendida por Hollande y su primer ministro, Manuel Valls.

Al día siguiente Valls presentó la renuncia de su gabinete a Hollande, quien le pidió de inmediato constituir uno nuevo. La jugada le permitió deshacerse de Montebourg, así como de Benoit Hamon, ministro de Educación, y de Aurélie Filippetti,­ de Cultura. Los dos primeros son figuras emblemáticas de la corriente de izquierda. Los cambios se hicieron a toda velocidad el 26 de agosto y sorprendieron a todo mundo, pues el primer gobierno de Valls sólo tenía cinco meses.

Montebourg fue sustituido por Emmanuel Macron, quien entre 2008 y 2012 fue alto responsable del banco de negocios Rothschild, antes de ser nombrado secretario adjunto del Eliseo en mayo de 2012. Para el ala izquierdista del PS su llegada al Ministerio de Economía es sinónimo de victoria del clan social-liberal.

Confirmó esa impresión el discurso de Valls ante la cumbre de verano del Movimiento de las Empresas de Francia (Medef), organización que aglutina a la crema y nata del sector privado francés.

Las relaciones entre el Medef y el PS no suelen ser fáciles, pero el pasado 27 de agosto Valls no vaciló en proclamar: “Amo a la empresa”. Fue ovacionado de pie, dejó un amargo sabor de boca en los electores de izquierda y agudizó aún más la crisis interna del Partido Socialista, cuya ala más ortodoxa se aglutinó bajo la etiqueta de Viva la Izquierda.

El caso Thévenoud

Además, un día después de la presentación pública de Gracias por este momento explotó el “escándalo Thévenoud” que asestó un nuevo golpe a Valls y a Hollande.

Thomas Thévenoud acababa de estrenar su oficina como secretario de Estado para el Comercio Exterior cuando la Alta Comisión para la Transparencia de la Vida Pública descubrió irregularidades en su situación fiscal. Fue de inmediato obligado a renunciar al cargo que sólo ejerció nueve días y tuvo que reconocer que se le había “olvidado” pagar sus impuestos durante tres años. Intentó disculparse diciendo sin parpadear que padecía “fobia administrativa”.

Es la segunda vez que un alto responsable socialista es sorprendido en flagrante delito de fraude fiscal. El caso de Jerome Cahuzac, ministro del Presupuesto, excluido del gobierno y del partido en 2013 por haber omitido señalar a las autoridades fiscales sus cuentas bancarias en Suiza, causó mucho daño a Hollande y al PS.

Con semejante antecedente ningún dirigente socialista pudo explicar cómo había logrado acceder a tan alta responsabilidad en el ministerio de Economía un individuo que no pagaba impuestos. Peor aún, en 2013, siendo diputado, Thévenoud se desem­peñaba como vicepresidente de la Comisión Parlamentaria sobre Fraude Fiscal y también de la Comisión de Investigación sobre el caso de Cahuzac. Destacó por ser su más duro crítico, calificándolo públicamente de “traidor”.

El “escándalo Thévenoud” dista de haber acabado. El efímero secretario del Comercio Exterior recobró su escaño pese a la insistencia de la dirección del PS para que renunciara. Aún no está excluido del partido pero él mismo decidió “tomar distancia” de la formación política, sin salirse definitivamente.

Repudiado por sus compañeros de la bancada socialista, participa en las sesiones de trabajo de la Asamblea Nacional sentado en las filas de los “no inscritos”. Todo parece indicar, sin embargo, que seguirá votando a favor de los socialistas y empezará a hacerlo el martes 16, cuando Valls presente la hoja de ruta de su nuevo gobierno y pida un voto de confianza.

En cambio una treintena de diputados de Viva la Izquierda amenazan con abstenerse, al igual que una parte de los parlamentarios ecologistas. Otra parte asegura que votará contra el programa de Valls al igual que los diputados del Frente de Izquierda.

Y mientras tanto, beneficiándose de todos estos escándalos, el ultranacionalista Frente Nacional sigue ganando terreno. Su líder, Marine Le Pen, cuestiona más que nunca la legitimidad de Hollande, pide la disolución de la Asamblea Nacional –decisión que sólo le corresponde al presidente– y la celebración de nuevas elecciones legislativas. Se dice segura de la victoria de su partido y dispuesta a gobernar en una “cohabitación”: Hollande seguiría como presidente pero ella encabezaría el gobierno.

Es por lo menos lo que explica en una entrevista publicada en la edición del sábado 6 de Le Monde. Interrogada sobre la primera medida que tomaría su gobierno, Le Pen no vaciló un segundo: Su prioridad son la seguridad y la inmigración.

Más allá de los desafíos y de las provocaciones de la presidenta del Frente Nacional, la situación no deja de ser grave. La derechista Unión por un Movimiento Popular (UMP), que podría aprovechar “la bajada al infierno” de Hollande, no logra hacerlo por estar enfrascada desde hace dos años en una inacabable guerra de líderes.

Desde la renuncia de Jean-Francois Copé, investigado por corrupción, la presidencia del partido está en manos de tres exprimeros ministros: Alain Juppé, Francois Fillon –ambos candidatos a presidir su organización con la mira puesta en las elecciones presidenciales de 2017– y Jean-Pierre Raffarin. Es cada vez más evidente que Juppé y Fillon tendrán que competir con Sarkozy.

Semana tras semana el expresidente aplaza el anuncio solemne de su regreso a la política. Cuida el suspenso. Quiere aparecer como el único salvador de un país al borde abismo. No parece importarle seguir estando sujeto a cinco complejas investigaciones judiciales por, entre otras cosas, corrupción, tráfico de influencias y soborno de un juez.

Uno de los caballos de batalla de Le Pen es fustigar lo que ella llama “la UMPS” por considerar que la UMP y el PS son “iguales de corruptos, podridos, nefastos e ineficientes”. El triste espectáculo que ofrecen algunos de los personajes más relevantes de ambos partidos, el descrédito que generan y que afecta a toda la clase política y sus crisis internas, le caen como anillo al dedo a la dirigente ultranacionalista.