Ser y parecer una universidad

Las personas que son ajenas a la vida universitaria tapatía y se acercan por casualidad a las instalaciones de la Universidad de Guadalajara no siempre será seguro que reconozcan en ellas a una institución educativa. Y lo anterior es algo más que explicable, pues si ven, por ejemplo, una gigantesca manta desplegada en el campus de Los Belenes (que forma parte del patrimonio de la UdeG), al lado del auditorio que tiene el nombre oficial de Telmex (inmueble propiedad también de la UdeG), manta en la que aparecen los nombres y las efigies en glorioso tecnicolor de Paquita la del Barrio y Marisela, La Dama de Hierro (epíteto que un perezoso “creativo” discurrió robarle descaradamente a Margaret Thatcher, otrora primera ministra de la Gran Bretaña), hacen pensar de inmediato en un empresario como el señor Carlos Slim, el hombre más rico del planeta, y en la farándula mexicana, respectivamente, pero no en una universidad que se sostiene con el dinero de los contribuyentes.

De igual forma, al ver de manera desaprensiva sobre uno de los muros que da a la calle Guanajuato, en el más hacinado de los centros universitarios de la UdeG (el de Ciencias Sociales y Humanidades), un banner colgado en el que se ofrece un producto llamado “tarjeta negra” para asistir a “todos los juegos de los Leones Negros en el Estadio Jalisco”, con la especificación detallada de los costos precisos para cada una de las zonas de ese coliseo deportivo, se podría tener la impresión de que ese sitio muy probablemente sea la sede administrativa del equipo recién ascendido a la Primera División del futbol mexicano y al que cierta pedantería publicitaria presenta como “el equipo que nació grande”, o en todo caso, que tal vez se trate de las nuevas oficinas de Clubes Unidos de Jalisco, pero difícilmente se pensaría que es un lugar donde se estudia a los clásicos de la filosofía, de la sociología, del pensamiento jurídico, de la historia, de la literatura y de las humanidades en general.

Ejemplos como los anteriores hablan de una universidad que cada vez se parece menos a eso, aun cuando venturosamente lo siga siendo, gracias al trabajo de muchos empeñosos maestros, alumnos e investigadores, que se dedican a lo suyo y son ajenos a los caprichos, ocurrencias, frivolidades, devaneos, desfiguros y hasta chifladuras de ciertos funcionarios udegeístas, para quienes lo prioritario no es poner al alcance de la sociedad servicios educativos (de nivel medio y superior) de la más alta calidad académica, sino tener contento (s) a su (s) superior (es), a fin de ir subiendo en el padillómetro y hacer una carrera política dentro o fuera de la UdeG, con el padrinazgo y la bendición de alguno de los mandarines de la universidad pública de Jalisco, comenzando por el mero jeque de jeques (¿eres tú, Raúl?).

 Si la UdeG dependiera únicamente de la cúpula padillista y de la cohorte que la acompaña (dóciles consejeros universitarios, sindicatos hueros, una organización estudiantil a modo y “acadadestrativos” que, como bien sugiere Guillermo Sheridan, en la práctica no son ni chicha ni limonada), de “universidad” sólo tendría el nombre. Pero como en ella participan también hombres y mujeres responsables –por lo general, de infantería– que no se desaniman ante una burocracia pantanosa, la universidad existe a pesar de los pesares e incluso con enclaves de calidad, que los jeques udegeístas presumen y se arrogan, mediante una suerte de vampirismo intelectual, como si fueran obra suya y no del trabajo de académicos que no sólo realizan sus tareas profesionales en circunstancias de precariedad, sino que todavía tienen que cargar con el lastre de funcionarios tan engreídos como poco competentes. Por supuesto que entre estos últimos hay muy honrosas excepciones, particularmente entre los mandos medios y bajos.

Como muchos han dicho atinadamente, el grueso de la plantilla docente de la UdeG lo conforman maestros de asignatura, quienes son los profesores peor pagados, pues reciben 60 pesos por hora-clase. Para colmo de males, entre finales del semestre anterior y lo que va del actual, muchos de esos sufridos mentores han estado recibiendo un trato indigno por parte de autoridades de la institución. Resulta que el pago de la primera quincena de agosto les fue retenido durante más de tres semanas y, cuando por fin les fue entregado, en muchos casos les llegó incompleto de manera inexplicable y aun es hora que no se les cubre por completo ese adeudo. Esto ha sido particularmente evidente en algunos departamentos del Centro Universitario de Arte Arquitectura y Diseño (CUAAD), lo que el pasado 19 de agosto provocó un paro parcial de actividades, organizado por maestros y alumnos de la División de Artes y Humanidades, quienes cerraron también la céntrica calle de Belén, a las afueras de la Escuela de Artes Plásticas.

Todo esto ha venido sucediendo mientras la cúpula udegeísta, como ya se ha vuelto una costumbre, sigue en el despilfarro del presupuesto de la institución en asuntos suntuarios o ajenos a la razón de ser de una universidad pública. Tal es el caso, por ejemplo, del llamado Festival Internacional de Cine de Guadalajara en Los Ángeles, organizado y financiado por la UdeG y cuya cuarta edición se clausuró apenas el domingo 7 en la mencionada ciudad californiana.

Tampoco parece obra de la casualidad que mientras los jeques udegeístas se afanan en regatearles –o por lo menos en jinetearles– sus castigadísimos sueldos a muchos profesores de asignatura, la cúpula universitaria ha metido a la institución en el oneroso y riesgosísimo negocio del futbol profesional de Primera División. De suerte que, por lo que se ha podido ver hasta ahora, la prioridad no es estar al corriente en los pagos al cuerpo magisterial de la UdeG, sino tratar de mantener en la Liga MX al equipo de futbol de la institución: los ya mencionados Leones Negros.

Hasta ahora, lo anterior ha implicado, entre otras cosas, que el presidente de dicho equipo (para variar, el exrector Raúl Padilla) haya forzado a la dirigencia del Sindicato de Trabajadores Académicos de la UdeG para que le hiciera un préstamo por 120 millones de pesos de los ahorros del personal docente. También se obligó a los empleados de confianza de la casa de estudios para que “voluntariamente” adquirieran la “tarjeta negra”, a fin de ayudar al sostenimiento del equipo de marras. Y muchos de quienes recibieron esa invitación tuvieron que comprar la tarjeta por temor a perder su chamba o a recibir represalias en la misma.

Por lo demás, vale decir que dicho equipo futbolero hasta ahora ha sido una decepción, hasta el punto de ser el principal candidato para volver a la devaluada Liga de Ascenso, pues de los siete juegos que tenía disputados hasta el momento de redactar estas líneas, había perdido cuatro, con sólo un triunfo y dos empates, para una cosecha misérrima de cinco de 21 puntos posibles. A ese negocio es al que ahora le apuestan los jeques de la UdeG, echando mano de cuanto recursos cautivos tienen a su alcance, incluidos los ahorros del personal académico de la institución y, eventualmente, hasta los sueldos demorados a los profesores de asignatura.

Así se maneja (léase de manera abusiva, descarada e impune) a la universidad pública de Jalisco, institución que por lo que hace a los jeques udegeístas, cada vez se parece más a un negocio farandulero y futbolero, pero que, por fortuna, gracias a muchos universitarios responsables sigue siendo, a pesar de todo, una universidad.