La dramaturga alemana Rebekka Kricheldorf (Freiburg, 1974) escribe la obra La cosa del mar, llevada a la escena por el joven director Luis López en el Teatro Helénico de la Ciudad de México.
Pieza realista con un elemento inquietante representado por un ser marino que atemoriza a los tripulantes de una embarcación extraviada en el mar. La amenaza de aquel monstruo crece progresivamente y se manifiesta en cada uno de los personajes como metáfora de sus propios horrores. La joven autora deja de lado la tradición expresionista alemana para acercarse a un teatro simbólico a partir de una realidad suspendida en el mar.
Tanto el director Luis López como Rebekka Kricheldorf muestran, en La cosa del mar, la frivolidad de una clase social acomodada cuyas preocupaciones se vuelven tan superficiales que llevan a la risa. Risa trabajada a través del humor negro, donde debajo de esa frivolidad hay temores reales que acosan a los personajes. La crítica social a personajes adinerados nos acerca a una realidad chocante, donde la autora estereotipa sus comportamientos y ubica a cada uno como representantes de un sector.
El director Luis López, especializado principalmente en la técnica del clown, en la cual ha sobresalido con su Compañía teatral las Primadonnas, incursiona en la dirección de esta obra en la que cae irremediablemente en un tono fársico y esquemático que impide creerle a los personajes. Los actores abordan sus personajes a partir de clichés, perdiendo matices y profundidad. En el caso de la escritora, la autora la encajona en el típico modelo del escritor alcohólico, decepcionado de la vida e incapaz de encontrarle sentido. Su dificultad y desesperación por no poder escribir o no saber de qué hablar en su proceso creativo se pierde, aunque se escuchan textos sensibles e inteligentes respecto a su problemática. A pesar de que el reparto está encabezado por actrices experimentadas como Ana Karina Guevara y Dobrina Cristeva, el equipo actoral tiene dificultades para volver verosímiles a sus personajes y quedan marcados por expresiones altisonantes a lo largo del espectáculo.
La cosa del mar propone un interesante juego con la presencia de un monstruo que no se ve y que para cada personaje significa algo diferente. La imaginación del personaje le muestra al espectador las características de ese monstruo para que él lo recree con base a su propio imaginario. El ubicar a los personajes en medio del mar crea un espacio suspendido en la nada donde todo puede suceder. Si el vaivén del mar, definitivo en la propuesta, está muy bien resuelto en la primera parte de la obra, poco a poco se va olvidando el lugar donde se encuentran los personajes y la obra aterriza en tierra firme sin remedio.
La escenografía, apenas con unos cuantos elementos muy iluminados, no sugiere atmósferas ni contrastes en los espacios, atmósferas que se dificultan por carecer de una musicalización a pesar de que en su reparto cuenten con el músico Rodrigo Mendoza, que interpreta un personaje.
Luis López con su compañía presenta espectáculos interdisciplinarios; su repertorio cuanta con atractivos títulos como Flor de lluvia, Mi cobija es la noche, Sombreros con patas y alas, Seremos nubes o Las 7 trompetas, sugiriendo una estética evocativa y lúdica. La cosa del mar no resulta ser una obra acabada y queda apenas como un indicio de lo que hubiera podido ser.








