El nuevo Mercado Corona

Desde hace mes y medio el ayuntamiento tapatío cuenta con el proyecto conceptual de lo que habrá de ser el nuevo Mercado Corona. Como es del conocimiento público, la selección se hizo entre una treintena de propuestas presentadas por distintos despachos de arquitectura de Guadalajara y también hubo participantes de otros puntos del país. Como era de esperarse, el proyecto ganador suscitó todo tipo de comentarios, incluidas opiniones adversas, varias de las cuales interpretaron que, a partir de las imágenes mostradas, el nuevo Corona amenazaba con convertirse en algo más parecido a un mall o un centro comercial que a lo que suele ser reconocido como un mercado popular.

Ante el racimo de peros y reparos que distintas personas (algunos arquitectos del solar, varios de los cuales participaron en el concurso, representantes de locatarios del siniestrado mercado y opinadores en general) le han colgado al proyecto ganador, las autoridades del ayuntamiento de Guadalajara tuvieron el acierto de exponer en una sala del Palacio Municipal todos los proyectos que participaron, a fin de que cualquier persona interesada pudiera ver de dónde surgió el ganador, y cómo a éste –gustos personales aparte– no le faltan méritos, máxime si se lo compara con el resto de los participantes que respondieron a la convocatoria.

Lo primero que aparece a la vista de quien ha podido contemplar la exposición de los distintos proyectos para el nuevo Mercado Corona es que el jurado hizo la selección a partir de lo que  había.  Y en términos generales lo que había –salvo cuatro o cinco excepciones, entre ellas el proyecto ganador– era de un nivel bastante modesto e incluso menos que eso. En otras palabras, ninguna obra maestra en ciernes quedó descartada y menos por intereses inconfesables o por una voluntad aviesa. Hasta ahora nadie ha podido demostrar –incluidos los participantes inconformes– que el concurso haya estado trucado o que, desde determinada instancia oficial se haya tratado de favorecer a equis despacho arquitectónico o a tal o cual persona física o moral.

Suspicacias y malos pensamientos aparte –algo punto menos que inevitable en casos como el presente– al jurado no se le puede acusar de haber sido parcial o de que haya sido confeccionado a modo para sacar un ganador predeterminado, pues se integró con siete personas de variados oficios y profesiones y cuya procedencia tampoco fue uniforme. Entre ese grupo de sinodales participaron tres arquitectos de la comarca de distintas generaciones, una especialista en materia de patrimonio edificado que vino de la Ciudad de México, un historiador de la localidad, un perito en mercados de España y hasta un comentarista en asuntos tapatíos como es el caso de quien escribe estas líneas y que, ante la invitación hecha por el alcalde de Guadalajara, honestamente no halló razones para rechazar el llamado para fungir como jurado, máxime cuando se ofreció una absoluta libertad para cada uno de los sinodales y un proceso transparente, así como la especificación de que no habría para el jurado ningún tipo de retribución (ni en metálico ni en especie), todo lo cual se cumplió cabalmente.

Respecto al proyecto seleccionado, vale decir que éste ganó por unanimidad y con una considerable ventaja sobre el que quedó en segundo lugar. Si de momento se dejan de lado los innegables merecimientos arquitectónicos y urbanista del proyecto ganador –que, un día después del fallo de jurado, se supo que pertenecía al despacho que encabezan los arquitectos tapatíos Leopoldo Fernández Font y Fernando Fernández Pérez Rulfo– se tendrá que aceptar que dicha propuesta no sólo cumple sobradamente con las bases establecidas en la convocatoria, sino que es un proyecto viable, con un carácter innovador, el cual, entre otras cosas, se propone revitalizar –conceptual y constructivamente, no sólo en el discurso– el centro de Guadalajara, sobre todo a partir de esa hora del día en que el grueso de los comerciantes de la zona cierra sus puertas y el primer cuadro de la ciudad queda convertido en un lugar desolado, socialmente repelente, que provoca en los escasos viandantes una sensación de desasosiego y aun de inseguridad.

La propuesta en este sentido es que las áreas exteriores del mercado se mantengan abiertas hasta el filo de la medianoche, a fin de ofrecer –tal y como ocurre, por ejemplo, en el mercado Hidalgo de Guanajuato– souvenirs, golosinas, bebidas y platillos característicos y otros productos típicos de la región. Aparte de ello, en las dos áreas con portales (las que dan a la avenida Hidalgo y a la calle de Santa Mónica), que estarán abiertas incluso para quien no pretenda hacer ninguna compra, sino simplemente resguardarse de la lluvia y del sol o simplemente bobear, existe la propuesta de instalar más de un café o una nevería –o ambas cosas–, con mesas y sillas, así como locales donde clientes, paseantes o visitantes pudieran encontrar algunas de las creaciones más apreciadas de la gastronomía tapatía: tortas como las de La Playita y las de Gema, pollo a la Valentina, tacos como los de Los Otates, tortas ahogadas, nieves como las del templo de San Antonio, tejuino como el de El Polo Norte o de otro lugar, etcétera.

Y si lo anterior significa abrir el nuevo Mercado Corona a algunas “franquicias” como las antes mencionadas, ¿cuál sería el problema? En primer lugar, hay de franquicias a franquicias, y ninguna de las antes mencionada es una cadena comercial convencional –y menos nacional o internacional– sino negocios de pequeña escala que por la originalidad y la calidad de sus productos no sólo se han ganado el aprecio de generaciones y generaciones de tapatíos, sino que algunas de sus creaciones forman parte ya de los sabores del valle de Atemajac.

En otras palabras, la inclusión de esta clase de negocios de ninguna manera iría en desdoro del “mercado tradicional” sino que, por el contrario, vendría a enriquecerlo. De ahí que no tenga razón la queja de ciertos locatarios del Mercado Corona, alguno de cuyos representantes (Gustavo Curiel) ya califica de “competencia desleal” la eventual instalación de giros como los mencionados. Si, por ejemplo, en el mercado anterior no había una nevería o un café y en el nuevo se propusiera incluirlos, ¿dónde estaría el problema y dónde la deslealtad competitiva, máxime cuando quien llegara con esos nuevos giros comerciales (y socialmente útiles) no desplazaría a ninguno de locatarios preestablecidos, quienes, por lo demás, están en todo su derecho de pedir a la autoridad que les garantice su lugar en el futuro mercado? Y si éste ya concibe un 10% más de locales que el edificio siniestrado, ¿por qué habrían de temer quedar fuera?

Pero a lo que no tiene derecho ningún locatario es a tratar de ponerle condiciones a la comuna tapatía (a la sociedad y a su gobierno municipal), o a querer decidir cómo deberá ser el nuevo mercado. Éste, como el anterior, habrá de justificar su razón de ser ofreciendo una variada serie de servicios de la calidad, desde el ramo alimenticio hasta área de estacionamiento. Y en este ámbito los intereses de la ciudad están por encima incluso de los muy respetables intereses (individuales y colectivos) de los locatarios, de suerte que el ayuntamiento de Guadalajara no debe anteponer éstos a aquéllos. Y si razonablemente se juzga que la ciudad (sus moradores y sus visitantes) saldría ganando con un nuevo Mercado Corona que cuente con cosas y servicios que el anterior no tenía, la autoridad municipal debe actuar en consecuencia, más allá de lo que opinen los locatarios y sus representantes, quienes ven por sus intereses, pero no necesariamente por los de la comunidad.