El camino del perdón

BOGOTÁ.- En sólo dos minutos Constanza Turbay Cote aligeró un dolor que ha cargado desde el 16 de junio de 1995, cuando su hermano Rodrigo fue secuestrado por la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y comenzó el exterminio de su familia inmediata.

Rodrigo murió dos años después ahogado en la selva y el 29 de diciembre de 2000 ese mismo grupo insurgente asesinó a su mamá, Inés Cote, y al hermano que le quedaba, Diego, junto con cinco personas más.

El sábado 16 Constanza fue una de las 12 víctimas de la guerra interna en Colombia que se vieron cara a cara con los delegados del gobierno y de las FARC que sostienen en La Habana conversaciones de paz. En ese encuentro histórico ella habló desde su dolor, con ánimo de reconciliación y despojada de odios. Esto no debe volver a ocurrir en el país, exigió a sus interlocutores, entre quienes se encontraba el comandante guerrillero Iván Márquez, oriundo, como ella, del suroriental departamento de Caquetá.

En un receso de la cita de un día, que se realizó en uno de los salones del Palacio de las Convenciones de La Habana, Márquez se acercó a Constanza en un pasillo y le pidió hablar a solas.

“Lo que hicimos con tu familia fue un error muy grande de las FARC. Yo te pido perdón”, expresó el comandante y número dos de esa guerrilla, quien encabeza la delegación insurgente.

“En ese instante me quedé sin palabras”, dice Constanza a Proceso.

Recuerda que lloró, pensó en los últimos 19 años de su vida, en sus muertos, en sus historias personales, y desde sus ojos humedecidos por las lágrimas observó a Márquez. Una edecán los interrumpió para decirles que la sesión se reanudaba, que sólo faltaban ellos en la sala, que entraran.

“Sus palabras trascendieron mi alma y este es uno de los momentos más importantes de mi vida”, le dijo Constanza al jefe insurgente, quien le reiteró su solicitud de perdón y le expresó su admiración por su hermano Rodrigo, quien era representante (diputado nacional) en el momento de su plagio y cuya muerte se produjo en 1997 al ahogarse en el río Caguán, sur del país, cuando guerrilleros de las FARC que lo mantenían secuestrado lo transportaban en una lancha.

Fueron dos minutos lo que duró ese encuentro entre Constanza y Márquez, pero para ella “dos minutos de perdón son mucho más significativos que mis 19 años de dolor y que los 50 años de guerra que ha padecido Colombia. Ese es el valor que le quiero dar al perdón”.

Constanza es la única sobreviviente de la familia Turbay Cote. Dice que cada día de su vida recuerda a sus hermanos Rodrigo y Diego –quien al ser asesinado era presidente de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes (diputados)–, y su madre, Inés, y reza por ellos.

Sostiene que “las palabras de Iván Márquez trascendieron en la historia de mi vida. Él fue sincero, sus palabras fueron de corazón y por eso yo acepté el perdón”.

“Indudablemente –agrega–, fue un error muy grande el que cometieron las FARC con mi familia, una familia comprometida con la paz. Un error muy, muy grande, lastimosamente para mí. Pero no hay nada que pueda cambiar ese dolor. No puedo resucitar a los míos y, ante eso, el camino es el camino del perdón, no hay otro.”

Constanza, quien luego del exterminio de su familia se exilió en Europa, donde ha vivido en varios países, señala que “lo genial de un perdón es que en ese instante dejé de ver a esta persona (Iván Márquez) como el victimario. En ese momento cambió inmediatamente el papel de víctima y victimario y los dos nos encontrarnos como dos seres humanos que podemos buscar caminos de reconciliación”.

“Yo –señala– perdí lo más amado de mi vida, a mi familia. Perdí mi esperanza de vivir en este país. Perdí mi herencia. Pero hoy pienso que comienzo a recobrarlo todo.”

Según Constanza “si las víctimas, que hemos vivido el rigor de esta guerra, somos capaces de perdonar, ¿por qué no ha de hacerlo el país entero?”.

–¿Cree que con esto las FARC están indicando un compromiso con la reconciliación? –se le pregunta.

–Si lo hicieron conmigo, yo tengo la esperanza de que lo hagan con todas las demás víctimas.

Asumir responsabilidades

Durante el encuentro de las víctimas con los delegados del gobierno y de las FARC en La Habana diferentes delegados guerrilleros se acercaron, por separado, a las seis víctimas de ese grupo insurgente que participaron en la cita –otros seis eran afectados por agentes del Estado y paramilitares– y se refirieron a su responsabilidad en los hechos victimizantes.

El comandante de las FARC Pablo Catatumbo mostró su arrepentimiento por el fallecimiento de 11 diputados locales del departamento del Valle que mantenían secuestrados y que murieron en 2007 durante un confuso enfrentamiento entre dos grupos de esa guerrilla.

Ángela Giraldo, hermana de Francisco Giraldo, uno de los diputados que fallecieron, es una de las víctimas que viajó a La Habana, y Catatumbo le dijo que nunca debió haber sucedido esa masacre, que fue un error. Ella les dijo que los había perdonado pero que debían pedir perdón a la sociedad colombiana en su conjunto.

Jorge Vásquez, coordinador de la Mesa Nacional de Víctimas y él mismo afectado por las FARC, dice que comandantes del grupo rebelde le expresaron su intención de realizar un acto para pedir perdón al país por los crímenes, abusos y daños a la población que hayan cometido durante la guerra interna, en la cual los agentes del Estado y los paramilitares han victimizado también a millones de colombianos.

Vásquez, quien sufrió desplazamiento forzado en 2001 por amenazas de las FARC contra su vida en el sureño municipio de Pitalito, Huila, habló de su caso con Catatumbo. “Me aclaró parte de la verdad, pero ésta sólo la quiero compartir con mi familia. Cuando a una víctima se le dice la verdad y cobra conciencia de lo que pasó, uno queda satisfecho”, asegura.

Dice que “hay muchas víctimas interesadas en que las FARC les pidan perdón, pero hay más que esperan que les digan la verdad: Dónde están los secuestrados, los muertos, qué pasó con sus familiares que nunca volvieron a ver”.

El coordinador de la Mesa Nacional de Víctimas señala que era un escéptico de los diálogos de paz entre el gobierno y las FARC, pero que regresó de La Habana “satisfecho y convencido de que es posible lograr en esas pláticas la pacificación del país”.

Aída Avella es una víctima de la violencia estatal y paramilitar y es la presidenta de la izquierdista Unión Patriótica (UP), grupo político exterminado en los ochenta y noventa.

Para ella es “histórico que por primera vez se escuche a las víctimas y que la guerrilla y el gobierno hayan decidido incorporarlas al proceso de paz”.

Dice que todas las víctimas –sin importar cuál actor armado las afectó– tienen derecho a ser escuchadas y a recibir verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición.

El 7 de mayo de 1996, Avella sufrió un atentado cuando se desplazaba en un auto blindado que había sido decomisado por las autoridades al Cártel de Medellín. La entonces concejal por Bogotá se salvó porque el paramilitar que le disparó un cohete al vehículo falló el tiro. Dos días después la dirigente de la UP viajó exiliada a Suiza, donde permaneció 17 años.

Fue una de las pocas sobrevivientes de la UP. Ese grupo político surgido en 1985 fue sometido a una “guerra sucia” y tres mil de sus integrantes fueron asesinados en un fenómeno que la justicia colombiana calificó de “genocidio político”.

Avella, quien regresó a Colombia el año anterior y en los comicios de mayo pasado fue candidata a la vicepresidencia en una coalición con el Polo Democrático Alternativo, dice que las víctimas de la guerra interna tienen una gran voluntad de perdón y reconciliación.

“El perdón es fundamental. Es necesario para borrar las heridas de la guerra y creo que es el único camino que tiene el país para lograr la paz”, sostiene.