Desde hace buen rato los promotores culturales de la comarca, especialmente los del sector oficial, parecen haber extraviado la brújula. Y ello porque, en teoría, tienen la elevada encomienda de administrar debidamente las musas desde el gobierno estatal, desde los municipios y desde la Universidad de Guadalajara. Por eso, cuando no se desentienden de su obligación, dan alegre y descaradamente gato por liebre o emprenden proyectos descocados que poco o nada tienen que ver con la razón de ser de las instituciones para las que trabajan o en donde al menos figuran como “servidores públicos”.
En el ámbito estatal, la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ), que hasta ahora encabeza Myriam Vachez con más pena que gloria, sigue sin dar color, lo cual no deja de ser una mala noticia, máxime cuando ha transcurrido ya casi año y medio, la cuarta parte de la encomienda sexenal. Sin una pauta que seguir o una orientación más o menos clara, la funcionaria de marras ha llevado a la SCJ al garete con menos actividades propias (en cantidad y en calidad) que en administraciones anteriores, y con el agravante de venir destinando una parte de su acotado presupuesto a lo que se concibe en otras instancias.
Ejemplos de ello abundan. El más evidente son los onerosos proyectos que el exrector Raúl Padilla regentea en nombre de la Universidad de Guadalajara: el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, la FIL, la Feria del Libro en Español en Los Ángeles; otro sería el llamado Premio Bienal de Literatura Joven Hugo Gutiérrez Vega, ocurrencia del regidor priista del ayuntamiento de Guadalajara, César Ruvalcaba, quien para variar también recibe instrucciones del mandamás de la UdeG (¿eres tú, Raúl?), personaje que se ha dedicado a adular a diversos intelectuales de la capital del país, entre ellos al mencionado Gutiérrez Vega, quien no sólo da nombre a una cátedra de varios centros universitarios, sino que ha terminado por convertirse en el perejil de casi todos las salsas culturosas (universitarias y también estatales y municipales) de la comarca.
Desde marzo del año pasado, las exposiciones de artes visuales organizadas por la SCJ han venido a la baja, lo mismo en número que en mérito artístico. Y por lo que hace al trabajo de la ahora refundida Dirección de Investigaciones y Publicaciones –que hasta ahora ha incumplido paladinamente con ambas cosas–, ha brillado por su ausencia, pues los contadísimos títulos que han aparecido en año y medio son coediciones impulsadas por otras instancias, como el Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD) de la UdeG, que copatrocina algunos números de la colección Monografías de Arquitectos Jaliscienses del Siglo XX, que atinadamente concibiera Arabella González Huezo en la época en que Sofía González Luna encabezaba la SCJ (2001-2007) y que por algo encontró incluso el respaldo y copatrocinio de instituciones privadas, como el ITESO.
La persona que se encarga del área de música de la SCJ, seguramente con la aprobación de madame Vachez, discurrió abandonar el lugar que, desde los tempranos años setenta, venía siendo el espacio por excelencia para la música de cámara en Guadalajara, debido tanto a sus dimensiones como a su espléndida acústica y también a su relevancia patrimonial (la sala Higinio Ruvalcaba del exConvento del Carmen), para mudar al saturadísimo teatro Degollado el programa que durante más de 40 años llevó por nombre Martes Musicales y que ahora, de manera pretenciosa y fementida, se denomina Martes de Música y Ópera, cuando en el mejor de los casos lo único que se incluye en esas sesiones son algunas arias con acompañamiento de piano. ¿Así o más fraudulentos?
Otra pifia no menos grave de la SCJ, además de sus pretendidos festivales artísticos, que hasta ahora han sido de un nivel más que decepcionante, ha consistido en realizar actividades ajenas a su razón de ser, como el caso de su dizque “Maestría en Letras de Jalisco”, ocurrencia surgida durante la administración anterior, cuando el secretario de Cultura era Alejandro Cravioto, quien, con más voluntarismo y demagogia que racionalidad, aprobó la puesta en marcha de ese presunto posgrado literario.
Desde que en 1971 se fundó el Departamento de Bellas Artes (antecedente de la SCJ) se ha insistido en que este tipo de dependencias puede impartir talleres de rudimentos artísticos, pero que de ninguna manera le compete el aspecto académico de las artes (léase la formación profesional, con títulos de por medio), sobre todo cuando en el medio existen instituciones oficiales que expresamente tienen la atribución legal para dedicarse a ello, como sería el caso de la Universidad de Guadalajara o de El Colegio de Jalisco.
Los extravíos del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión (SJRT) –y al cual los funcionarios que lo han regenteado en los años recientes han venido insistiendo en darle el nombre cifrado de C7 Jalisco– son de otra naturaleza. El más grave de ellos es la forma como dichos medios, con una cobertura nada despreciable que no sólo alcanza la mayor parte del territorio de la entidad, sino que en algunos casos su señal llega a otras jurisdicciones estatales, es que de algunos años para acá se han venido desentendiendo de su naturaleza y razón de ser (la difusión de las manifestaciones artísticas e intelectuales, así como de otros valores culturales) para dedicarse a funciones periodísticas e incluso a labores de propaganda política del gobierno en turno.
En teoría, los medios que conforman el SJRT son estatales, con una razón definida: ofrecer a la sociedad una radio y una televisión de alta calidad y sustancialmente diferentes a las de emisoras comerciales. Pero en la práctica cada vez se asemejan más a ellas, incluso hasta en la trasmisión de competencias deportivas. Tampoco debe soslayarse el hecho de que muchos radioescuchas lamentan y no le perdonan a los mandarines del SJRT haber retirado la música clásica, que durante más de medio siglo fue la base de la programación de las radiodifusoras XEJB (en amplitud y en frecuencia modulada), emisoras centrales del SJRT.
En el ámbito de las musas, ni Guadalajara ni Zapopan ni Tlaquepaque ni Tlajomulco ni Tonalá tienen algo relevante para escribir a casa, y ello para no hablar de los municipios del resto de Jalisco, cuyas “casas de la cultura” poco o a veces nada tiene que ver con el negocio de las musas. Con un presupuesto algo más que recortado, en los casos de Guadalajara y Zapopan una parte de esos dineros va a parar también a los proyectos y empresas presuntamente culturales que comanda el varias veces citado exrector Raúl Padilla. Las musas municipales apenas sobreviven a la inanición.
De unos años para acá, la especialidad de los promotores de actividades culturales de la UdeG es la de las musas frívolas. Para ello basta con revisar la cartelera del teatro Diana y la del Auditorio Telmex, en cuya programación ni siquiera interviene esa entelequia llamada Cultura UdeG –dependencia que para fines prácticos es la caja chica del jeque de jeques del campus universitario–, pues el control lo lleva OCESA, filial de Televisa, lo cual explica que esos espacios “culturales” de la universidad pública de Jalisco estén dedicados al show business.
Unos con cinismo y otros con apatía, ya sea desde la universidad oficial, desde el gobierno del estado o desde los ayuntamientos de la comarca, una legión de funcionarios se dedica a administrar la decadencia de algo que, como muchas otras cosas, conoció mejores tiempos en Guadalajara y su región: la promoción cultural.








