I
Desde que en septiembre de 1967 se presentó en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México la muestra Homenaje a Wolfgang Paalen (muerto ocho años antes), las obras de los artistas surrealistas han ocupado numerosas veces las salas de ese recinto. La razón es obvia: El surrealismo es una de las expresiones estéticas (y éticas) más importantes del siglo XX –quizá la más–, y todavía no acabamos de conocer ni de comprender del todo su alcance y profundidad de su repercusión.
Tan sólo el acervo de obras de los artistas a los que se puede calificar como netamente surrealistas es inmenso, y lo que hemos podido ver a través de las exposiciones que se han presentado en México –incluso a través de catálogos y libros– es una fracción más bien pequeña. Es mucho lo que aún está por hacerse en términos de divulgación.
El Museo de Arte Moderno ha jugado un papel destacadísimo en esa tarea. Así lo demuestra el simple recuento de algunas de las exposiciones más relevantes que ha cobijado desde la fecha mencionada: Arte fantástico y surrealista en México (1971); El arte del surrealismo (1973); Tres maestros de la imaginación: Magritte, Delvaux, Ensor. El surrealismo en Bélgica y sus antecesores (1974); El gran Burundú Burundá ha muerto. Homenaje a Jorge Zalamea, de Roberto Matta (1975); Remedios Varo, 1913-1963 (1976); Alice Rahon: una surrealista en México 1939-1987 (2009), e In Wonderland: mujeres surrealistas en México y los Estados Unidos (2012).
Por supuesto, además de las exposiciones dedicadas netamente al surrealismo o a pintores surrealistas, también han tenido lugar muestras colectivas en las que se han exhibido obras de notables artistas de tal filiación, por ejemplo, en la de Maestros cubanos, montada en 1968, se incluyó un buen número de notables piezas de Wifredo Lam.
II
El interés por el surrealismo no ha periclitado. Aunque hay muchos que creen que se trata de un movimiento o “escuela” que ha sido “superado”, la llama que encendió está lejos de apagarse y es capaz de capotear sin achicarse aun el pobre uso que los “creativos” del mundo de la publicidad hacen de recursos imaginativos que el movimiento desplegó desde finales de los años veinte.
Pero los malos epígonos del surrealismo no pueden ser tomados como vara para medir su valor. Por fortuna, también en un sinnúmero de casos esos recursos han sido aprovechados por artistas de las más diversas tendencias que los han empleado de manera fecunda.
Subrayemos que no se trata de hacer aquí una suerte de defensa del surrealismo. No la necesita. La sola intención de estas líneas es señalar que su plazo aún no se ha agotado porque, en lo esencial, el propósito de constituir una vida más plena mediante la abolición del dualismo vigilia/sueño; razón/imaginación; objetivo/subjetivo; cotidiano/maravilloso; libertad/necesidad, que el surrealismo planteaba desde sus inicios, no deja de ser un anhelo fascinante, y las palabras que Breton pronunció en el Congreso de Escritores por la Defensa de la Cultura (París, junio de 1935), del todo coherentes con ese anhelo, mantendrán por mucho tiempo su vigencia:
“Transformar el mundo, dijo Marx: cambiar la vida, dijo Rimbaud: estas dos consignas son para nosotros una sola.”
En ese sentido son precisas las palabras que Octavio Paz escribió en 1956 recogidas con motivo de la exposición que el Museo de Arte Moderno presentó en 1971:
“El surrealismo es uno de los frutos de nuestra época y no es invulnerable al tiempo, pero, asimismo, la época está bañada por la luz surrealista y su vegetación de llamas y piedras preciosas ha cubierto todo su cuerpo. Y no es fácil que esas lujosas cicatrices desaparezcan sin que desaparezca la época misma.”
III
La danza de los espectros, muestra que ahora se presenta en el Museo de Arte Moderno, reúne 101 piezas de cinco distinguidos artistas plásticos europeos que se vieron obligados a dejar sus países de origen cuando estalló la Segunda Guerra Mundial –España, en los casos de Remedios Varo y José Horna; Francia, en el de Alice Rahon; Austria, en el de Wolfgang Paalen, e Inglaterra en el de Leonora Carrington– y llegaron a México por las vías más disímbolas, sin saber que nuestro país habría de convertirse en el suyo.
Es posible que la frase que da título a la muestra desconcierte al espectador si éste no ha leído antes el ensayo de Gonzalo Ortega que abre el catálogo de la exposición, donde cita un párrafo del poeta Antonin Artaud relativo a la pintura de María Izquierdo:
“El espíritu indio se pierde, y temo haber venido a México a presenciar el fin de un viejo mundo, cuando yo creía asistir a su resurrección. Mi emoción ha sido muy grande al encontrar, en los gouaches de María Izquierdo, personajes indígenas desnudos temblando entre ruinas. Ejecutan allí una especie de danza de los espectros; los espectros de la vida que desapareció.”
Gonzalo Ortega invierte el sentido de la sentencia de Artaud para señalar que, a pesar del peso que México tuvo en las vidas de esos artistas, ellos, de alguna manera, eran también los espectros de la vida que habían dejado en Europa, y que en su obra prevalece la presencia de un mundo ido, el mundo que ellos conocieron durante su juventud y sólo a través de ellos siguió desarrollándose.
En efecto, aunque no tardó mucho en conocer los mitos y las creencias sobrenaturales de nuestro país –que en un comienzo encontró terriblemente amenazante–, Leonora Carrington continuó cultivando los mitos celtas y sajones que abrazó desde niña. Nadie fue más consciente de eso ni lo definió mejor que ella misma:
“Las tradiciones mexicanas de magia y brujería son fascinantes, pero no son iguales a las mías… Pienso que cada país tiene una tradición mágica, pero nuestro acercamiento a lo desconocido es exclusivo de nuestra herencia. Es algo que tiene que ver con el nacimiento, tu sangre, carne y huesos.” 1
Y prácticamente ocurrió lo mismo en los demás casos. Además, durante un buen tiempo –los años de la guerra– vivieron casi de espaldas al país en que radicaban. Algo hasta cierto punto natural para quienes sienten que sólo se encuentran de paso en un sitio. No hay que olvidar que Remedios Varo llegó a México con Benjamin Péret, quien nunca quiso integrarse al medio cultural nacional y volvió a Europa tan pronto como terminó la conflagración. Formaron un círculo amistoso del que participaban muy pocos mexicanos. Sólo Wolfgang Paalen se internó de manera más profunda en el mundo mexicano índigena, antiguo y moderno. Quiso familiarizarse con él. Trató a Alfonso Caso y a Miguel Covarrubias. Vivió en Tepoztlán.
Por desgracia, tres de ellos murieron muy jóvenes, en términos relativos, para lograr una relación de mayor raigambre con el país, y sin disfrutar de la reputación que por sus obras alcanzarían de manera póstuma. Paalen (1905-1959) fallece a los 54 años; José Horna (1909-1963) también, y Remedios Varo (1908-1963) a los 55.
La longevidad, sin embargo, no era garantía estricta de relaciones más amplias y más sólidas. Leonora Carrington, la más longeva de todos ellos, sí se construyó un sitio visible dentro de la comunidad cultural mexicana, pero sobre todo por su disposición a colaborar con un enorme número de proyectos pictóricos y editoriales –desde la realización de un mural sobre los mayas para el Museo Nacional de Antropología, hasta la ilustración de la revista S.Nob, dirigida por Salvador Elizondo–. En cambio, Alice Rahon, que vivió 83 años (de 1904 a 1987) y cuyo talento pictórico es tan grande (o más) que el de Leonora, vivió aquí casi desapercibida por el grueso del público, y murió casi sola, salvo por un puñado de amigos fieles que siempre la frecuentaron.
IV
Aunque los cuadros de Remedios y Leonora que la muestra incluye son siempre motivo de deleite, las estrellas indudables de La danza de los espectros son Paalen y Rahon. Decir esto no implica, de ningún modo, restarle importancia a los otros artistas. Y es que son muy pocas las oportunidades de ver un número tan considerable de cuadros de él o de ella. De Paalen, en particular, puede disfrutarse un grupo de obras que da muy buena cuenta de su genio y su versatilidad. Mirándolo da vértigo pensar en qué clase de pintor se habría convertido de haber vivido quince años más.
De Rahon, aunque todavía está relativamente fresco el recuerdo de la espléndida retrospectiva que ofreció el propio museo, se presentan cuadros que el espectador siempre volverá a ver con gran placer como La balada de Frida Kahlo, Los invasores o La ciudad interior, y una escultura del todo extraordinaria: Los muertos en altamar. En la exposición hay varias piezas capitales que por sí solas valen el viaje, el tiempo y el costo de la entrada.
Quien se ve menos representado en cuanto a cantidad de obras expuestas es José Horna, quizá el menos conocido de los surrealistas europeos que vivieron en México. Pero el público que no conoce su trabajo puede muy bien hacerse una idea de su calidad simplemente a través de dos excelentes esculturas en madera: La marioneta (caja de música) y La cuna, esta última realizada en colaboración con Leonora Carrington. Se trata de un auténtico objeto poético. Una cuna hecha para que la pequeña Norah, su hija, navegara a través de sus sueños. Horna la construyó y Leonora (gran amiga de él y de su esposa, la fotógrafa Kati Horna) la ornó con astros y figuras de animales para que acompañaran a la niña.
La exhibición estará abierta hasta el 21 de septiembre, lo que brinda la posibilidad de visitarla varias veces.
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1 Palabras recogidas en el libro de la investigadora japonesa Masayo Nonaka, Remedios Varo. Los años en México, publicado en México en 2012 por la editorial RM.








