Desprestigiar a la prensa, la estrategia de Israel

Las imágenes de civiles palestinos, sobre todo niños, destrozados por la artillería israelí son captadas por la prensa internacional que cubre el conflicto en Gaza y de inmediato se conocen en todo el mundo gracias, sobre todo, a las redes sociales. Tel Aviv no ha podido frenar ese fenómeno, que hace evidentes las mentiras esgrimidas para justificar la matanza. Así, el gobierno de Israel ha comenzado a desplegar en los medios electrónicos y en Twitter una campaña de desprestigio, según la cual los corresponsales extranjeros trabajan en favor de Hamas o amenazados por esa organización.

GAZA.- Pocos se imaginan que en Gaza, un minúsculo rincón estremecido por bombardeos y combates, exista un lugar bello. El restaurante al aire libre del hotel Al Deira es uno de los pocos espacios considerados “seguros”. Muchos periodistas suelen venir aquí por las mañanas, antes de salir a buscar las noticias de la guerra, o de noche, deseosos de una bebida fresca.

Su terraza mira al Mediterráneo. Lo único que recuerda la situación de conflicto son los sonidos: más cercano, el perpetuo zumbido de vigilancia de los drones, los aviones israelíes no tripulados; más lejos, las explosiones de las bombas y los lanzamientos de cohetes. Pero uno se puede abstraer. Las olas se arriman suavemente y en su ondular arrastran la vista hacia un horizonte tras el cual se aletargan otras costas de ensueño.

Para buena parte de la prensa extranjera es un escenario cotidiano de tranquilidad. Uno que les ofreció un espectáculo espantoso incluso para los más experimentados periodistas el pasado 16 de julio. “Puedes pasar semanas viendo sucesos horribles cada día, pero hay uno que realmente se queda contigo”, describió el fotógrafo Tyler Hicks.

Una gran explosión los alertó a todos: Un barco israelí disparó contra la pared del puerto, cuyo valor como objetivo militar no era evidente. Mató a un niño palestino. Otros tres y su padre corrían para escapar del peligro. Todos los días jugaban allí y eran bien conocidos por los periodistas. Llegaron a la playa y se esforzaban por alcanzar el hotel cuando un segundo tiro estalló en la arena en medio de ellos. En la terraza, los periodistas gritaban: “¡Sólo son niños!”.

“En apenas 40 segundos”, escribió más tarde Peter Beaumont en The Guardian, “cuatro niños que jugaban a las escondidas entre las cabañas de los pescadores estaban muertos”.

Fotógrafos de muchos países captaron toda la secuencia y el resultado. Las imágenes de cuerpecitos que quedaron en posiciones inhumanas, destrozados, salieron instantáneamente a todo el mundo a través de Twitter.

Beaumont, quien dejó su equipo para administrarle primeros auxilios a un quinto niño y al padre, tuiteó: “No hubo tiro de advertencia. Niños muertos por primer disparo. Luego artillero ajustó (la puntería) y barrió a los sobrevivientes. Estaba a 200 metros”. Con el usuario @AymanM, el reportero de la NBC Ayman Mohyeldin trinó: “Antes de que los mataran estaban en nuestro hotel, yo estuve jugando pelota con ellos”.

La velocidad fue desarmante. Esos tuits fueron replicados miles de veces en pocos minutos. @IDFSpokeperson, la cuenta del portavoz del ejército israelí, siempre muy activa, sólo pudo reaccionar repitiendo uno de sus argumentos de cajón: “Hoy desde temprano les pedimos a los civiles que se alejaran de los objetivos militares en Gaza. De nuevo Hamas les dijo a los civiles que ignoraran nuestras advertencias”.

Pasaron horas para que afinaran otra respuesta, entregada por escrito a la agencia AFP: “El objetivo de este ataque eran operadores terroristas de Hamas. Las bajas civiles reportadas de este ataque son un resultado trágico”.

Guerra de “hashtags”

Tales miembros de Hamas no fueron vistos por las decenas de periodistas ahí presentes. Probablemente no los había. Pero esa ausencia se ha convertido en uno de los principales arietes de la maquinaria propagandística israelí, cuyo objetivo es desacreditar y culpar a los reporteros que cubren la guerra por la información que exhibe la violencia del ejército.

Desde la segunda semana de enfrentamientos, en medios de Estados Unidos empezaron a aparecer artículos que daban cuenta de un cambio en las tendencias informativas, que tradicionalmente reproducían sin contrapesos las versiones de los israelíes. ¿Por qué está perdiendo Israel la guerra estadunidense de los medios?, tituló Benjamin Wallace-Wells su artículo en New York Magazine del 20 de julio.

Aunque parecida a ocasiones anteriores, ésta “ha sido un poquito diferente desde el principio: Las audiencias en Estados Unidos están viendo la historia del conflicto, quizás más que nunca antes, a través de ojos palestinos”.

La frustración del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, por la atención que el mundo les estaba dando a las víctimas se había expresado ese mismo día, en una entrevista en CNN, con una de esas frases que definen a una persona ante la historia: Acusó a Hamas porque “utiliza palestinos telegénicamente muertos para su causa”.

“Si a Netanyahu le molesta tanto cómo se ven los palestinos muertos en televisión, entonces debería dejar de matar a tantos”, anotó Wallace-Wells.

Otros analistas se pusieron a buscar los motivos de estos cambios. En el sitio web de la revista Slate, Joshua Keating señaló como causa directa la grave disparidad de muertes entre ambos lados y añadió que además la clave podía estar en Twitter. En ese momento (21 de julio), el hashtag #GazaBajoAtaque había sido utilizado en 4 millones de tuits, en tanto que el opuesto, #IsraelBajoFuego, en 170 mil.

Para justificar sus acciones el gobierno israelí quería poner en las pantallas del mundo las imágenes de sus ciudadanos interrumpiendo sus tareas cotidianas para correr a esconderse en refugios, ante la amenaza de un cohete palestino cruzando sus cielos. Pero a lo largo de un mes sólo hubo dos muertes, mientras en Gaza los cientos se hicieron miles.

Reportajes con títulos como Para dos médicos, el desafío de trabajar bajo fuego, sobre un par de galenos israelíes de origen latinoamericano que operaban bajo la presión de las sirenas en un hospital de primer mundo (de Jana Beris, reproducido en diarios de varios países, como El Tiempo y La Nación, el martes 5), contrastaban de inmediato con imágenes de doctores palestinos sobrepasados por decenas de heridos graves, que se esforzaban en clínicas sin equipo ni personal y atacadas por misiles.

El juego estadístico de comparar lanzamientos de cohetes que no causaban daño con ataques aéreos contra escuelas y viviendas, fue incapaz de crear una sensación de proporcionalidad y de que Israel sólo se defendía: Las cifras de muertos desmontaron el mecanismo; los reportes e imágenes de periodistas poniéndoles rostro y nombre a las víctimas se convirtieron en un muro insuperable para la propaganda israelí.

El gobierno de Netanyahu insistía en que el alto número de muertos se debía a que Hamas utilizaba escudos humanos –incluidos niños–, atemorizaba a la gente para desatender las órdenes de abandonar sus casas y escondía armas en edificios civiles. Salvo unas pocas notas, en la mayoría de los casos los reporteros recogieron testimonios que desmentían los dos primeros argumentos y no había manera de comprobar el de los escondites.

Falsos amenazados

A principios de este mes los israelíes cambiaron de estrategia. A los periodistas, decían sus portavoces, Hamas los tenía aterrorizados y no podían informar; otros, además, eran cómplices de la milicia islamista.

Incluso la precandidata presidencial Hillary Clinton se ofreció para hacerle eco al argumento en una entrevista con The Atlantic (el domingo 10): “Lo que se ve es lo que Hamas invita y permite que los periodistas occidentales reporten. Es el viejo problema de relaciones públicas de Israel” porque, además, “hay niveles profundos de antagonismo y antisemitismo hacia Israel”.

Para fundamentar sus argumentos, los aparatos de propaganda aprovecharon un hecho evidente: Abundaban las imágenes de las víctimas de los ataques, pero casi no había fotos de combatientes de Hamas ni de sus lanzaderas de cohetes. Esto sólo se podía explicar, aseguraban, porque los periodistas no pueden hacer bien su trabajo y al aceptar esas condiciones, se prestaban a colaborar con las mentiras de Hamas.

Aunque se trató de una ofensiva general para desacreditar la información que sale de Gaza, haciendo suponer que incluso las fotos de niños muertos eran falsas, el ataque se centró en Tyler Hicks, fotógrafo multipremiado y con un historial de actos heroicos en varias guerras.

Tablet Magazine, sitio web descrito como “el New Yorker del mundo editorial judío”, publicó el viernes 1 un artículo sin firma en el cual mezclaba citas atribuidas y anónimas para hacer parecer que el New York Times admitía una mala cobertura en Gaza y en lugar de asumir su falta, se lavaba las manos echándole la culpa a Hicks, de quien el periódico consideraba que “su trabajo es una porquería”.

Finalmente, en Lens, el prestigiado blog de fotografía del New York Times, el martes 5 James Estrin entrevistó a Tyler Hicks sobre su experiencia cubriendo Gaza. No hubo referencias al supuesto desdén del periódico hacia su trabajo.

Hamas no se deja ver

En Gaza, siempre vigilada desde el aire, los miembros de Hamas y de otras facciones palestinas, los policías, las personas relacionadas con la seguridad, los empleados públicos y la gente que conviva con ellos están en peligro de ser detectados y muertos en cualquier instante. Israel, destrozando todo convenio internacional sobre protección a civiles, considera que todos ellos son blancos legítimos, así como sus casas.

No importa que en un edificio habiten 100 personas: si se sabe, cree o sospecha que ahí hay o hubo algún enemigo, el inmueble será destruido aunque mueran decenas de inocentes.

Israel está muy orgulloso de las capacidades de sus servicios de inteligencia. El 25 de julio Mickey Rosenfeld, portavoz de la policía israelí, reconoció ante un reportero de la NBC que su gobierno siempre supo que la dirigencia de Hamas no había ordenado el secuestro de tres adolescentes israelíes (como lo había adelantado Proceso el 12 de julio, y desmintiendo a Netanyahu, quien alegó la falsa culpabilidad de Hamas para lanzarse contra sus miembros, lo cual desató la guerra) y presumió: Si lo hubiera planeado Hamas, “lo hubiéramos sabido con anticipación”.

El ahogamiento de la economía palestina le ha brindado a Israel la oportunidad de crear una extensa red de informantes, reclutándolos entre palestinos sin empleo. Se paga por los datos que puedan brindar sobre quiénes son miembros de Hamas y dónde viven, o si ayudan a localizar lanzaderas de cohetes, escondites de proyectiles o túneles. Esto crea un importante incentivo para ganar dinero, aunque sea con datos no verificados e incluso facilita que se señale a alguien por interés o venganza.

Los drones y los informantes son el enemigo de Hamas, que para escapar de su mirada se ha refugiado bajo tierra.

El resultado es que los periodistas nunca ven a sus combatientes. Israel aprovecha que en otros conflictos, como en Libia o Siria, los rebeldes están encantados de aparecer ante las cámaras. Sí, faltan esas imágenes. Pero en esas guerras no deben temer constantemente el castigo venido del cielo. Las ciudades de Gaza contrastan con las de otros países árabes en conflicto porque no hay ni una persona armada en las calles: Los fulminarían de inmediato.

Ha habido casos de gran suerte. Y a domicilio. El martes 5 un equipo de la televisora india NDTV ocupaba el departamento 16 del quinto piso del edificio Abu Ghalion. Al despertar esa mañana, los periodistas indios detectaron una extraña tienda de color azul en un terreno baldío vecino, justo frente a su balcón. Pudieron filmar el proceso de preparación y lanzamiento de un cohete. Fue un evento excepcional. Lo sabían y por ello de inmediato se fueron a Israel. Esa misma tarde lo sacaron al aire.

Hamas no es ningún partido democrático o interesado en la libertad de expresión. Aunque ha aprendido a respetar a los periodistas extranjeros después de muchos conflictos con ellos, eso no significa que vaya a permitir difundir información de seguridad.

Los reporteros de NDTV sabían que los obligarían a borrar su video. Conocían algunos casos de colegas a los que se les ha pedido marcharse de Gaza por intentar fotografiar actos parecidos. Son relativamente pocos y, comparativamente, nada muy grave para profesionales endurecidos bajo la presión de los militares egipcios y de los yijadistas del Estado Islámico.

Y de Israel: para que permita el paso de un periodista a Gaza, le exige obtener una acreditación en la Oficina de Prensa del Gobierno, en Jerusalén. Ahí, uno debe presentar cierta documentación, incluido el “formato de censura”.

Hay que bajarlo de internet, firmarlo y entregarlo, comprometiéndose así a someter a la aprobación del censor militar la información relacionada con seguridad nacional (lo relativo a la guerra y los palestinos). Carecen de la capacidad para obligar a todos los reporteros a cumplir, por lo que se enfocan en hostigar a ciertos grandes medios internacionales.­

Dentro de Gaza los fotógrafos comparten sus ansias de sacar esas fotos casi imposibles: combatientes de Hamas en lucha o en un centro de mando bajo tierra. En tiempos de paz la burocracia local se hace presente y controla el ingreso a la franja, tal como lo hacen los israelíes. Pero en la guerra raramente se deja ver.

En realidad la queja de los periodistas es que no hay cómo acercarse a Hamas para solicitar entrevistas o acompañarlos a alguna operación.

El problema no es que Hamas los tenga amenazados, es que no se deja ver.