“Tom en el granero”

Tom (Xavier Dolan), joven publicista de Montreal, asiste al funeral de su pareja; llega manejando a la granja donde vive la familia del difunto y a poco descubre que la madre (Lise Roy) del amante no tiene la menor idea de la homosexualidad del hijo; aparece el hermano, una especie de macho ranchero que lo somete a todo tipo de vejaciones para mantener con la madre la ilusión de que su nene vivía con una novia. Entre fascinado y aterrado, Tom queda atrapado en una relación sado-masoquista con el cuñado.

En este quinto largometraje, el estilo Xavier Dolan, precoz realizador canadiense que comenzó a dirigir a los 20 años, da muestras de maduración y equilibrio. Tom en el granero (Tom à la ferme; Canadá-Francia, 2013), adaptación de la obra de teatro del mismo nombre de Michel Marc Bouchard, se nota menos saturada de imágenes, ideas y alegatos que pesaban un tanto en su trabajo anterior; como si Dolan, ya adulto, regresara al conflicto de Yo maté a mi madre (2009) para explorar esa relación de amor-odio desde otro ángulo.

No hay duda de que hay rasgos geniales en el trabajo de Dolan, actor, escritor, productor, editor; pero el genio tiene que curtirse: ahora el horizonte abierto y desolado de los campos canadienses se vuelve claustrofóbico, la tentación poética se diluye en paisaje interior, las hojas de los campos de cereal cortan como navajas, el nacimiento de un becerro es un hecho sangriento.

Se menciona mucho la influencia de Hitchcock con Tom en el granero, la persecución por los campos evoca directamente a Intriga internacional; como tantos cineastas, Dolan recurre al director de Los pájaros, aunque de forma muy académica, formando ecuaciones con planos y banda sonora. Lo verdaderamente novedoso ahora es que el toque Hitchcock le llega a través de otro director, David Cronenberg, maestro canadiense del extrañamiento de la relación entre seres humanos y flujos corporales. Desde el primer encuentro con Francis (Pierre Ives Cardinal), el hermano en la granja, aparece el tema de la sangre; pocas escenas hay sin sangre o moretones, de protector el tipo se trasforma de troll en cosa de un instante. Un tango apasionado puede terminar en una golpiza.

El estrato más importante lo representan las lecciones de Francois Ozon, el empleo del thriller para escudriñar procesos psicológicos en situaciones de aparente normalidad, la familia o la pareja; claro, la piedra de toque es Marnie, pero, al igual que Ozon, Dolon entiende que la salud es un proceso doloroso que consiste en conocer al monstruo y asimilarlo. Tom en el granero cuenta que cuando las lágrimas o las canciones nostálgicas no funcionan, el duelo sólo es posible desenterrando al muerto para practicarle una autopsia.