“La vida es sueño”

La obra de Calderón de la Barca, La vida es sueño, es una de las obras más representativas del Siglo de Oro español y ha sido montada y reinterpretada en múltiples ocasiones. Poco se conoce de La vida es sueño que Calderón reescribió cuarenta años después en forma de auto sacramental. Ahora, la Compañía De Ciertos Habitantes, bajo la dirección de Claudio Valdés Kuri, la lleva al escenario de manera provocativa y audaz despojando al teatro barroco de todos sus aditamentos y proponiendo un espacio vacío donde los actores, la música, el movimiento y la iluminación, crean la obra.

Llama la atención que Calderón, después de una vida disipada, se recluye como sacerdote y transforma su forma de vida y su visión y es ahí donde reescribe la obra. Pareciera que La vida es sueño refleja este recorrido existencial donde la soberbia y la ambición sumen al protagonista para acercarlo a su sombra, como si fuera El Infierno de Dante, resurgiendo después, despojado y humilde ante la vida.

La puesta de Valdés Kuri basa su estética en pensamientos filosóficos de la época como la alquimia y la geometría sagrada. Con rayos luminosos proyectados en el piso aparece el círculo, el triángulo, el cuadrado y hasta el pentágono –como el proceso del conocimiento–; líneas que guían a los personajes a transitar geométricamente por el espacio, y  al lugar lo vuelven místico, abarca el macrocosmos del  universo  o  el  microcosmos del individuo.

La puesta en escena De Ciertos Habitantes apuesta por una visión poliédrica del actor que baila, canta, toca instrumentos e interpreta diversos personajes. Todos son hombres, alejándose del concepto de lo masculino como protagonista o lo femenino como “la gracia”. Con faldas voladas y el pecho descubierto invita a imaginarnos a personajes simbólicos. Al Hombre genérico, interpretado por Alberto Santiago, acompañado por el Poder, el Albedrío, la Luz y la Sombra. Son catorce actores que giran y giran extendiendo sus faldas circulares o se desnudan sin pudor o tocan la jarana y cantan décimas. Al fondo, sentados en unas bancas, esperan su entrada, donde con la creatividad del director, arman juegos escénicos con la voz y los engaños de la apariencia y la duplicidad.

El auto sacramental La vida es sueño está cargado de significados y religiosidad. Si bien se representaba en atrios y plazas para evangelizar, al presenciarlo en el teatro se vuelcan hacia nosotros los conceptos católicos con final moralizante exigido por el ritual, acercando a unos y alejando a otros espectadores de la experiencia.

La belleza de la puesta en escena es un elemento fundamental en la apreciación de la obra; una belleza violenta y  armónica  a  la  vez, reflexiva y profunda, juguetona y provocadora. La Compañía De Ciertos Habitantes se ha caracterizado por su compromiso con la experimentación escénica y la búsqueda de esencias teatrales.

Pareciera que inician el círculo con la obra Beckett o el honor de Dios llevada a escena en las escaleras del Museo del Carmen en 1998, para encontrarse, 16 años después, con esta pieza donde también la religiosidad es el eje.

La inquietud espiritual del director significa un motor creativo que lo vuelca al teatro dándole diferentes formas. Ahora con La vida es sueño, que se estrenó en el Festival México Centro Histórico en marzo, y que se presenta actualmente en el Teatro el Galeón del INBA, nos regala, junto con la Compañía, una experiencia enriquecedora.