Alemania-EU: conflicto entre fisgones

BERLÍN.- Espionaje con espionaje se paga. Tal es por lo pronto la respuesta con la cual Alemania zanja el complicado escándalo de vigilancia masiva, práctica que desde hace años Estados Unidos aplica con los alemanes y su gobierno.

Todo comenzó el año pasado cuando documentos de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos –filtrados por Edward Snowden– revelaron que la inteligencia estadunidense vigilaba no sólo las comunicaciones de millones de ciudadanos alemanes sino también el teléfono celular de la canciller Angela Merkel. Y pese a las revelaciones, ese espionaje no cesó. A principios de julio se supo del caso de dos trabajadores alemanes quienes, incrustados en el gobierno de su país, reportaban para el de Barack Obama.

El escándalo puso en evidencia a Estados Unidos pero también en aprietos al gobierno alemán que, ante la presión de unas indignadas opinión pública y clase política, debió reaccionar.

Primero, en un acto más bien simbólico, lo hizo pidiéndole al jefe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Berlín abandonar el país. En realidad ese funcionario estadunidense poco tenía que ver con el asunto, pues más tarde se supo que uno de los espías confeso (el otro niega todas las acusaciones) servía para los agentes estadunidenses en Austria y no en Alemania.

Y el lunes 28, en una entrevista en cadena nacional, el ministro de la Cancillería alemana, Peter Altmaier, confirmó lo publicado por diversos medios: Berlín ampliaba su observación también a Estados de Occidente considerados amigos.

En una medida acordada por la Cancillería junto con los ministerios del Interior y del Exterior, ahora la Oficina Federal de Protección a la Constitución alemana no sólo tendría en la mira a China, Rusia e Irán sino también a amigos como Estados Unidos y Gran Bretaña. Eso sí, limitado a su objetivo específico de proteger la integridad del ordenamiento legal del país, el contraespionaje sólo será dentro de territorio alemán.

Además la administración encabezada por Merkel confirmó que pondrá en práctica otras medidas de protección contra el espionaje estadunidense. La primera está ya en marcha y fue la compra y distribución entre los funcionarios de alto nivel de su gobierno de tres mil teléfonos codificados que protegerán o harán mucho más difícil de intervenir las comunicaciones.

Historias de espías

La primera semana de julio la Fiscalía General alemana reveló la captura de un espía que desde el Servicio Secreto Alemán (BND) servía a Estados Unidos: Markus R., de 31 años.

En su declaración Markus aportó datos que poco a poco se han ido colando a la prensa: que su contacto estadunidense no estaba en Berlín sino en Viena y era en Salzburgo (Austria) donde se reunía con dos agentes de la CIA para entregar información y recibir su pago.

Que este pago osciló entre 10 mil y 15 mil euros a cambio de unos 200 documentos confidenciales del BND, entre los cuales había algunos sobre el trabajo de la Comisión Especial del Parlamento, la encargada de investigar el espionaje a Merkel.

Markus trabajaba en el archivo del Departamento de Misiones en el Extranjero del BND, área responsable de la comunicación con los espías alemanes en el extranjero y del contacto con los servicios secretos de otros países. De momento está en prisión preventiva y pese a sus declaraciones deberá someterse a un dictamen –solicitado por su defensa– para valorar su estado mental. El semanario Der Spiegel reveló que además tendría alguna “discapacidad”, secuela de una vacuna que le aplicaron al año de edad en la desaparecida República Democrática Alemana.

Apenas habían pasado unos días desde que se había revelado el nuevo caso de espionaje estadunidense cuando salió a la luz la presunta existencia de otro, ahora en el Ministerio de Defensa alemán.

Integrantes de la Oficina Federal de Investigación Criminal y un fiscal federal interrogaron a un funcionario asignado al Departamento de Política de Seguridad del ministerio por serias y fundadas sospechas de espiar para Estados Unidos. Se trata de Leonid K. de 37 años.

Trascendió que desde hacía meses el Servicio de Contraespionaje alemán tenía en la mira a Leonid al haber detectado una serie de encuentros sospechosos entre él y una persona identificada por los alemanes como espía estadounidense.

En entrevista con el periódico Süddeutsche Zeitung, el presunto espía negó todas las acusaciones. “No soy un traidor (…) Amo a mi país, soy leal y nunca traicionaría”, aseguró. Según fuentes del diario, Leonid entregó información entre el verano de 2012 y febrero del 2014 a “terceros no autorizados” sobre actividades del ejército alemán en la OTAN. Se piensa que su contacto es el estadunidense Andrew M., de 52 años, a quien Leonid conoció en una misión en Kosovo en 2008 y con quien desde entonces entabló una estrecha amistad.

Y justo eso argumentó en la entrevista: “Soy inocente. Se trata de un malentendido en relación con una amistad”.

Lo cierto es que el permanente espionaje, además de indignar al gobierno de Merkel lo coloca también en la difícil e incómoda situación de protestar pero, al mismo tiempo, continuar con la estrecha e importante relación entre Alemania y Estados Unidos.

La agenda de ambas naciones se ha visto inalterada y así seguirá pese al escándalo. La propia Merkel lo señaló así. Y es que hay temas para los cuales inevitablemente Alemania y Estados Unidos tienen que trabajar como equipo. Por ejemplo el conflicto entre Israel y Hamas, la contraofensiva en Irak contra las fuerzas del Estado Islámico, el diálogo nuclear con Irán, el conflicto en el este ucraniano y las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea.