Casi medio millón de trabajadores de Nepal –país ubicado entre Tíbet e India– han viajado a Qatar contratados para construir la infraestructura del Mundial 2022, que se realizará en ese emirato de Medio Oriente. Hasta el momento, sin embargo, ya han muerto más de 600 albañiles nepaleses en esa tarea. Todo indica que los culpables de los fallecimientos son el trabajo agotador, la falta de capacitación, el engaño, las nulas prestaciones y la indolencia en los países de origen y de destino. Se calcula que 4 mil obreros habrán fallecido antes del silbatazo inicial.
KATMANDÚ,.- “Él nunca se quejó. Sólo en algunas ocasiones comentó que el trabajo era muy duro”. Con los ojos llorosos, Him Kumari Yongan, de 25 años, trata de guardar la compostura mientras acaricia a su hijo de tres años. “Ahora no sé qué hacer. Estoy sola”.
Hace algunas semanas, una fría llamada telefónica de la compañía donde su esposo laboraba en Qatar le anunció la muerte de su compañero, Narabaj Tamang, de 26 años. De acuerdo con los colegas de su marido, el joven se fue a la cama después de cenar, se quedó dormido y a la mañana siguiente lo encontraron muerto.
El informe médico atribuye su deceso a un “fallo respiratorio agudo”. No obstante, Yongan nunca sabrá lo que en realidad ocurrió con Narabaj. Esa “causa oficial de muerte” es llamativamente común entre los nepaleses que trabajan en Qatar y preparan al pequeño emirato para la Copa FIFA 2022.
En la actualidad, más de 1.4 millones de migrantes –400 mil de ellos, de Nepal– se dedican a construir los hoteles, carreteras, estadios y aeropuertos que darán vida a la primera Copa del Mundo organizada en el Medio Oriente. De acuerdo con la consultora Deloitte, Qatar gastará alrededor de 200 mil millones de dólares (2 billones 600 mil millones de pesos) en proyectos de construcción previos a la competencia, y todavía reclutará a 500 mil trabajadores adicionales.
Mientras que las copas mundiales de Brasil 2014 y Sudáfrica 2010, sumadas, se cobraron la vida de nueve albañiles, la Confederación Internacional de Sindicatos (International Trade Union Confederation, ITUC) advierte que los sistemáticos abusos que enfrentan quienes laboran en Qatar pueden causar la muerte de hasta 4 mil personas antes de 2022.
Según la Junta Nepalesa de Promoción del Empleo en el Extranjero, por lo menos 672 trabajadores de esta nacionalidad han muerto durante los últimos cinco años en Qatar, un país donde los sindicatos son ilegales y los salarios mínimos no existen. De acuerdo con la Confederación Sindical Internacional, la cifra se eleva hasta los mil 200 decesos.
Sin educación ni capacitación, y con ninguna otra posibilidad más que abandonar su país, muchos nepaleses acaban como esclavos de facto en sitios de construcción, laborando bajo el inclemente sol del desierto sin ningún entrenamiento, con sus pasaportes confiscados y con sueldos y condiciones de vida que no corresponden a los empleos y salarios originalmente prometidos.
Ni allí ni allá
Qatar ha sido fuertemente criticado por el maltrato que da a la mano de obra extranjera, pero la red de abusos, engaños y endeudamiento en la que quedan atrapados los trabajadores con frecuencia empieza en su propio país. La historia de Tamang es sólo un ejemplo de este creciente fenómeno.
Tamang provenía del distrito rural de Tehrathum, en el aislado oriente del gélido Nepal. Se casó con Yongan hace cuatro años, inmediatamente después de terminar su educación media. Al principio trató de ganarse la vida en su país como profesor de inglés en un internado, pero la ridícula paga mensual de 30 mil rupias (alrededor de 390 pesos) no era suficiente para sostener a su familia. Al final, Tamang tomó la misma decisión que miles de nepaleses, que se van al Golfo Pérsico o a Malasia para ganar más.
Le prometieron un puesto como guardia de seguridad en Qatar, pero una vez en Doha descubrió que su labor sería limpiar vidrios en un rascacielos, un trabajo peligroso para el que nunca recibió entrenamiento. Y mientras que la agencia nepalesa de recursos humanos que lo contrató le prometió una paga mensual de 330 dólares (4 mil 300 pesos), su salario real era un tercio más bajo.
Como muchos otros de sus compatriotas, Tamang había sido engañado y no había mucho que pudiera hacer: el sistema de kafala (patrocinio) vigente en Qatar significa que su visa estaba sujeta a la de su patrón, una práctica que hace casi imposible a los trabajadores cambiar de empleo, abandonar el país sin consentimiento del jefe o demandar a las compañías en caso de una disputa laboral.
Encima de todo, Tamang tenía que devolver un préstamo de mil 200 dólares (15 mil 600 pesos) que había conseguido para pagar a la agencia de reclutamiento en Katmandú y comprar el boleto de avión a Doha. Esta cantidad resulta estratosférica para un país en donde el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita anual apenas alcanza los mil 102 dólares, el vigésimo más bajo del mundo. La única opción del joven era trabajar 12 horas al día, seis días a la semana, y enviar a casa la mayor cantidad de dinero posible.
Cada jornada, un promedio de dos trabajadores muertos arriban al aeropuerto internacional de Tribhuvan, en Katmandú, y sus féretros son claramente reconocibles. Aunque los cuerpos no llegan únicamente de Qatar, ese país es uno de los destinos más riesgosos (junto con Arabia Saudita y Malasia) para los obreros, afirman consultores entrevistados para este reportaje.
En la sala de arribos, las familias esperan por horas, llevando su luto en silencio, mientras llenan la papelería para recuperar y cremar a sus seres queridos. A unos cuantos cientos de metros, en la sala de salidas del pequeño y abarrotado aeropuerto, montones de jóvenes hacen cola desde las siete de la mañana. Cargando sólo una pequeña bolsa con unas cuantas piezas de ropa, y con una mezcla de esperanza y miedo, hasta mil 700 trabajadores abandonan Nepal cada 24 horas a través de estas puertas. Huyen de un país donde el desempleo llega a 46%.
Casi todos ellos están al tanto del alarmante número de obreros muertos que hay en sus países de destino y les preocupa correr la misma suerte; pero su respuesta es simple y contundente: no hay otra opción.
En general, quienes pretenden migrar se ponen en contacto con intermediarios de sus aldeas. Esos coyotes tienen vínculos con las agencias de recursos humanos de Katmandú, que reclutan y envían al extranjero a los interesados. Dado que la mayoría de aspirantes viven en áreas sumamemente alejadas de la capital, estos agentes les cobran entre 750 y 2 mil dólares para hacerse cargo de todos los trámites: contratos, solicitud de pasaportes, certificados médicos, boletos de avión, etcétera.
Con frecuencia, estos “exiliados” llegan a Katmandú tan sólo uno o dos días antes de su salida. Esto les da muy poco tiempo para revisar sus contratos –siempre y cuando sean capaces de leer, en un país donde el analfabetismo adulto ronda el 60.3%. Muchos de ellos simplemente confían en la buena fe y las promesas de las agencias. “En este punto, los trabajadores ya no pueden echarse para atrás, porque ya adquirieron préstamos para pagar el viaje”, explica Rameswhar Nepal, director de la oficina local de Amnistía Internacional.
El apremio por salir se siente en toda la nación: el año pasado las remesas provenientes del extranjero alcanzaron los 5 mil millones de dólares (65 mil millones de pesos) y significaron 25% del PIB nacional, el tercer porcentaje más alto en el mundo.
Sobre el papel, Nepal tiene una de las mejores leyes migratorias: los puestos de trabajo en el extranjero deben ser anunciados en los periódicos locales, especificando su duración y paga; antes de partir, todos los documentos necesarios, incluyendo el contrato, el perfil de la compañía contratista y los certificados médicos deben ser presentados para su aprobación obligatoria ante el Departamento de Empleo Foráneo (DEP). Los trabajadores deben contratar forzosamente un seguro que beneficiará a sus familias en caso de muerte o accidente, y Nepal ha impuesto límites a las cuotas que cobran las agencias reclutadoras, así como severas sanciones a quienes no las respeten.
Pero todos coinciden en que la norma no se cumple a cabalidad. Cada pocas semanas se conoce que funcionarios del DEP han sido arrestados por corrupción y connivencia con las agencias de reclutamiento. En el ruinoso edificio donde el DEP se encuentra ubicado, su subdirector Surya Koirala trata de justificarse: “Hay connivencia entre las agencias de recursos humanos y las compañías de Qatar, pero no podemos llegar hasta allá”, explica. “Somos un país pobre y no podemos imponernos a estas poderosas naciones”.
Arena negra
De acuerdo con trabajadores que han regresado, una vez en Qatar son alojados en abarrotados e insalubres campamentos de trabajo, donde unas cuantas estufas y baños tienen que ser compartidos por cientos de personas. Muchos trabajan de 10 a 14 horas diarias, bajo temperaturas que alcanzan los 55 grados centígrados. Extenuados por ese ritmo de trabajo, la mayoría de ellos muere de fallos respiratorios o cardiacos, cuando su cuerpo ya no puede sobrellevar la fatiga.
Mientras que los sindicatos y las organizaciones de derechos humanos vinculan estas muertes con “atroces condiciones laborales”, el gobierno de Qatar las clasifica como simples “fallos cardiacos o respiratorios”, porque “si las muertes no están claramente asociadas con el trabajo, los países y las compañías extranjeras no pueden ser demandados”, explica Sumitra Singh, oficial de auxilio del Consejo de Promoción del Empleo Foráneo, el organismo responsable de indemnizar a las familias de los trabajadores heridos o muertos.
Entre el trabajador y la compañía extranjera que lo empleará puede haber hasta 12 “peldaños”, lo que significa que los candidatos pueden ser engañados y ordeñados en cada uno de ellos con la exigencia de altas cuotas, sobornos o negativas a sus derechos básicos.
Bhupendra Malla Thakuri, un hombre corpulento y amigable de 32 años, con ojos vívidos y sonrisa franca, lo sabe demasiado bien. Llegó a Qatar en enero de 2011; cinco meses después sufrió un severo accidente automovilístico cuando trabajaba como chofer. Pasó seis meses en la sala de urgencias de un hospital y tuvo que someterse a seis cirugías para salvar su pierna derecha. La compañía rechazó indemnizarlo, dejó de pagarle e intentó repatriarlo apresuradamente a Nepal. A Thakuri le costó dos años de batallas legales recibir una compensación de 33 mil dólares y obligar a la compañía a cubrir los gastos médicos.
A pesar de estas decepciones y contratiempos, las colas para abandonar el país crecen cada día. Muchos trabajadores incluso buscan repetir la experiencia: permanecen en Nepal algunos meses al año, y el resto del tiempo lo pasan “cazando” contratos en el extranjero.
Este éxodo provoca graves consecuencias sociales en el país. La agricultura ha sido descuidada, lo que convirtió a Nepal en un importador de productos agrícolas y atrajo a sus campos abandonados a miles de trabajadores temporales de la India. La creciente separación de los trabajadores migrantes y sus familias también elevó la tasa del VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana) debido a las relaciones extramaritales.
Existe otro problema: “Los niños no toman en serio sus estudios, su aspiración es irse al extranjero”, explica el doctor Ganesh Gurung, un experto en migración del Instituto de Estudios para el Desarrollo de Nepal. “La migración laboral es una bendición y una válvula de emergencia para nuestra economía, pero no es una solución a largo plazo para el desarrollo de nuestro país”.
Recientemente, las autoridades qataríes prometieron realizar las esperadas reformas a las leyes laborales domésticas. Entre ellas destaca abolir la “visa de salida” que los trabajadores requieren de sus empleadores para poder abandonar el país. Qatar también promovió un nuevo régimen de seguridad social para quienes construyen los estadios , pero no para aquellos que edifican otras obras.
Hasta ahora, sin embargo, estas reformas no han sido llevadas a la práctica. De acuerdo con testimonios de albañiles y organizaciones de derechos humanos, la situación sobre el terreno no ha mejorado.
ITUC consideró que las promesas de Qatar sobre las leyes laborales son “puramente cosméticas”. En noviembre pasado, el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, describió la situación como “inaceptable” y agregó que “en Qatar deben introducirse rápida, consistente y sostenidamente condiciones justas de trabajo”, pero jamás sugirió que se le pudiera revocar el derecho a albergar la Copa Mundial. A pesar de varios intentos, la embajada de Qatar en Katmandú nunca respondió a la solicitud de una entrevista formal enviada por este reportero.
De regreso en Meghauli, donde ahora renta un pequeño cuarto para su familia, Thakuri se encuentra atareado reconstruyendo su vida. A pesar del final relativamente feliz, su victoria tiene un sabor amargo. Incapaz de volver a doblar su rodilla y su tobillo, Thakuri se vio obligado a abandonar su casa en las colinas que rodean Katmandú y asentarse en la planicie de Terai, donde caminar es menos cansado.
En cuanto a su indemnización, una gran tajada se fue a pagar el préstamo que, durante su inactividad de dos años en Qatar, se disparó hasta 10 mil dólares (130 mil pesos). Agradecido de todos modos con lo que considera una segunda vida, quiere iniciar un servicio de asesoría para los trabajadores que anhelan viajar al extranjero, con el fin de alertarlos sobre los problemas que pueden enfrentar allá. “Quiero compartir mi experiencia con otros”, explica. “La gente en el extranjero nos maltrata, porque Nepal no nos deja otra opción”. (Traducción Lucía Luna).








