La tormenta perfecta

RÍO DE JANEIRO.– De acuerdo con una idea extendida en Sudamérica, el futbol es el único fenómeno en Brasil que puede alterar la percepción de la vida pública y privada, unificar el ánimo popular y moldear la opinión de la sociedad y los individuos acerca del devenir político, económico y social.

Frases hechas como “el deporte es así” o “hay que saber perder” quizá sirvan de consuelo en México o España, naciones futboleras. Pero esas perífrasis en ningún caso mitigan la rabia en Brasil,  al que Alemania le metió cinco goles en 29 minutos. Al final, el Scratch du Oro perdió su semifinal por 7 a 1 y quedó fuera de su propia fiesta.

Y lo peor: la cruda le costará cientos de millones de dólares a los brasileños, y quién sabe si será un catalizador de nuevas protestas en la calle.

En un país tan supersticioso y místico como el brasileño –donde todavía perduran religiones traídas por los esclavos llegados de África hace cuatro siglos–, miles vieron un presagio en las lágrimas de Neymar, después de que fue lesionado en el duelo de octavos contra Colombia. El mensaje: lo que vendría no sería mejor.

Centenas percibieron otro “mensaje del cielo” antes del juego contra Alemania: en las horas previas al partido comenzó a diluviar sobre la playa del barrio de Copacabana, donde la FIFA instaló el Fan Fest para que la gente sin boletos siga los partidos. Lo que sucedió después confirmó los peores augurios.

Sobre la playa mojada, unos 100 mil brasileños aguantaban estoicamente bajo el aguacero mientras presenciaban la tromba de goles alemanes en la gran pantalla. Súbitamente el Maracanazo se tornó un tierno recuerdo.

En las entradas de los edificios del barrio burgués de Río, los porteros no daban crédito ante sus pequeños televisores. “Hoy me siento avergonzada de ser brasileña. Siete goles en nuestra propia casa”, reconocía, perpleja y llena de rabia, Celiani, una señora de unos 60 años.

Internet se convirtió en el viaducto por donde fluía la sorna motivada por la derrota histórica. Jamás un encuentro deportivo generó tantos tuits como el Brasil-Alemania, según la FIFA. La computadora y el hombro del prójimo se tornaron en el único consuelo. “¿Cómo puede haber pasado esto? No me lo creo… Dime que no es verdad, por favor”, pedía a su pareja, con voz entrecortada por las lágrimas, un joven que se refugiaba en una escalera de servicio para desahogarse ante tamaña frustración.

La calle tardó poco en rugir. Llovieron insultos contra la presidenta Dilma Rousseff, el delantero Fred y el director técnico Felipe Scolari. Grupos de jóvenes incluso gritaron esas consignas enfrente de las escopetas de doble cañón blandidas por la Guardia Nacional.

En Sao Paulo, capital económica y feudo político antigubernamental, apenas 20 minutos después de terminar el juego comenzaron a arder los autobuses. Fueron en total 26, según el balance de la policía y los bomberos. Una cifra nada inusual en un país donde incendiar camiones es sinónimo de descontento. El acto, empero, llamó la atención por la relativa calma social que habían vivido las principales ciudades brasileñas durante las semanas mundialistas.

¿Levantar cabeza?

Ahora todo comienza de nuevo. Se terminaron los días feriados en que bancos y comercios cerraban a mediodía –si es que abrían– para ver la Copa. Los extranjeros se van; ese pequeño y arrogante Estado de excepción llamado FIFA abandona el país, la vida política retorna… Lo que queda, además del angustioso recuerdo de haber sufrido “la mayor derrota de la historia del futbol brasileño”, como coincidían los analistas deportivos de Brasil, es, para empezar, una enorme deuda estatal y empresarial.

Sólo contabilizando el precio de los estadios construidos o reformados, además de los intereses bancarios por los préstamos comprometidos, la factura asciende a 3 mil 200 millones de dólares. En algunos casos, esa inversión –asumida, dependiendo de cada estadio, por el gobierno, los clubes de futbol o una asociación de ambos– probablemente resulte en dinero tirado por la borda.

El caso más notorio quizá sea el del estadio de Manaos, un recinto deportivo excepcional situado en el corazón de la Amazonia. Costó 200 millones de dólares y ahora nadie sabe para qué se utilizará, pues no hay ningún equipo importante que juegue allí (Proceso 1962).

A esa cifra habrá que añadir unos 8 mil millones de dólares que se irán a infraestructura (aeropuertos, puertos, carreteras), seguridad y telecomunicaciones, según datos publicados el lunes 7 por el Ministerio de Turismo.

De esa marabunta de cifras el ciudadano percibe escasos beneficios, pues –como mostró un estudio del diario Folha de Sao Paulo publicado el 2 de junio– apenas 50% de las obras fueron terminadas antes de la Copa, 20% aún se están edificando y el 30% restante se canceló a última hora.

Ante ese panorama, Dilma Rousseff –que aspira a la reelección el 5 de octubre y disfruta de una ventaja de unos 20 puntos respecto de sus principales rivales– subrayó el lunes 7 que el mayor legado de la Copa sería “la renovación de la confianza del pueblo brasileño en su país y sus capacidades”.

En una conversación con usuarios de internet, la presidenta utilizó palabras que algunos calificaron de arrogantes, como cuando aseguró que el torneo había demostrado el error de “los pesimistas”, quienes anticipaban que todo sería un desastre.

Más y más

En esta resaca mundialista que vive Brasil quedan dos incógnitas que todavía pueden empeorar las cosas. La primera es que, ante la proximidad de las elecciones generales, la frustración deportiva reactive las protestas sociales vividas en junio de 2013, y la calle reclame al gobierno y a los políticos los compromisos adquiridos. Este escenario incluso podría poner en riesgo la reelección de Rousseff, admite la mayoría de politólogos.

 “La asociación entre futbol y resultado electoral era un mito. Pero hasta ahora nunca había ocurrido un vejamen como éste”, aseguró el martes 8 Mauro Paulino, director general de Datafolha, uno de los mayores centros de sondeos y estudios de opinión en el país.

No obstante, ya hay un precedente de un vuelco político por motivos futbolísticos: el Maracanazo de 1950. Tal como ahora, el Mundial se disputó en Brasil y el Scratch du Oro perdió. “Nos dijeron que el gol había desestabilizado al gobierno. Y me parece que algo tuvo que ver, porque ese mismo año, en octubre, hubo otra vez elecciones acá y volvió el tipo que había estado antes, en 1946, Getulio Vargas”, declaró Alcides Ghiggia, el delantero uruguayo que concretó el Maracanazo, al diario argentino Alfil.

En fechas recientes es otro cantar. Las derrotas de Brasil en las copas de 1998 y 2006 no impactaron en las reelecciones de Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva, respectivamente.

La segunda variable que podría convertir “la Copa de las copas” en el peor recuerdo deportivo de los últimos 60 años tiene que ver con el partido que Alemania y Argentina disputarán el domingo 13 en Maracaná. Si Lionel Messi logra ponerle a la camiseta albiceleste la tercera estrella mundialista –es decir, si el país de la samba percibe que se ha endeudado con miles de millones para ver a su eterno rival levantar, en el Maracaná, el mayor trofeo del futbol mundial–, la tormenta perfecta habrá caído sobre Brasil.

Así, no fueron pocos los brasileños que sucumbieron a la tentación de apoyar al verdugo de su Selección –Alemania– con tal de evitar el triunfo del vecino incómodo.