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El realizador Asghar Farhadi es algo así como la última adquisición del cine mundial; iraní de 42 años, estudió teatro en la Universidad  de Teherán, ha ganado un Óscar (Una separación, 2012); su cine integra un estilo naturalista con tramas complicadas donde se quiebran esquemas convencionales, tanto de Hollywood (sentimentales) como del cine europeo (intelectuales y filosóficos); con bisturí, abre el corazón de sus personajes, y lo deja expuesto.

El pasado (Le passé; Francia-Italia; 2013) es su primer trabajo fuera de Irán; el tema es la incomunicación, la fractura que se abre entre mente y corazón hasta provocar un desajuste total, un camino sin retorno. La primera secuencia lo hace patente: Marie (Bérénice Bejo) espera en el aeropuerto de París a Ahmad (Ali Mosaffa), el esposo de quien vive separada desde hace 4 años; el propósito es firmar los papeles del divorcio, pero a través de un vidrio sólo pueden ver el movimiento de sus labios.

La situación de Marie es demasiado intrincada, un embrollo donde cada hilo que se intente jalar enreda todo de peor manera; y las verdades, si tales son, se revelan peor de crudas y dolorosas. Ahmad preferiría quedarse en un hotel; Marie impone que se quede en casa para que hable con la hija mayor e indague el por qué se muestra tan agresiva con ella. Ocurre que ahí también vive Samir (Tahar Rahim), el nuevo novio del que espera un bebé. Como en el teatro, el público descubre quién es quién a medida que se desarrolla la obra; las dos hijas son de un matrimonio anterior, Marie va por el tercero; el niño de ocho años que vive con ellos es hijo de Samir y de su esposa.

Dentro de un laberinto de recelos, rencores, deudas morales y chantajes, el director camina como detective, atento más a detalles que le parecen significativos que a hechos concretos; pasa que lo más importante ya sucedió, en un pasado del que sólo quedan rastros y facturas que pagar.

Por esa cotidianidad que Asghar Farhadi estable desde antes que exista la película, con meses de ensayo con los actores, en una lengua, el francés, que ni siquiera entiende, circulan los espectros. Samir pinta la casa con afán de limpiar y renovar, pero cuando ve a Marie pelear con Ahmad es obvio que él está excluido de la historia entre ellos, como a su vez lo está el mismo Ahmad del matrimonio previo.

En esa familia donde ninguno se entiende del todo con el otro, y cada quien tiene su propia razón, el protagonista principal oscila y ninguno termina por serlo. Ninguno sabe si debería o no estar ahí. La incomodidad entre la pareja y la expareja de Marie, cuando se encuentran solos en la cocina, por ejemplo, causaría risa si no fuera porque el ayer estuviera tan podrido. Si personaje principal hay, ése es el tiempo, el que controla todo y no permite que nadie escape al futuro.