¡Lo que nos faltaba!: que unos muchachitos boquelos se hayan organizado para constituirse en el brazo ario, la sección tapatía de los nazis. Aparte, tenían que ser panistas, para darle más ingredientes de hilaridad involuntaria. Ya la compañera Gloria Reza les dedicó un reportaje suficiente, para no ocuparnos más de tal barrabasada (Nazis al estilo Jalisco, Proceso Jalisco 504).
De tales baladronadas podremos reírnos, pero se dan vicisitudes con los fascistas reales que padecemos, que no hemos de tomar tan a la ligera como solemos. Esas no pueden ser motivo de chacota. El gobierno estatal dio la orden, la semana pasada, de demoler la vieja casona de la Federación de Estudiantes de Guadalajara, la tenebrosa FEG. Se alojó ésta en tal domicilio, Carlos Pereira, 100 Colinas de la Normal, desde 1970. Con esta acción se le extiende de manera oficial y fáctica su acta de defunción.
Mas resulta extraño que el edificio se niegue a desplomarse. Los vecinos de la zona dicen que es porque se trata de una cueva encantada. El pasado viernes 4 le colocaron dos bombas de implosión, pero la casona no cayó. Dos días después le hicieron estallar otra y nada. A la hora de redactar estas notas, los medios reportan que el edificio se encuentra semicolapsado. Todo maltrecho, pero ahí sigue enhiesto todavía. No le han podido rociar los santos óleos. Fue contratada para la tarea una empresa gringa, especialista en trabajos de ligas mayores. Los vecinos sostienen que van a tener que venir brujos de Catemaco o chamanes orientales para que la hagan caer. La cueva de la FEG, como la de Alí Babá, ha de estar encantada, como dicen los vecinos.
Puede ser, pero en todo este margallate hay una seña que no falla. Muchas veces los delincuentes se delatan solos. Algo hace que los denuncien sus sentimientos de culpa. Por dicha razón, en cuanto está a su alcance, buscan borrar las huellas de sus excrecencias, como los gatos. Tras el crimen de Donaldo Colosio, unos meses después se construyó un parque en Lomas Taurinas, el escenario, dedicado según eso a la memoria del ahí sacrificado. Dicha acción buscó borrar cuanta huella del delito hubiera, para que ninguna investigación ulterior prosperara o contara con pruebas de peso, que suelen arrojar los espacios físicos, por su obvia neutralidad.
De los albergues estudiantiles destinados a nuestra comuna universitaria, ninguno ha escapado al ineluctable rigor de la picota. Por los años treinta, en una visita de don Lázaro Cárdenas a estas tierras, los estudiantes locales lo abordaron. Simpatizaban con su línea de acción educativa y, bajo la férula de su ideología, constituyeron el Frente de Estudiantes Socialistas de Occidente (FESO). Le sacaron la promesa de una sede para su alojamiento oficial. La leyenda cuenta que el Tata les extendió, en una servilleta del restaurante, la autorización para ocupar el edificio anexo al templo de Aranzazú.
Los chicos universitarios establecieron ahí la casa del estudiante. Dieron vida al FESO de digna memoria. Pero los vientos cambiaron y sus acciones pasaron a ser mal vistas por los hombres del poder en turno. En el sexenio de Miguel Alemán, la letra del artículo tercero borró la obligatoriedad de la orientación socialista para la educación impartida por el estado, como lo había establecido el cardenismo. El gremio de estudiantes “socialistas”, cuando la línea del gobierno apuntaba en sentido contrario, se volvió estorboso. Fue sustituido por la FEG. Mas el edificio de Aranzazú siguió ocupado.
Vino entonces el momento más álgido en la vida estudiantil tapatía: nació el Frente Estudiantil Revolucionario (FER). Se propuso éste retomar las banderas del viejo FESO e ir más adelante todavía, con exigencias más actuales. Tomó como sede de operaciones la casona de Aranzazú. El FER convocó a un mitin en la Escuela Politécnica el 29 de septiembre de 1970. La FEG lo disolvió a balazos, dejando varios muertos en aquella zacapela. Para que la semilla de la disidencia no germinara, dos días después, el gobierno del estado demolió el edificio. Supuso que con ello acababa diente y dolor. Era acción destinada a borrar rescoldos y a eliminar huellas comprometedoras.
El domicilio del jardín de San Francisco se le había vuelto ingobernable al gremio estudiantil reconocido por las autoridades. Sus alcances, su gran inventiva, su enorme creatividad, dieron en demoler una casona que, a la fecha sería muy útil, para cualquier necesidad que requiriera la ciudad o hasta la propia universidad, pues estaba en sus dominios. Pero así actúan los nenes hijos de papi, a los que se les cumplen todos los caprichos, o los sicarios, según sea el caso. Ya le habían perdido interés, pues mantenían ocupado otro espacio oficial, el del edificio gemelo de la rectoría, sito entre Juárez, Pedro Moreno y Escorza. Ahí despachaban y conjuraban a su antojo. ¿Qué destino útil le iban a dar al viejo FESO?
Las acciones de la FEG a favor de la mafia gobernante en turno le granjearon la donación de los espacios anexos a la Normal. Ahí se levantó para ellos, en 1970, el edificio que ahora se niega a caer. El negociante de dicha construcción fue Enrique Zambrano. Iniciaba sus pininos de enriquecimiento inexplicable. La FEG abandonó la casona de Pedro Moreno y Escorza y se trasladó a las colinas de la Normal. Pero el síndrome de borrar las huellas de su pasado está en el ADN de los fejosos. En cuanto fue rector Zambrano, viejo titular de la FEG, diciembre de 1980, protegido por las sombras de la noche, sabadazo típico, demolió la antigua madriguera sin pedir autorización a nadie ni ser molestado por autoridad alguna por su infracción. Dicen que lo hizo para levantar ahí el horrendo edificio actual. Es negocio, está en su lógica. Pero el sedimento de culpabilidad en el derrumbe de esa casona, para efectos de tapar su pasado fejoso, no puede negarse.
El turno toca ahora a la construcción de la FEG, bautizada con el nombre de Hermenegildo Romo García. El apodo familiar de éste era El Meme, pero entre la broza estudiantil se le nombraba más bien como El Gorilón. Ya está condenada a desaparecer. Sus muros no pueden ser de las lamentaciones; son muros de ignominia. Pero siguen en pie. La negra historia criminal que ocultan tales muros incrimina lo mismo a Raúl Padilla, a Tonatiuh y a Trino, que presidieron la FEG, como a muchos otros administrativos actuales de la UdeG. Ese pasado ominoso no se borrará con demoler el edificio. Están haciendo la lucha de echarle tierra. Pero alguien debería decirles que no hace falta; que en el país de la impunidad extrema todo se olvida. Salvo que es difícil escapar de los encantamientos; a esos sí han de temerles.








