El “negro” que provocó el Maracanazo

La derrota más recordada del futbol ocurrió hace 64 años: En su estadio-catedral, Brasil perdió el campeonato del mundo ante Uruguay, un equipo pequeño liderado por un mulato épico. El gran triunfo del celeste Obdulio Varela fue agarrar el balón y mantener la calma después de un gol en contra. Terminó pasándole los nervios a los brasileños.

Durante el minuto más bravo en la historia del futbol, el balón no estuvo en juego. Un mediocampista abrazaba la bola y hablaba con un juez de línea que no entendía su idioma. Ese minuto valió un campeonato del mundo y provocó que la Selección más potente de todos los tiempos, la brasileña, dejara de jugar por dos años.

Todo empezó cuando le anotaron un gol a Uruguay. “Había visto al juez de línea levantando la bandera. Claro, el hombre la bajó enseguida, no fuera que lo mataran. Yo cogí la pelota y me fui a hablar con él. Me insultaba el estadio entero con la pelota en la mano, obviamente por la demora. ¡Si me banqué aquellas luchas en canchas sin alambrado, de matar o morir, me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías! Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el juego esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros, y les dije a mis compañeros que éstos no nos podían ganar nunca, nuestros nervios se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil”, recordó después el capitán celeste. Antes de que se reanudara el juego se dirigió a sus compañeros: “Síganme”.

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En ese entonces el Mundial no se disputaba como ahora. Nada de 32 equipos que pasan una fase de grupos y luego se van eliminando hasta disputar la final. No había final.

En 1950 jugaron 13 equipos. La última fase de la “Copa Jules Rimet” se disputó como si fuera un pequeñísimo torneo en sí mismo. Los cuatro equipos que clasificaran a esa instancia jugarían todos contra todos, y el que quedara hasta arriba de la tabla sería el campeón.

Por azares del destino, en el último partido se enfrentaron los únicos dos que aún tenían posibilidad de coronarse. Uno era Brasil, que jugaba de local. Había arrasado durante todo el torneo: se estrenó goleando a México 4-0, después dio su peor partido al empatar 2-2 con Suiza pero terminó la fase de grupos doblegando 2-0 a Yugoslavia. En el “minitorneo” final se desquitó. Le metió 7-1 a Suiza y 6-1 a España. Le bastaba un empate para coronarse por primera vez. Uruguay, en cambio, había avanzado a trompicones.

16 de julio. El estadio para el juego decisivo era el Maracaná. Los boletos vendidos, según la FIFA, fueron 173 mil 850. Augusto era el capitán de la verdeamarelha, que aún no tenía ese apodo porque jugaba toda de blanco. El capitán de La Celeste: el mulato Obdulio Varela.

“Con llegar a la final ya han cumplido, traten de no comerse seis goles. Por cuatro está bien”, fue la arenga que los directivos del futbol uruguayo perpetraron contra sus jugadores, antes de que salieran al campo.

Pero ahí estaba El Negro Jefe, el capitán, y no había llegado hasta ahí para comerse cuatro goles. Si su asma de nacimiento no lo había frenado. Si ser voceador a los ocho años. Si ser albañil. Si ser vendedor a domicilio. Si ser limpiabotas: Nunca desde que nació, el 20 de septiembre de 1917, la había tenido fácil.

“Empezó a jugar al futbol, aunque no era muy bueno: ni muy rápido ni muy técnico. Pronto se vio que lo suyo era otra cosa. Lo suyo era el carácter. Los compañeros le obedecían y los rivales le respetaban”, recapituló en el diario El País el periodista Enric González:

“Durante un partido contra Nacional, su compañero Montaño recibió una patada salvaje y el árbitro pitó una simple falta. El Negro Jefe cogió el balón y se acercó al árbitro: ‘Señor juez’, dijo, ‘si alguno de mis futbolistas llega a dar una patada como la que aquel señor acaba de dar, le ruego que lo expulse, porque en mi equipo un jugador que pega así no merece seguir en la cancha’.”

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Eran las tres de la tarde en el Trópico de Capricornio. O dicho en otras palabras: “(Río de Janeiro) era un infierno. Cuando salimos a la cancha eran más de cien mil personas silbando”, se lee en una entrevista que Osvaldo Soriano le hizo a Varela, quien por ser mediocampista también era conocido como el Centrojás, del inglés centre half.

“En el primer tiempo dominamos en buena parte nosotros, pero faltaba experiencia en muchos de los muchachos. Nos perdimos tres goles hechos. Ellos también tuvieron algunas oportunidades, pero yo me di cuenta de que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían. El primer tiempo terminó cero a cero.

“En el segundo tiempo salieron con todo. Ya era el equipo que goleaba sin perdón. Creo que fue a los seis minutos que nos metieron el gol. Parecía el principio del fin.”

El estadio se derrumbaba gracias al gol de Friaça. El Uruguay se derrumbaba por culpa del gol de Friaça. Pero Obdulio Varela, el mulato jefe, no. Pegó una carrera de 30 metros a la portería y aprisionó el balón.

Entonces vino el minuto más bravo en la historia del futbol. Aquél en el que no pasó nada y que cambió la historia. “El mundo tuvo que esperarlo tres minutos para que llegara al medio de la cancha y espetara al juez (de nacionalidad inglesa) diez palabras en incomprensible castellano”, relata Soriano.

La consigna del Centrojás era calmar a los suyos y enervar a otros 200 mil. Terminó sacando de quicio a los rivales, a las gradas y hasta al árbitro, que amenazó con expulsarlo.

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Segundo tiempo. Minuto 21. “…Obdulio Varela (la pasa) al puntero Ghiggia. Avanza Ghiggia perseguido por Bigode. Lo anula Ghiggia a Bigode. Se corre al arco… Coloca el centro. Toma Schiaffino. ¡Tira! ¡Goool, goool uruguayo! ¡Gol de Schiaffino! ¡Uruguay 1, Brasil 1!…”

Carlos Solé, locutor uruguayo. Maracaná

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 Algunas veces el futbol parece un ajedrez. Algunas otras, una lluvia de fuego. Pero muy de tarde en tarde, una vez por generación, es ambas. Eso fueron los siguientes 13 minutos de aquel partido. La bola quemaba; las defensas, espartanas; los delanteros, rabiosos. “Ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban”.

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Minuto 79. “Pérez avanza, le cruza la pelota a Ghiggia. Ghiggia se le escapa a Bigode. Avanza el veloz puntero derecho uruguayo. ¡Va a tirar! ¡Tira!… ¡Gol! ¡goool, goool!, ¡gooool uruguayo! ¡Ghiggia tiró violentamente y la pelota escapó al contralor de Barbosa! ¡Uruguay 2, Brasil 1!

Carlos Solé

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 Tan hermoso el relato que hasta en Wikipedia suena bien: “El estadio queda en silencio. Inclusive los futbolistas uruguayos quedan impresionados con el repentino silencio en el recinto, donde minutos antes reinaba la euforia de la afición.

“Estaba a punto de finalizar el partido, Brasil atacaba con todo su poderío, pero le es imposible revertir el resultado. Al cumplirse el tiempo oficial, a las 16:45 horas, el árbitro inglés George Reader silbaba el final del partido.” El Scratch du Oro dejó de jugar durante dos años y jamás volvió a vestir la casaca blanca que portaba ese día.

“Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Preparé mi discurso [lo llevaba traducido al portugués] y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido. Estaban empatando 1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo local. Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional ni discurso ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber qué hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro”, rememoró el señor Jules Rimet, entonces presidente de la FIFA.

Y, de ahí, El Negro Jefe se fue a la oscuridad. No festejó con sus compañeros, sino que lloró con los perdedores: “Cuando se hizo la celebración en el hotel, él huyó sin que nadie se diera cuenta y se fue a las calles, anduvo deambulando, una ciudad de luto, triste, tristísima… Se metió a uno de los pocos bares que veía abiertos, bebió una cerveza, otra, y veía, veía, a sus víctimas… Estaban solitos, uno a uno, llorando. Se pasó la noche bebiendo, abrazando a los vencidos”, escribió el uruguayo Eduardo Galeano.

Al regresar a Montevideo se enfundó en una gabardina y se escabulló. “En recompensa por la hazaña, los dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro. A los jugadores les dieron medallas de plata y algún dinero. El premio que recibió Obdulio le alcanzó para comprar un Ford del año 31, que fue robado a la semana”, reconstruyó Galeano.

Amó el futbol, pero sólo por cinco años más. Tiempo después dijo: “Ahora estoy muy arrepentido de haber jugado. Si tuviera que hacer mi vida de nuevo, ni miro una cancha. No, el fútbol está lleno de miseria. Dirigentes, algunos jugadores, periodistas”.

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Salió a beber, aquella noche. Entre una cosa y otra, la noche del Negro Jefe duró 46 años, y terminó con su muerte, el 2 de agosto de 1996.

Enric González

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Si entramos vencidos es mejor ni salir al campo de juego, no vamos a perder ese partido, y si lo hacemos no será por cuatro goles. Ahora vamos a jugar como hombres. Nunca miren a la tribuna. Ellos son 11 y nosotros también. No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo, y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasa nada. ¡Los de afuera son de palo!

Obdulio Varela

Maracaná. 14:45 pm