La cinematografía de Singapur apenas comienza a demarcarse de las producciones de Malasia, Hong Kong o Taiwán; la censura es complicada, sexo, política y drogas son temas tabú; pero los jóvenes talentos encuentran maneras para exponer problemas sociales arriesgados.
Anthony Chen (1984), por ejemplo, lleva una lista larga de los premios que ha ganado con sus cortos en festivales internacionales. Ilo Ilo (Singapur, 2013), su primer largometraje, recibió la Cámara de Oro en Cannes.
A primera vista, la epopeya doméstica de una sirvienta filipina, Teresa (Angeli Bayani), que trabaja para una familia singapurense con dificultades económicas, parece simple: no ocurre gran cosa, el único hijo es insoportable, los padres poco presentes por exigencias de trabajo lo maleducan; la muchacha logra establecer un vínculo con él y darle confianza, y la madre (Yeo Yann Yann), se muestra celosa.
Singapur cuida mucho de su imagen; Anthony Chen coloca a la ciudad-Estado más desarrollada de la región en el mapa de la crisis económica mundial. Desempleo, frustración y explotación son parte de la vida cotidiana. El padre de familia fue despedido, no se atreve a enfrentar la situación con su esposa, quien tiene que trabajar y para colmo está embarazada.
Más delicado aún es el trato inhumano a las empleadas domésticas; se sabe de varios casos escalofriantes de abuso en Singapur y en Hong Kong, a donde miles de mujeres provenientes de Filipinas y Malasia acuden para ganar un poco de dinero.
Ilo Ilo aborda estos temas sin escándalo y sin melodrama. La máquina trituradora empieza desde arriba, la competencia es cruel, los jefes en la oficina son implacables, el ama de casa aplica la misma técnica con su empleada doméstica (de entrada le retira el pasaporte para controlarla), el crío de 10 años va por el camino del despotismo. La vuelta de tuerca se da cuando la filipina se revela como un ser humano muy consciente de serlo.
A la manera de Hou Hsiao-hsien la vida cotidiana transcurre como un flujo; por momentos se hacen remolinos pero el agua corre y no se estanca. Teresa se manifiesta como un individuo inteligente y compasivo que entiende el enredo entre los padres del mocoso al que le toca cuidar. A la guerra de poder que propone el chico, Teresa responde con ternura y lo ubica en la realidad, mucho a través del juego. Sorprende el equilibrio y la madurez de la realización de Anthony Chen para dejar que sus actores exploren esta relación.
En un mundo ideal, como el de Hollywood, la vocación terapéutica de este personaje, que era secundario y terminó por protagonizar la cinta, habría sido premiada. Fragmentada, su historia es clara: madre soltera desesperada por sobrevivir y ganar dinero como sea; pero Teresa no se hace ilusiones, pocos se escapan de un mercado implacable.








