Apoya impugnación contra Valadés y acusa a Narro de autocracia

Del consejero universitario Eduardo López Betancourt

Señor director:

Me interesó particularmente la carta de la ciudadana Joana Morales Blanco publicada en la sección Palabra de Lector el 15 de junio (Proceso 1963), donde denuncia un hecho que es un ejemplo más de la falta de probidad que lamentablemente se padece en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

La información que proporcionó es sumamente cierta, y por desgracia forma parte de las graves conductas derivadas de una ominosa inmoralidad. En efecto, el doctor Diego Valadés Ríos, gracias a un sinnúmero de componendas, a actos de influyentismo y de patente amiguismo, ha sido propuesto para la distinción de investigador emérito; esto, sin tener ni lejanamente el perfil adecuado para tal honor. No posee una trayectoria académica destacada ni ha generado aportaciones al conocimiento de trascendencia. El único motivo es su cercana amistad con el rector, el doctor José Narro Robles, quien nunca se ha moderado al mostrar su afecto por el doctor Valadés, e incluso por su esposa, a quien también ha promovido de manera impresionante, aun descuidando la seriedad profesional.

El doctor Valadés fue mi alumno en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Derecho de la UNAM, en la cual, sin asistir a clases ni mostrar un desempeño notable, gracias a sus relaciones con las “altas esferas” universitarias obtuvo el grado de doctor.

Su trayectoria pública es bien conocida. En el ámbito jurídico, dio una clara muestra de su mala calidad como jurista cuando fue procurador general de la República, aun sin ser especialista en ciencia penal, durante el sexenio que bien se ha denominado como de la ignominia. En ese entonces brindó una absurda, temeraria y falsa explicación sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

El caso de Diego Valadés Ríos no es único. Calamitosamente, en la UNAM se padece una aviesa autocracia. El señor rector, con una actitud mesiánica, decide a quiénes se premia, dispone del presupuesto de manera muy personal, y responde siempre a un grupo oligárquico. Los 15 miembros de la Junta de Gobierno, atendiendo sus indicaciones, designan a los funcionarios académicos de la UNAM, quienes, obviamente, tienen que ser personas cercanas al rector.

La situación denunciada por la ciudadana Joana Morales es sólo uno más de los síntomas que indican la urgente necesidad de efectuar cambios en el funcionamiento de esta institución. En otro rubro, debe ponerse freno a los “aviadores”, profesores con nombramiento de tiempo completo que desempeñan actividades remuneradas fuera de la UNAM. El favoritismo no tiene límites. Se llega al extremo de crear cargos ex profeso, aun en el extranjero, para favorecer a los “cuates”  y afectos en general.

Por lo que hace a la estructura del gobierno universitario, mi experiencia como integrante del Consejo ha sido en gran medida decepcionante. No he encontrado auténtica representatividad. La universidad funciona en la práctica como una camarilla. La democracia es teórica: sólo se estudia, jamás se practica.

A los consejeros universitarios maestros, no se diga a los representantes de alumnos, aunque hayan sido elegidos por voto de nuestros pares, se nos trata como a simples comparsas. Incluso el ejercicio de la elemental libertad de expresión está controlado. La anhelada discusión entre universitarios no existe; sólo hay una voz que decide con apoyo de sus corifeos. Para quienes se atreven a expresar opiniones disidentes, el bullying y la persecución, además de la descalificación, es la respuesta.

En mi calidad de consejero universitario maestro, le he pedido al rector que se atiendan las múltiples fallas que he observado en la UNAM; pero nunca, incluso contradiciendo el fundamental derecho constitucional de petición, se ha dado respuesta a mis misivas.

El caso de Diego Valadés Ríos sólo es la punta del iceberg de una endémica enfermedad llamada corrupción, misma que abate sin piedad a la UNAM. Mi anhelo como universitario es una rectificación del sendero, una reforma hacia una mejor universidad, en la cual reciban los honores quienes realmente los merecen, y donde valores como la honestidad se cultiven como expresiones del verdadero espíritu universitario.

Atentamente

Doctor Eduardo López Betancourt