Una colección inimaginable de documentos de personajes célebres son propiedad de una empresa singular, única en el mundo, Aristophil, fundada en 1990. Su creador, el genio empresarial Gérard Lhéritier, acaba de adquirir en 7 millones de euros Las 120 jornadas de Sodoma, obra que el marqués de Sade escribió y escondió en su prisión de la Bastilla. Ya es uno de los tesoros de este acervo que contiene 135 mil documentos.
PARÍS.- Gérard Lhéritier se enorgullece de haber añadido un nuevo capítulo a la extravagante epopeya del manuscrito de Las 120 jornadas de Sodoma del Marqués de Sade, la obra más radical y provocadora de toda la literatura francesa. Le encanta además haberlo hecho en el año de comemoracion del 200 aniversario luctuoso de Donatien de Sade, fallecido el 2 de diciembre de 1814.
Fundador y presidente del Museo de las Letras y de los Manuscritos, Lhéritier compró esa joya del patrimonio cultural galo por 7 millones de euros a un coleccionista suizo y la rapatrió a Francia el pasado 24 de marzo en jet privado rodeado por una nube de camarógrafos y fotógrafos.
Con una mezcla de regocijo y autoironía, ese hombre de negocios con mirada pícara enseña a la reportera las fotos de ese regreso triunfal. Sonriente, se baja del avión cargando una elegante caja gris en la que se encuentra el famoso manuscrito.
“Fue toda una aventura”, comenta escuetamente. Se endereza y, entre serio y burlón, agrega: “Esa aventura empezó en 1782 en el torreón del castillo de Vincennes donde Sade estaba encarcelado, siguió en la prision de la Bastilla y continuó a lo largo de 232 años”.
Perseguido por sevicios perpetrados contra amantes y prostitutas y por repetidos escándalos sexuales, el “divino marqués” es detenido en 1777 en París a pedido de su suegra, una mujer de armas tomar, conocida como la presidenta de Montreuil. Sade acaba de cumplir 37 años.
Las condiciones de detención tanto en Vincennes –donde permaneció encerrado hasta 1784– , como en la Bastilla donde pasa cinco años, son terribles. Las celdas son hediondas y están llenas de ratas, heladas en invierno, sofocantes en el verano, oscuras siempre. Con el filo del tiempo Sade, que debe tener velas prendidas todo el dia, pierde la vista, sufre migrañas crónicas, tiene crisis de rabia y conatos de locura que espantan a sus carceleros y a sus visitantes.
Permanentemente enardecido, enfermo y atormentado el marqués se refugia en la lectura, pero sobre todo en la escritura. Los exégetas de su obra afirman que es en 1782 cuando Sade empieza a plasmar sus delirios sexuales en un texto de una violencia absoluta, Las 120 jornadas de Sodoma. Esa obra de lectura insostenible cuenta la historia de cuatro artistócratas depravados que tienen apresados en un castillo perdido en la Selva Negra a 82 victimas de todas edades y ambos sexos a los que inflingen, durante cuatro meses, una sucesión de 600 perversiones que incluyen torturas atroces y asesinatos.
En 1784 Sade es trasladado a la cárcel de la Bastilla. Las autoridades se muestran particularmente inflexibles con ese preso indomable y con olor a azufre, lo hostigan, lo humillan y multiplican las pesquisas en su celda. Sade entiende que le será cada vez más difícil esconder sus escritos. Imagina entonces una estratagema para salvar a Las 120 jornadas de Sodoma. Exige de su esposa que le haga llegar cuanto antes un papel resistente pero muy delgado que corta en finas tiras de 11.2 centimetros de ancho y 36 de largo.
Del 22 de octubre al 28 de noviembre de 1785 el “divino marqués” copia el texto completo del manuscrito sobre estas cintas de papel , escribe recto y en verso con letras minúsculas y va pegando las hojitas una a una hasta obtener una tira de papel de 12 metros de largo que enrolla habilmente y disimula, según la leyenda, en un hueco que logró excavar entre las piedras del muro de su calabozo.
Pasan cuatro años. Llega el verano de 1789. Las primicias de la revolución sacuden París, la multitud rodea la cárcel de la Bastilla. A través del tragaluz de su celda Sade, más exaltado que nunca, insta a los insurgentes a incendiarla.
En la noche del 3 al 4 de julio las autoridades penitenciarias lo trasladan al asilo psiquiatrico de Charenton con la ropa que lleva puesta, impidiéndole llevarse sus efectos personales. Diez días más tarde, el 14 de julio, el pueblo de París amotinado asalta la Bastilla. Hay combates, incendios. Y finalmente los revoltosos se apoderan de la fortaleza. Cae el símbolo del poder absoluto de la realeza.
El 15 de julio empieza la destrucción metódica de la Bastilla. En su camarote de Charenton Sade se desespera. Piensa en el manuscrito de su obra maestra. Lo imagina carbonizado. Los descendientes del “divino Marqués” aseguran que hasta el dia de su muerte lloró esa “pérdida insustituible”.
¿Cómo ese manuscrito pudo escapar a la destruccion? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Existe por supuesto una leyenda al respecto: el ciudadano Arnoux, oriundo de Saint-Maximin, pueblo del sur de Francia cercano a uno de los castillos del Marqués, descubre el manuscrito entre los escombros de la cárcel y lo vende al marqués Villeneuve-Trans, rico, aristócrata letrado, también de la misma región sureña.
Hay otra hipótesis más realista: la administración de la carcel confisca los efectos personales de Sade. Algún alto responsable descubre el manuscrito, mide su valor, lo roba, y con el curso del tiempo logra venderlo al marqués Villeneuve-Trans cuyos descendientes lo conservan casi en secreto durante un siglo.
En 1900, sin embargo, uno de los herederos de esa aristocrática familia vende el precioso rollo a Iwam Bloch, dermatólogo alemán apasionado de psicologia y considerado como el fundador de la sexologia. El médico, embrujado por ese texto fuera de lo común, pero poco familiarizado con el francés del siglo XVIII, publica la obra en 1904 con el pseudonimo de Eugène Duhrer. Es una edición desastrosa plagada de errores burdos.
Algunos años más tarde en París André Breton y los surrealistas redescubren al marqués de Sade, alaban la “violencia subversiva” de su obra, lo reinvindican como figura mayor de la literatura francesa y logran convencer al vizconde Charles de Noailles y a su esposa Marie Laure de partir a la búsqueda del manuscrito para repatriarlo a Francia.
Esa pareja de mecenas, culta y adinerada, fascinada por las vanguardias artísticas del efervescente umbral de siglo XX, se lanza a la aventura y pide a Maurice Heine, escritor y renombrado editor que contacte al sexólogo alemán. El rescate de la obra emociona a la vizcondesa de Noailles cuya abuela, Laure de Chevigné, que inspiró a Marcel Proust el personaje de la duquesa de Guermantes, era descendiente directa de Donatien de Sade.
En 1927 se cierran las negociaciones y el manuscrito regresa a Francia. Hasta la fecha no se sabe cuánto desembolsó el vizconde para adquirirlo. Heine revisa el texto y supervisa su publicación, que se hace paulatinamente entre 1931 y 1935. Se trata de una edicion especial, reservada en exclusividad a un círculo de “bibliófilos suscriptores”. Es lo único que permite hacer la censura.
Pero aún con esa distribución sumamente limitada esa obra venenosa causa escándalo. La pareja de mecenas aguanta con serenidad insultos y críticas vehementes. No es la primera controversia que le toca enfrentar. En 1930 provocaron la mayor polémica de toda la historia del cine francés al financiar La edad de oro, película de Luis Buñuel y Salvador Dalí.
Pero no todo acaba ahí…
Pensar que ese regreso a París del manuscrito simboliza el fin de la historia es subestimar la maldición post mortem del “divino marqués”.
En 1982, exactamente 200 años después de que Donatien de Sade se sentara a escribir las primeras líneas de Las 120 jornadas de Sodoma, Nathalie de Noailles, hija de Marie Laure y heredera del valioso rollo, presta ingenuamente el manuscrito a un amigo íntimo suyo, Jean Grouet, periodista, editor y escritor que pretende examinarlo de cerca en el marco de investigaciones personales.
El erudito es también un estafador descarado que vende por 300 mil francos suizos (50 mil euros) el tesoro de los Noailles a Gérard Nordmann, un coleccionista suizo de literatura erótica. Las 120 jornadas de Sodoma pasan la frontera entre Francia y Suiza clandestinamente. Nathalie de Noailles demanda a Grouet, quien va dar a la cárcel después de años de juicios y apelaciones.
Carlo Peronne, hijo de Nathalie, dueño de periódicos en Italia, contacta a Gérard Nordmann y le propone volver a comprar el precioso rollo. En vano. El suizo, opulento heredero de una familia dueña de cadenas de supermercados, no se quiere deshacer de la pieza más espectacular de su colección. Peronne emprende entonces una largisima batalla judicial en Francia y en 1990 logra que su familia sea reconocida como propietaria legítima del manuscrito. Las autoridades galas exigen la restitucion de éste. Pero ese requerimiento resulta letra muerta ya que en estos años Suiza no había firmado los convenios internacionales sobre obras de arte robadas.
Peronne comienza una nueva batalla, esta vez en los tribunales suizos. Gerald Nordmann muere en 1992. Seis años después, en 1998, la justicia helvética establece su buena fe: los jueces consideran que el coleccionista había compardo sin saberlo una obra robada y declaran que su viuda es la dueña legal. Esta acaba confiando el controvertido rollo a la venerable Fundacion Martin Bodmer de Ginebra, que lo expone en 2004 y luego lo vuelve a archivar.
Después de la muerte de Monique Nordmann en 2010, sus tres hijos deciden deshacerse de la colección de literatura erótica de su padre. Gran parte de esa biblioteca libertina se vende en una subasta celebrada en París en 2011. Pero Las 120 Jornadas de Sodoma siguen en Ginebra.
Carlo Peronne busca a los herederos, quienes no aceptan venderle el manuscrito. Bruno Racine, director de la Biblioteca Nacional de Francia los corteja a su vez. Parece tener más éxito. Las negociaciones giran alrededor de 4 millones de euros, pero se estancan.
Entre tanto, a pedido de Peronne, la Interpol incluye al manuscrito de Sade en su lista de obras buscadas impidiendo su venta fuera de Suiza. Es en medio de ese enredo que Gérard Lhéritier entra en escena.
El desenlace
Lhéritier, hombre de negocios, tiene recursos y es hábil negociador. Visita a Nordmann y Peronne. Las pláticas duran dos años y medio y a finales del 2013 incluyen también al director de la Banca Nacional de Francia (BNF). Finalmente todos los protagnistas, sus abogados y notarios se juntan en la mansión de París que alberga la empresa Aristophil que dirige Lhéritier.
Éste propone una solución salomónica que acaba con treinta años de embrollos judiciales franco-suizos. Compra el manuscrito por 7 millones de euros que comparten los herederos legales suizos y el heredero italiano legítimo y se compromete a donar el documento a la BNF en 2019. Comenta Lhéritier:
“Fue arduo. Pero la historia aún no acaba. El Ministerio de la Cultura no aceptó mi propuesta. Quería que le entregara de inmediato el manuscrito. Por supuesto me negué y nos arreglamos todos sin la BNF. Y fue así como llegué a París el pasado 24 de marzo con ese rollo tan fabuloso. Ya emprendí los trámites para que sea reconocido como Tesoro Nacional. Así nunca más podrá salir de Francia.”
Mientras se recore con Lhéritier la suntuosa sede de Aristophil: altísimos techos cubiertos con frescos, arañas de luz en cristal, paredes adornadas con molduras áureas, inmensos espejos, escaleras de mármol… llegamos al santuario del manuscrito de Las 120 jornadas de Sodoma, un larguísimo salón hundido en la penumbra que alberga una extensa vitrina en la que se despliegan siete de los doce metros del rollo secreto del marqués de Sade.
El estado de conservación del papel y de la tinta es impresionante, y muy emotivo resulta ver la letra aplicada y segura de Sade. Se notan pocas tachaduras y las líneas son muy rectas. Lhéritier confiesa que no se cansa de mirar su última adquisicion «diabólica». Le intriga que hasta ahora los expertos no hayan podido determinar cómo Sade pegó las tiritas.
“Se habla de saliva, de orina. Vamos a examinar eso de muy cerca”, dice saboreando con anticipacion las insóitas revelaciones.
Por el momento sólo algunos privilegiados tienen acceso al manuscrito de Sade, que será expuesto al publico el próximo mes de septiembre en un salón especial (aún en obra), en la planta baja de la mansión de Aristophil. Se convertirá en la obra estrella de una gran exhibición dedicada al “divino marqués”, a inaugurarase en el Museo d’Orsay en noviembre, dentro del marco de la celebración de su 200 aniversario luctuoso.








