Colombia: Reportear con guardaespaldas

Hace 14 años la reportera Jineth Bedoya fue torturada y violada por paramilitares cuando había empezado a desenmarañar una red de tráfico de armas desde el Estado en Colombia. Le ha costado trabajo reponerse de esas vejaciones, pero lo hizo con la finalidad de ser la voz de las mujeres ultrajadas como botines de guerra. Ella asegura que quienes ordenaron su secuestro aún tienen poder, por lo que su vida está en riesgo.

BOGOTÁ.- Para la periodista colombiana Jineth Bedoya el futuro no existe. Se acabó el día de su secuestro. Permaneció 16 horas en manos de tres paramilitares entrenados para matar a fuego lento y puede recordar cada minuto: los golpes, la tortura, las ropas desgarradas, el cañón de un arma hundido en su sien y sobre todo el ultraje sexual.

Convencida de que su vida nunca sería la misma, Jineth decidió aprovechar su condición de reportera del diario El Tiempo y la visibilidad de esa tribuna para convertir su drama en una causa contra la impunidad que caracteriza a los victimarios del conflicto armado colombiano y el cual tiene en la violencia sexual contra la mujer una de sus expresiones más ruines.

Según la periodista, tras sobrevivir a la tragedia sigue siendo objetivo de sus enemigos agazapados en la maraña mafiosa de las bandas criminales –resabios del paramilitarismo– y en los sótanos de los organismos de seguridad del Estado.

Cada día, al salir de su casa piensa que puede morir. Suele despedirse de su mamá, doña Nelly, con un beso y un abrazo. No da un paso sin compañía fuera del edificio donde vive. Siempre sale rodeada de escoltas con armamento de guerra, chalecos antibalas y vehículos blindados, pero ella sabe que aún en medio de ese esquema de seguridad proporcionado por la Unidad Nacional de Protección (UNP), las balas la pueden alcanzar.

–Para mí el futuro no existe –afirma Jineth a Proceso–. En cualquier momento me pueden matar. Mi nivel de riesgo es muy alto.

Con esa certeza la reportera acabó por tragarse el miedo y apostó por aprovechar al máximo cada día. Viaja por el país y el extranjero para hablar por las víctimas de la violencia sexual en Colombia.

Según un estudio de las ONG Oxfam, Casa de la Mujer y el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, 94 mil mujeres han sido violadas en Colombia en medio del conflicto armado y otras 50 mil han tenido un embarazo o un aborto forzado. La impunidad en estos casos es de 100%.

Bedoya es líder de la campaña nacional “No es hora de callar”, mediante la cual promueve que las mujeres víctimas de abusos denuncien los hechos.

En 2000, Bedoya era reportera del diario El Espectador, cuyas investigaciones sobre el crimen y la guerra solían provocar la ira de los más connotados asesinos de la época, entre quienes destacaban los hermanos Carlos y Vicente Castaño, máximos comandantes de las paramilitares y ultraderechistas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y responsables de decenas de matanzas de civiles y de ejecuciones de dirigentes sociales.

La reportera había construido una red de fuentes en la cárcel La Modelo de Bogotá. La tarde del jueves 27 de abril de 2000 ese penal fue un campo de batalla. Decenas de paramilitares armados con granadas y fusiles irrumpieron en los patios de delincuentes comunes para vengar la muerte de uno de sus hombres. El enfrentamiento dejó 32 reclusos muertos y más de un centenar de heridos. La noticia conmocionó al país.

Días después Bedoya, entonces de 26 años, comenzó a contar en las páginas de El Espectador la historia de esa matanza. Con ayuda de sus fuentes relató cómo los reclusos fueron ejecutados por paramilitares de las AUC al mando del comandante Cadavid, hombre de los hermanos Castaño.

–¿Esto quiere decir que tu investigación llegaba hasta los Castaño?

–Sí, pero lo que yo no sabía era que gente de la fuerza pública de muy alto nivel estaba detrás de la red. En ese momento estaba lejos de imaginarme que comandantes del ejército y de la policía estuvieran implicados.

La trampa

Durante varios días la reportera escribió pormenorizados informes sobre la corrupción en la cárcel. El 24 de mayo de 2000, un hombre identificado como integrante de las AUC le habló a su celular para pedirle escuchar la versión de los paramilitares acerca de la matanza en la prisión. Ella accedió y se comprometió a acudir a la cárcel al día siguiente.

Frente a la prisión, mientras esperaba a quien era su jefe en El Espectador, Jorge Cardona, y a un fotógrafo, se le acercó una mujer que le hizo plática para distraerla. Un hombre alto y moreno llegó por detrás, la encañonó con una pistola y le ordenó caminar.

–Me llevó a una bodega cerca de la cárcel –cuenta–. Ahí había otros dos hombres. Me amarraron de pies y manos y me vendaron los ojos. Pregunté quiénes eran, qué querían y me soltaron varias bofetadas, golpes, insultos. Me decían: “¡Cállate, perra!” Me interrogaron sobre las investigaciones del periódico, bajo tortura. Luego me sellaron la boca con cinta aislante y me subieron a una camioneta. Empezamos un recorrido muy largo. No me quitaban el arma de la sien. Me sacaron de Bogotá (la llevaron hacia Villavicencio, unos 80 kilómetros al sureste de la capital colombiana).

Al cabo de un tiempo imposible de precisar, Jineth y sus tres captores llegaron a una finca donde, de un manotazo, el sujeto alto y moreno que la levantó en las afueras de La Modelo le arrancó la venda de los ojos.

–Mírame la cara, hijaeputa –le espetó. Ella lo vio. Atrás de él estaban varios hombres con uniformes de camuflaje y los rostros cubiertos.

El primero que la violó en el asiento trasero de la camioneta fue el moreno. Luego siguieron dos más. Jineth quería morirse para sentir algún alivio. Durante horas la mantuvieron en el vehículo, sin ropa, su cuerpo pequeño malherido, trémulo, humillado.

En Bogotá, Cardona reportó el secuestro a la fiscalía minutos después de que ocurriera. Los agentes de la institución comenzaron a rastrear el celular de la reportera y a media tarde lo ubicaron en el área de Villavicencio. No tenían tecnología para localizar con exactitud su paradero pero iniciaron un operativo en la zona.

Cerca de la medianoche del jueves 25 de mayo de 2000 los plagiarios subieron de nuevo a la camioneta y el vehículo arrancó. En el trayecto el chofer recibió una llamada. “Sí, aquí está el paquete, todavía está bien”, expresó. Kilómetros más adelante el vehículo frenó y le dijeron: “Se acabó el paseo”. La arrojaron al acotamiento de una carretera semiurbana.

–Quedé ahí tirada, como un despojo. Mi cuerpo no me respondía. Traté de incorporarme pero no podía caminar. Estaba amarrada, desnuda. Vi pasar un taxi y grité. Como pude me hinqué y grité. El taxista se dio la vuelta, me subió al carro y me llevó a un puesto de policía en Villavicencio. A mí me iban a matar, pero ya estaba en marcha el operativo de la fiscalía. Creo que por eso los jefes paramilitares dieron una contraorden. La persistencia de Jorge (Cardona) fue lo que me salvó la vida.

Pacto de silencio

Jineth fue trasladada a Bogotá y quedó internada en un hospital del cual salió una semana después. Con sus jefes y compañeros de El Espectador acordó un pacto de silencio: nadie informaría de los ultrajes sexuales y torturas a los que fue sometida. Sólo su secuestro fue noticia.

A 14 días de su liberación pensó cómo se iba a suicidar: con pastillas, con un navajazo en las venas o arrojándose a la calle desde su departamento, en un cuarto piso. No se atrevió.

Ese día le habló al entonces director de El Espectador, el político liberal Carlos Lleras de la Fuente, quien le dijo que el diario le había conseguido una beca en Alemania. Ella respondió que si de verdad quería ayudarla, necesitaba regresar a su trabajo como reportera de la fuente judicial.

El 10 de junio de 2000, dos meses y medio antes de que se venciera su licencia médica, volvió al trabajo.

Alto costo

Desde aquel día de junio de 2000 en que regresó a la redacción de El Espectador, Jineth no ha parado. Un mes y medio después volvió al escenario de la guerra a cubrir un duro combate entre guerrilla y paramilitares. “Esto es lo mío”, se repetía.

Han pasado 14 años y la reportera –quien en 2002 pasó al diario El Tiempo– sigue en lo suyo: informar y denunciar atrocidades. Tiene altibajos, recaídas, momentos de duda, de reencuentro con un dolor que siempre va a estar ahí. Pero se levanta.

La vida en pareja le ha sido esquiva. Cuando la secuestraron tenía un novio a quien, después del suceso, no quiso volver a ver. Dos años después de su secuestro intentó construir una relación de pareja, pero todo acabó mal.

–Fue una relación dolorosa –explica–, porque en medio de todo lo que te pasa cuando eres víctima de abuso sexual, tú te echas muchas culpas y llevas esto a las relaciones. Entonces no funcionó, fue muy doloroso, creo que fue algo revictimizante.

El dispositivo de seguridad que la protege desde su secuestro fue un tormento hasta 2012, cuando el gobierno colombiano creó la UNP, un organismo profesional de protección a ciudadanos en riesgo. Durante años Jineth debió soportar la convivencia cotidiana con policías que espiaban todos sus movimientos.

“Convivir con ellos, con los que me habían puesto ahí para hacerme inteligencia, era un infierno, como dormir con el enemigo”, dice. Hoy confía en sus escoltas y les agradece exponer su vida por ella.

En 2009 el director de la ONG global Oxfam Intermón en Colombia, Alejandro Matos, la convenció de ser vocera de la campaña Violaciones y otras violencias: Saquen mi cuerpo de la guerra. En agosto de ese año Bedoya presentó la campaña en Madrid y por primera vez habló en público de su violación. Tras hacerlo quedó mal, se sumió en una depresión, pero poco a poco le fue encontrando sentido a compartir su drama con otras víctimas de la violencia sexual.

El pasado mayo cumplió 14 años la investigación judicial de los crímenes contra Bedoya. Ha sido tortuosa, lenta y a menudo decepcionante, aunque algunos fiscales cargados de valor han logrado avances.

En 2011 el paramilitar desmovilizado y recluido en la prisión La Picota de Bogotá, Alejandro Cárdenas Orozco, aceptó su participación en los hechos. Confesó ser el hombre alto y moreno que secuestró a la reportera y dijo que la primera orden era matarla. Ella lo identificó en una audiencia judicial. Le quería escupir y cuando él le pidió perdón Jineth sintió “como una bofetada”. Hasta la fecha no ha aceptado haberla violado.

Hay otros dos detenidos: Mario Jaimes Mejía, El Panadero, el paramilitar que la citó en La Modelo; y Jesús Pereira Rivera, Huevo de Pizca, cuñado del extinto jefe de las AUC Carlos Castaño, y hombre de confianza de su hermano Vicente, quien también está muerto.

–¿Los Castaño dieron la orden de tu secuestro?

–Ellos fueron los que ejecutaron la acción. No puedo decir mucho porque es parte del proceso judicial, pero lo que hoy está claro es que algunos integrantes de la fuerza pública que tenían un poder muy alto creían que yo sabía que ellos estaban implicados en el tráfico de armas y le pidieron a los paramilitares que me sacaran del camino.

En septiembre de 2012 la fiscalía colombiana declaró el caso de Bedoya crimen de lesa humanidad, lo que convirtió en imprescriptible la causa judicial contra los autores materiales e intelectuales de su secuestro, tortura y violación.

El miércoles 18, el presidente colombiano Juan Manuel Santos sancionó una Ley contra la Violencia Sexual que declara delitos de lesa humanidad e imprescriptibles todos los actos de violencia sexual que se cometan en el marco del conflicto armado o como parte de un ataque generalizado o sistemático contra la población civil.

–¿Qué balance haces de todos estos años, de tu secuestro para acá, de tus logros profesionales, de tus momentos difíciles? –se le pregunta a Jineth.

–Aquí estamos –dice y hace una breve pausa, piensa, baja el rostro, niega con la cabeza y mira fijo al reportero–. No es fácil, no te puedo decir que soy una mujer feliz completamente. Mi felicidad se limita al hoy, el estar hoy aquí contigo, el poder contarte esta historia, que tú puedas publicar esta historia y que una mujer que la lea en América Latina diga: “Juepucha, yo sí puedo sacar fuerzas para seguir adelante”. Pero para mí, el futuro se acabó el 25 de mayo de 2000.

–Me extraña que una mujer fuerte, como tú, diga eso.

–Estoy dando la batalla. Pero, ¿sabes qué? Sé que perdí la guerra.

–¿Te refieres a la guerra judicial, al esclarecimiento de tu caso?

–Mi caso, te lo digo hoy a ti, mi caso va quedar en la impunidad y duele profundamente –dice y llora–. Todos los días de mi vida me despierto pensando en el dolor que me genera eso, pero yo ya no puedo seguir pensando sobre mi dolor, tengo que pensar en el de los demás.

–¿Sabes hasta quiénes tienen que llegar las autoridades para esclarecer tu caso?

–Sí. Y la fiscalía también lo sabe.

–¿Quiénes son?

–Lo único que te puedo decir es que es gente de muy alto nivel de este país.

–¿Es gente involucrada con los servicios de seguridad del Estado?

–Sí.