Eduardo del Río, Rius, ofrece al mundo sus 80 años. Mejor aún, en un ejercicio memorioso festeja sus ocho décadas de vida –seis de ellas dedicadas a dibujar con singular humor personajes y situaciones que le han tocado vivir o bien ha inventado para no aburrirse– y las comparte con sus lectores en Mis confusiones. Memorias desmemoriadas, un libro de 464 páginas divididas en 85 apartados puesto en circulación por Grijalbo en estos lluviosos días.
A salto de página, el autor, nacido en Michoacán el 20 de junio de 1934, nos muestra sus itinerarios “espirituales”, geográficos e ideológicos y sus radicales disidencias. Sorprende la naturalidad con la que este historietista gráfico hilvana anécdotas, pasiones, desengaños y relatos sobre su existencia. Tiempo recuperado a partir de fragmentos en el que desfilan un titipuchal de contlapaches, entre viajes y viejas… estampas vistas por él en su deambular por México y el mundo.
Apenas huyó del seminario de Tlaquepaque, Jalisco –es decir, lo abandonó, para desencanto de quienes querían un cura en la familia–, comenzaron sus tropiezos y sus afanes para conquistar el pan y ayudar a su abnegada madre. Su primer trabajo serio fue en la agencia funeraria Gayosso, –su Universidad, asegura–, donde aprendió a llevarse con la muerte; ahí fue donde un día el señor Francisco Patiño, director de la revista Ja-Já, lo vio dibujar unos monitos y tras darle una tarjeta le dijo que podía llevárselos para publicarlos. Y así lo hizo; sus primeros trabajos fueron sólo humor sin palabras; es decir, puros dibujos.
Era 1955. Años después vinieron Los Supermachos y, tras un pleito en el que le piratearon los derechos, creó Los Agachados con sus singulares personajes que lo lanzaron a la fama. Y de ahí pa’l real: La Gallina, Marca Diablo, La Garrapata, El Chahuistle y El Chamuco y Los Hijos del Averno, además de cartones en periódicos, revistas y en 116 libros publicados hasta ahora, el último de los cuales es precisamente Mis confusiones.
En sus desmemoriadas memorias, Rius rinde homenaje a sus admirados colegas de su época: Alberto Huici, Héctor Ramírez Bolaños (Ram), Abel Quezada, Alberto Isaac, El Vikingo Leonardo Vadillo Paulsen, Rogelio Naranjo, Helio Flores, Andrés Audiffred, Jorge Carreño y Sergio Aragonés, sin olvidar a otros colegas de trazos firmes y humor corrosivo, como La Ranita Rafael Freyre, Ernesto García Cabral, Antonio Arias Bernal, Alberto Beltrán, Gabriel Vargas, y colegas más jóvenes entre los que incluye a Rafael Barajas, El Fisgón, Manuel Ahumada, José Hernández, Antonio Helguera.
También elogia los trabajos del argentino Roberto Fontanarrosa, del uruguayo Eduardo Galeano –buen dibujante, además de escritor–, del español Chumy Chúmez y de muchos otros artistas internacionales que le inspiraron.
De su paso por los periódicos, ni hablar: Repasa sus desencuentros con el jefe José Pagés Llergo, del semanario Siempre!; del célebre Manuel Buendía Tellezgirón, quien lo corrió de La Prensa por presiones del jefe de prensa de Los Pinos, Humberto Romero Pérez –entre michoacanos te veas–; de Federico Bracamontes en Diario de México; de Fernando González Díaz, en Ovaciones; de Ramón Beteta en Novedades. También habla con nostalgia de Proceso y don Julio Scherer García, así como de La Jornada.
Hay más en el libro de Rius: sus innumerables viajes a Cuba y sus desengaños con el régimen de Fidel Castro, a Moscú, a China, a Italia; de su colección de timbres postales y de reconocimientos a su trabajo, incluido un Honoris Causa del que reniega con vehemencia, de sus aventuras eróticas, sus matrimonios. El volumen incluye algunas viñetas del propio autor y una colección de 40 fotos donde aparece con su familia y con sus amigos; no podía faltar también su afición por el futbol, que practicó con ahínco durante una temporada.
En las 464 páginas de Mis confusiones. Memorias desmemoriadas, Rius cuenta su nuda vida con singular tono. Son 85 capítulos llenos de ideas liebres –Bergamín dixit– que saltan juguetonas y corren, pero siempre regresan.








