En 85 asaltos, Rius recupera su vida en Mis confusiones. Memorias desmemoriadas, puesto en circulación por Grijalbo con motivo de los 80 años del autor de Los Supermachos, Los Agachados e infinidad de personajes salidos de su imaginación. La afiebrada creatividad de este singular humorista gráfico está plasmada en 116 libros, pero esta vez Rius se desnuda, no sin cierto pudor, para sus seguidores y más aún –eso es lo principal– para quienes ni siquiera lo conocen. Proceso ofrece fragmentos en tiritas de los afanes de este güero de ojos azules nacido en Zamora, Michoacán, el 20 de junio de 1934.
Seré breve para no aburrirlos. Del 34 al 36 fui niño de brazos en Zamora. Del 36 al 44 viví en vecindades y asistí a la fuerza a varias escuelas particulares de segunda categoría. Ya dije que no teníamos dinero y la Jefa no quería meternos a escuela de gobierno, porque eran “socialistas”, o sea comunistas. Pero me consiguieron beca o ayuda de unos millonarios dueños de fábricas de telas, los Del Valle, y entonces estuve internado dos años con los salesianos en Huipulco. Luego, del 45 al 51 me metieron a un seminario, primero en Venta de Cruz, Hidalgo, luego en Tlaquepaque, Jalisco, a estudiar para cura. No me aguantaron como descreído y rebelde, así que del 51 en adelante me volví chino libre, lejos de curas y crucifijos, sin confesiones ni comuniones que practicar y con miles de libros por leer.
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Pasados unos meses de mi salida del seminario, noté que no me hallaba en lo que llamaban “el mundo”. En los trabajos que había conseguido, de lo cual hablaré al ratito, no encontraba motivación para llevarlos a cabo. Y veía además que en ese mundo me esperaba como futuro inmediato recurrir a los alcoholes para sentir que me sentía bien, como veía que lo hacían mis hermanos y parientes, y los amigos de mis hermanos y de los parientes. Como que noté rápidamente que gran parte de la vida diaria giraba alrededor de las copas, y de tener un trabajo que diera lo suficiente para poder pagar los alcoholes y “dispararlos” a los dizque amigos que abundaban en las cantinas y cervecerías… Medio filosofando un poco, me decía que aquello no tenía más chiste que el del momento del cuete. Después llegaba la cruda, la resaca y el arrepentimiento de gastar el dinero en esa forma. Muy pobre, pues. Aunque no se crea, extrañaba un poco el seminario, y frecuentemente me daba mis vueltas para saludar a los padrecitos salesianos.
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Entre las maneras de matar el tiempo descubrí tres que me gustaron: una, leer; otra, resolver crucigramas; y la tercera, dibujar. Con la suerte de mi lado, descubrí que juntito a la funeraria existía la mejor librería de usado de todo México, y que se llamaba Librería Duarte. Sus dueños eran un padre y un hijo refugiados republicanos españoles, rojillos y muy cultos. En su librería se reunían cada semana escritores en ciernes como José Agustín, Carlos Fuentes, José de la Colina, Carlos Monsiváis, Fernando Benítez y otros menos conocidos para platicar, echar café (o una cubita) y adquirir los libros de reciente o antigua aparición, a buen precio y con facilidades de pago.
Y como yo no sabía qué leer, un día me llené de valor y le pregunté a Polo Duarte, el hijo de su papá, que me recomendara qué leer. Tras confesarle mi ignorancia enciclopédica sobre literatura y mi escasez financiera conjunta, Polo me sugirió un plan ranchero para leer sin gastar demasiado. Yo le compraba un libro y lo podía cambiar hasta dos veces por otros dos, sin cargo adicional. Así es como caí en el vicio de la lectura, que todavía me tiene agarrado del cogote –afortunadamente– y es la razón por la que llamo a Gayosso mi universidad, porque con Polo Duarte aprendí a leer y supe de la existencia de gente como Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Caldwell, Panait Istrati, Knut Hamsun, Herman Hesse, London, Marx, William Saroyan, Chesterton, Shaw, Georghiu (a la mejor no se escribe así), Scott Fitzgerald, Rulfo, Azuela, Rubén Romero (me receté todos sus libros, que aún conservo) y pare usted de contar o acaba esto como directorio telefónico; pero antes quiero añadir a la lista a John Steinbeck, cuyo libro En lucha incierta me volvió más izquierdoso que el mismo Marx. Junto con Las viñas de la ira y otras linduras que hizo Steinbeck antes de patinar feo al apoyar la guerra de Vietnam…
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Supongo que ya sabrán los lectores que para volverse caricaturista no se estudia, pero mejor usaré si me permiten, el calificativo de humorista gráfico, que va más apegado a lo que ha sido mi profesión: hacer humor y a veces hacerlo con elementos gráficos (dibujos, fotos, grabados antiguos, etcétera). El humor, pues, es lo que no se estudia: no hay escuelas ni academias para aprender a ser humorista. Se nace con ese defecto, que con el tiempo y la práctica se va volviendo más o menos respetable.
–¿Y de dónde llega ese humor, mi estimado don Rius?
–… El humor simplemente nos llega de las ondas etéreas, que sepa la chingada por dónde quedan, aunque los griegos pensaban que había unos misteriosos seres con forma de mujer que se dedicaban a “inspirar” ideas a músicos, poetas, pintores, dramaturgos y hasta historiadores (con lo que yo no estoy de acuerdo: la historia no es un arte, que yo sepa). Las musas, pues, se dedicaban a soplarles ideas a los interesados, pero nunca inventaron a la Musa del Humor…
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(…) Nadie me impresionó, impactó y conmovió tanto como cuando me vi frente al Che Guevara. Imagínense ustedes la escena: un grupo de periodistas mexicanos, miembros del Partido Comunista… se hallan de pie en un gran salón de juntas del Ministerio del Trabajo, esperando la entrada del ministro, Ernesto Guevara, que les ha concedido una entrevista. Juan Duch, Rodrigo Moya, Froylán Manjarrez, uno de Monterrey, del que no recuerdo su nombre (ni apellido) y éste su servidor y amigo, Eduardo del Río, más conocido como Rius. Bueno, de pronto se abre una puerta a mano izquierda, y por ella sale el Che medio acomodándose el cinturón, con las agujetas de las botas sin amarrar. Camina unos pasos y se para frente al grupo, nos ve curiosamente y suelta la pregunta:
–¿Quién de ustedes es Rius?
–¿Qué les puedo decir de lo que sentí en ese momento? A lo mejor ni me lo creen y quedo mal con todos. Enterado el Che de que el que Rius “era yo”, me mandó acercar y saludándome me comunicó oficialmente que le gustaban mucho mis cartones (en esos tiempos los hacía yo en la revista Siempre! y en Política, ambas revistas muy conocidas en los medios oficiales cubanos), que ojalá pudiera llevar algún día una exposición de mis monos a Cuba, y que quería hablar conmigo de un asunto. Y para ello tenía que fijar una cita con su secretario, un joven delgado con cara de cubano. Dicho lo cual pasó a sentarse en la cabecera de la mesa, sacó un puro sin vitola y se manifestó dispuesto a contestar lo que quisiéramos preguntarle. El salón se llenó de los ricos aromas del tabaco cubano, y con ese fondo se desarrolló la entrevista con el personaje llamado el Che, que firmaba así los billetes de banco y que pasaría a ser, a nivel mundial, el icono más conocido en la historia de la humanidad. Creo que sólo Jesucristo fue más reconocido, con perdón de los Beatles que también se destacaron en lo suyo…
Durante toda la entrevista estuve pendiente del puro que estaba fumando el Che y que, curiosamente, le duró todo el tiempo de la entrevista. Acabando el tabaco, el Che dio por terminada la conversación e inició la despedida de manos de cada uno. Yo, como quien no quiere la cosa, me acerqué al cenicero donde había quedado el “puchito” del puro, y también como quien no quiere la cosa, me lo guardé en la mano para depositarlo después en el morral que cargaba. Llegando a México lo guardé en una caja de cerillos de madera, que un mal día la señora que nos ayudaba con el aseo, botó a la basura… ¡Pinchísima Tere Aguilar que no supiste lo que tiraste a la basura! Ni modo, pues.
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En pleno 68 salimos a la calle con La Garrapata, publicada por Editorial Posada (la misma que editaba Los Agachados) y con un equipo de moneros jóvenes y talentosos que venían de El Mitote Ilustrado. La dirección fue colectiva y rotatoria, de modo que a cada uno de los cuatro (Helio Flores, AB, Naranjo and me) nos tocaba dirigir un número completo. Era trabajoso el asunto, sobre todo para AB, que no tenía experiencia en redactar, formar y organizar una revista, así que todo su número me lo tuve que echar encima y tratar de que saliera el asunto más o menos airoso. Inmediatamente se sumaron otros colaboradores: Vadillo, Checo Valdés y su combo Efrén, si mal no recuerdo, y otros jovencísimos moneros como Feggo, que apenas estaban dando sus primeros pasos….
Desde su salida, La Garrapata fue bien aceptada (por el lectorado) y mal recibida por el gobierno, que empezó a boicotearnos por todos los medios a su alcance, y sobre todo con el papel. En ese tiempo el gobierno controlaba el papel para la prensa por medio de un monopolio llamado PIPSA. Con PIPSA (Productora e Importadora de Papel S.A.) manipulaban a la prensa: si no se portaban bien, no había papel barato. Muchos editores y dueños de periódico se hicieron ricos comprando el papel a crédito, y cuando ya la deuda era enorme, se acercaban a la Presidencia en plan lambiscón y rastrero, valga la redundancia, y lograban que se les condonara la deuda, dinero que iba a dar a sus bolsillos. Bueno, pues a La Garrapata, desde el primer número, le negaron el papel, obligando al editor a comprarlo con empresas particulares, pero mucho más caro. Presionaron (los del gobierno) a los voceadores para que no vendieran la revista, presionaron a los impresores para que no la hicieran (hubo que cambiar tres veces de taller) e iniciaron una campaña telefónica para asustarnos a todos. Descubrimos que nuestros teléfonos estaban intervenidos igual que los del editor Mendizábal y de toda la editorial; presionaron también a los que les rentaban las oficinas y Mendizábal se vio obligado a buscar otras. Parecía que vivíamos en un régimen fascista tipo Hitler, con un estado policíaco-militar. Ya había pasado el 2 de octubre, pero la represión y persecución a los líderes estudiantiles, obreros y hasta campesinos, se intensificó después de las olimpiadas “de la paz”, persecución que incluyó a los familiares de los presos políticos del 68, a los abogados que los defendían y a los familiares de esos abogados. La represión que se soltó después de los juegos olímpicos se volvió “selectiva”. Ya no reprimían a los grupos sino a los individuos. Marcaje personal como quien dice…
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Regresando del viaje a la URSS (y satélites circunvecinos y lejanos), me metí a un círculo de Estudios de Marxismo, por invitación de Pedro Zapiain (argumentista de Chanoc) y de la esposa de Marino Carrera, republicano español que dirigía el Departamento de Historietas en Novedades. (Al rato me acuerdo de su nombre, ustedes perdonen.) En el círculo estábamos además Nikito Nipongo, Carlos Vigil y su hermano Eduardo, historietistas ambos (y me parece que otro historietista que ahora no recuerdo). En las primeras sesiones se abordó y discutió, a veces ferozmente, la supuesta existencia de Dios y el papel de la mujer en la sociedad. (También estaba la esposa cubana de Carlos Vigil, perdón.)
(…) En realidad mi militancia como comunista se centró más en el trabajo de agitprop (agitación y propaganda, para los que lo ignoran), con las caricaturas que hacía en los medios que lo permitían, que eran poquísimos. En varias ocasiones planteé la posibilidad de hacer una historieta que… “¿Historieta? ¡Ése es un instrumento del Imperialismo para promover el american way of life y defender al Colonialismo! Es más, es una forma de Colonialismo cultural hecha para enajenar a las masas. Yo creo, camaradas, que los cómics los patrocina el Departamento de Estado y la CIA para penetrar…”, etc., etc. Así era más o menos la reacción de mis camaradas comunistas al hablar del cómic (americano principalmente) negando de antemano la posibilidad de usar esa arma imperialista y capitalista en su contra, es decir, hacer cómics de izquierda. (Mi capacidad de argumentación era tan pobre y tan mal utilizada por mí, que no pude convencer a nadie en la célula. Nunca he sido bueno para teorizar ni debatir.) De modo que, cuando se me presentó la ocasión de hacer Los Supermachos en 1966, lo hice sin pedirle permiso al partido ni al padrecito Stalin. No me expulsaron ni me criticaron, no sé por qué. Quizás se dieron cuenta de que la historieta, igual que la satanizada televisión y la radio, tenía enormes posibilidades de ser utilizada a favor de la causa, cambiándole simplemente la orientación…
Aunque también (hay que decirlo con pena) los partidos de izquierda siguen haciendo una prensa ilegible, dogmática, improvisada y sin humor. O simplemente han dejado de hacerla, como el PRD, que ni siquiera es capaz de hacer volantes y slogans propios del siglo XIX o principios del XX, para que no suene tan tajante. Se quedaron en El Machete y La Voz De México, sin la necesaria renovación neuronal de su cerebro (bueno, en descargo de la izquierda, hay que reconocer que ni el PRI ni el PAN han hecho buena prensa, ni buena radio, ni buena tele.)
Será, a la mejor, que la gente de izquierda que podía hacerlo no milita ya en los pseudopartidos de izquierda. Bueno, yo soy tan exageradamente crítico, que hasta a La Jornada le pediría una necesaria renovación y más creatividad. (Para que no se sientan conmigo mis buenas cuatachas y cuatachos de ese periódico, les pediría lo mismo a mis ídem de ídem de Proceso.)
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Dos días antes del famoso golpe echevarriano a Excélsior, llegó un telegrama a mi casa de Cuernavaca, en el que Julio Scherer me citaba para verlo en el periódico. Nunca supe para qué me telegrafiaba y el día que se lo pregunté, muchos años después, me dijo que ya no recordaba. Sabía yo off the record que Abel Quezada estaba queriendo dejar el periódico, y supuse que me querían ofrecer su espacio y acompañar a Naranjo como caricaturista de Excélsior. (Esto no deja de ser una suposición…)
Ya no pude apersonarme en Excélsior porque el rencor furibundo de Luis Echeverría se cebó contra el periódico que tanto lo criticaba, provocando la salida de casi todos los reporteros, caricaturistas y columnistas que lo habían convertido en el mejor diario de México. Poco tiempo después, un telefonazo de don Julio cimbró los huesecillos de mi oído: me llamaba para incorporarme a una nueva revista (Proceso) que harían casi todos los antiguos periodistas salidos de Excélsior. Con enorme gusto acepté y me convertí en colaborador de la revista, el único de todo el equipo que no procedía del Excélsior. Compartía páginas con Naranjo, así que el humor en Proceso estaba a cargo de dos michoacanos, aunque no de los Templarios.
Trabajar con don Julio fue una delicia. No había censura, y sólo cuando sentía que el cartón estaba “muy fuerte” o equivocado en su planteamiento, me llamaba para discutir si el cartón (con mi autorización) no se publicaba o tenía que cambiarlo por otro no tan conflictivo. Con don Julio aprendí algo muy importante: a defender la trinchera haciéndome autocensura. A no arriesgar la fuente de trabajo por el afán de publicar una rica mentada de madre al gobernante, que es una de las cosas que más felices nos vuelve a los caricaturistas. Hay que saber hasta dónde podemos llegar en la crítica sin poner en peligro a la revista y sin poner a sufrir de más a don Julio y a Vicente Leñero, que sudaban para decidir si un cartón se publicaba, sufrían al cuidar, palabra por palabra, la portada de la revista. Nuestros cartones (sobre todo los de Naranjo) fueron varias veces culpables de que la presidencia (de López Portillo o de Miguel de la Madrid) retirara publicidad a Proceso (“No pago para que me peguen”, ladró don López Portillo).
Con el paso de los años se me empezó a dificultar la colaboración en Proceso (no había todavía computadoras), al tener que estar yendo cada semana a México a entregar el trabajo. Yo hacía todavía la historieta y me sentía cada vez más cansado de sobrellevar ese trajín. Se me había presentado además una oportunidad (única y soñada) de un viaje a China que llevaría más de un mes, de modo que, con gran dolor de mi corazón medio estropeado, dejé de hacer la historieta y de colaborar en Proceso. Quise regresar luego, pero alguien en la revista me dijo que los que salían de Proceso no podían ya volver. Que era una ley no escrita, pero que pertenecía al pensamiento no escrito de don Julio.
Ya don Julio no trabaja en Proceso. Ni Vicente. La revista, obviamente, ha bajado un poco en calidad y contenido. Está cada día más dedicada a informar de la vida y milagros de los narcotraficantes –los nuevos dueños de medio país– lo que (me) resulta fatigoso y masoquista de leer. Los monos de Naranjo ya no son los de antes, Monsiváis y Pacheco se han ido, etcétera, etcétera. Y sin embargo, la revista sigue siendo la mejor de nuestro pobre país tan urgido de ser informado con dignidad, veracidad y respeto. ¿Qué sería de México sin Proceso? En otros países quién sabe cuántos gobiernos ya hubieran caído por sus denuncias. Pero en México es tanto el cinismo de los gobernantes, que usan la revista para presumir que en México hay libertad de prensa… aunque en el fondo les vale mother lo que les echan en cara. El (buen) periodismo en México es como Juan el Bautista en el desierto: se la vive pegando de gritos que nunca llegan a Los Pinos, donde nadie oye, ni ve (ni lee).








