UdeG, “mañana te pago”

La cultura del relajo es una variable a la que muchos se esfuerzan por someter la idiosincrasia del mexicano. Se mencionan tres mentiras, aunque haya más, como clásicas nuestras. Una es el conocido estribillo: mañana te pago. Un mañana que siempre se pospone, desde luego, o que de plano nunca llega. Flor de la irresponsabilidad, que retrata la conducta del incumplimiento como pocas. Un perverso fondo de definición de nuestra personalidad colectiva se esfuerza por sostener como propia nuestra esta imagen viciada. La figura es falsa, aunque se presenten casos.

Uno de ellos tiene que ver con un préstamo reciente que se hizo del fondo de ahorros del sindicato de los profesores de la Universidad de Guadalajara (Staudeg) para el equipo de los Leones Negros de la misma institución. Pocos cargos o ninguno se hacen en una sociedad, donde el no pago es la norma, a quien, disponiendo de dineros ajenos, nunca regresa o nunca da razón del estado de cuentas de los dineros puestos a su custodia. Es el caso del préstamo mencionado antes. Salió del rubro de jubilaciones y pensiones. Como en otras ocasiones, una mano peluda llegó al cofre y extrajo monedas del tesoro ahí depositado. Por desgracia, no es la primera vez que ocurre.

Juan José Frangie funge como vicepresidente comercial y de mercadotecnia de ese equipo recién ascendido a la Primera División. En la euforia del momento, los dueños de esta marca dijeron que el equipo pasó de valer apenas 10 o 15 millones de pesos a una de al menos 415 millones. Saltos cuantitativos de esta naturaleza son propios de especuladores de la bolsa o de corredores de apuestas de alto riesgo, pero no del común de los mortales. Los profes de la UdeG pertenecen al común de los mortales, por lo que se revela de las nóminas de sus salarios.

Frangie es otro prestanombres que sale a dar la cara por Raúl Padilla, el insaciable. Maneja alegremente estas cartas al referir que “se contrató un préstamo puente” de 120 millones de pesos con los maestros universitarios, para darle salida a los compromisos más urgentes del equipo. Como ahí, en las arcas del sindicato, hay dinero, pues de ahí se toma, se puentea, dice él, se echa la maroma, y el equipo sale de sus apuros. Martín Vargas Magaña, titular del sindicato, tuvo que dar la cara. Explicó que “la asamblea había aprobado el préstamo”; que el plazo fijado para cubrir el adeudo fue de cuatro años; que el interés pactado es de 4% anual, mayor al de 2.9% que gana en el fideicomiso; y más aclaraciones pertinentes. Sus aclaraciones encierran afirmaciones difíciles de digerir, demasiado complejas para darles crédito y, por esa razón, candidatas a ser calificadas como mentiras mondas y lirondas.

A los dichos de Martín lo antecede ya una situación anómala de otro préstamo sacado de la misma caja y cuyo pago quedó en tinieblas. En diciembre de 2010, el Staudeg le prestó al Congreso estatal 70 millones de pesos de su Fondo de Retiro para sus trabajadores. El Congreso no tenía recursos para pagar salarios y aguinaldos del fin de ese año. El sindicato le alivió la carga. El Congreso empezó pagando, pero al final suspendió el pago. Quedaron volando por lo menos 21 millones de pesos del adeudo. Desde Control Presupuestal en el Congreso, se emitió un oficio, remitido a la unidad de Transparencia del Legislativo, en donde se niega que haya existido un convenio con este sindicato. Ni el Congreso, ni Roberto López González, ni Martín Vargas Magaña, secretarios generales involucrados, han informado del destino final de ese dinero.

Con el préstamo actual, los dichos de Vargas y de Frangie deben revisarse con lupa. ¿A quién quieren hacer creer que hubo una “asamblea” que aprobó este crédito? ¿De qué “asamblea” habla Vargas? Ese dinero está depositado en un fideicomiso y no puede salir de ahí sino para fines expresamente establecidos. Si se saca para financiar a los Leones Negros, obliga la pregunta si dentro de las etiquetas está incluido semejante rubro. Tratándose de dinero de pensiones y jubilaciones, a cualquiera le resulta más que extraño que esos viejitos lo hayan puesto a disposición para zanjarle dificultades al equipo de futbol.

Lo dicho por los contratantes pinta entonces a mentira pura. Pero habrá que desembrollarla. Que “la asamblea” lo autorizó. Que dejó abierto el paso para que llene el formato de autorización y lo firme cada académico que esté de acuerdo con el préstamo. Pero el préstamo ya se hizo. Se dispuso de la lana aún antes de mediar para eso la firma de los dueños. Entonces se está dando un permiso para hechos consumados. Se está avalando a posteriori (o legitimando, para entenderlo mejor) una transacción; o bien una fantasmal asamblea de tal sindicato se arroga derechos extraordinarios. Los delegados mentados pueden disponer, con o sin consentimiento de sus dueños, de un dinero que no es suyo. Estamos lucidos. Si eso se hace con los miembros de un sindicato ilustrado, ¿qué no se hará con gremios cuyos miembros poseen menores luces de escolaridad?

Se nos dirá que lo mismo hacen diputados y senadores con los bienes de la nación o que el santo clero dispone de las limosnas y donativos con semejante unción. Los fondos del Infonavit, de las afores, de la venta de Telmex, bancos, aerolíneas, puertos, ferrocarriles, autopistas, ingenios, minas, y un largo etcétera, han conocido un fin oscuro y tenebroso. Será. Pero ninguno de estos hechos justifica que se pasen por alto las pillerías que vamos experimentando al trote del macho.

Nos dicen que se dieron, como garantía, unas cartas compromiso hasta por 150 millones de pesos. El equipo vale más, mucho más, pero por el momento no puede disponer de sus valores. Valores reales, que por el momento no están por ningún lado. Pero no están a la vista, por la sencilla razón de que no existen. Si hace un mes valían 15 millones, ¿por qué ahora valen 500 millones de pesos? ¿Por el poder de su lengua? ¿Sólo porque Raúl lo dice hay que creerlo?

No cabe duda que todavía transitan por el mundo vendedores de fantasías y compradores de ilusiones. Lo de cambiar oro por espejitos era mera conseja con la que los abuelos conciliaban nuestro sueño. Pintaba una imagen triste de lo ocurrido en los tiempos de la Conquista y la Colonia. Pero que haya todavía entre nosotros encomenderos y conquistadores que, con el poder de su firma, les saquen el dinero de sus ahorros a los ancianos maestros pensionados, es cuento que no puede llegar a las alcobas de los niños, para arrullarles el sueño. Son embelecos a los que ni los niños, a pesar de su inocencia, darían crédito. Pero de que los hay, los hay. El trabajo es dar con ellos.