Reelección en juego

Tres meses después de que se juegue la final del Mundial de Futbol, Brasil realizará elecciones. Algunos analistas advierten: lo que ocurra durante la Copa –desde un desbordamiento de las protestas hasta un mal desem­peño de la selección del país– podría influir en los comicios. Por lo pronto, se ve difícil que la presidenta Dilma Rousseff asegure la reelección en primera vuelta. Al calor de las movilizaciones sociales, ha perdido en los últimos tres meses de seis a ocho puntos en la intención del voto.

Sao Paulo.– El próximo 5 de octubre –casi tres meses después de que concluya el Mundial de Futbol– Brasil realizará comicios presidenciales. Sin embargo, la reelección de la presidenta de este país, Dilma Rousseff,­ se juega desde ahora; no en las urnas, sino en la cancha: el buen desempeño de la selección nacional brasileña y el éxito en la organización del certamen pueden apuntalar la intención de votos que –pese a las manifestaciones de protesta– hasta el momento le favorece: 34%, según una encuesta de la empresa Datafolha divulgada por el diario Folha de Sao Paulo.

Por lo pronto, las manifestaciones de protesta que realizan diversos sectores de la sociedad brasileña parecen beneficiar a Aecio Neves da Cunha, exgobernador del estado de Minas Gerais y candidato del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), quien se ubica en segundo lugar en las encuestas electorales con entre 18% y 20%.

La razón: las críticas se concentran en el gobierno central y no en las autoridades locales. Así, Neves, quien como gobernador de Minas Gerais fue uno de los responsables de la remodelación del estadio Mineirao y quien incluso apoya la celebración del Mundial, no recibe de manera directa los ataques.

Neves recibió además un apoyo inesperado: el de Ronaldo Luís Nazário de Lima, más conocido como Ronaldo, el máximo artillero de los Mundiales y miembro del Comité Organizador Local de la Copa del Mundo. En una entrevista publicada el pasado 26 de mayo por el diario económico brasileño Valor, Ronaldo no sólo anunció que votaría por su “amigo” Neves en las próximas elecciones, sino que se dijo “avergonzado” por las fallas en la organización del Mundial.

Ello provocó que la presidenta Rousseff­ lamentara la existencia en el país de un “síndrome de inferioridad o de perro callejero”.­

Incluso Romario da Souza Faria, exjugador de la selección que ganó el Mundial en 1994 y actual diputado por el opositor Partido Socialista Brasileño (PSB), criticó a Ronaldo por su apoyo a Neves: “No se cambia de equipo en medio del partido”, dijo.

Romario pertenece al PSB, cuyo candidato a presidente, Eduardo Campos, es tercero en las encuestas con 11% de la intención de voto.

“Neymar y Cía.”

Moacyr Barbosa, el portero de Brasil que fue culpado por la derrota 2-1 ante Uruguay en el estadio Maracaná, episodio anclado en la historia como “el maracanazo”, contaba que en los días previos a la final del Mundial de 1950 los candidatos a concejales, diputados, gobernador y hasta a presidente visitaron a la selección de futbol para sacarse fotografías con los jugadores, las cuales utilizaban posteriormente en sus campañas.

Recuerda que después de la mayor decepción en la historia brasileña, los candidatos quemaron las fotografías. Los subcampeones se convirtieron en una suerte de leprosos sociales.

“El mismo día de la final me senté en la mesa, pero apenas comí una hoja de lechuga y un poco de tomate. No pude comer porque entre bocado y bocado venía un político a decir un discurso. Salía uno y entraba otro”, recordó Barbosa, fallecido en 2000, en el testimonio que ofreció para el libro Dossié 50, escrito por el periodista Geneton Moraes Neto.

El 3 de octubre de 1950 Brasil realizó elecciones generales. Cristiano Machado, candidato del presidente Eurico Gaspar Dutra, perdió contra el popular caudillo laborista Getulio Vargas, quien finalmente se suicidó en 1954. Los analistas no vincu­lan la victoria de Vargas al maracanazo, sino al propio carisma del llamado “Padre de los Pobres”, quien durante su gobierno estableció programas de justicia social e introdujo leyes laborales y la política petrolera nacionalista que dio nacimiento a la empresa estatal Petrobras.

Ahora, en cambio, la presidenta Rousseff se juega el 5 de octubre la reelección en un contexto de protestas populares que se han repetido conforme se acerca el Mundial de Futbol.

Delfín político del exmandatario Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2010), Rousseff es la carta del Partido de los Trabajadores para mantenerse en el poder hasta 2018, en coalición con una docena de partidos.

Todos los sondeos indican que la presidenta perdió entre seis y ocho puntos en los últimos tres meses y que una victoria sin necesidad de segunda vuelta se ve difícil: requiere más de 50% de los votos o que la suma de los votos de los candidatos opositores no supere el número de votos que ella registre como primer lugar.

A tal punto este escenario se plantea lejano que dentro de la coalición oficialista varios partidos aliados –como el Partido Progresista (PP)– lanzaron la consigna “vuelve Lula”, en caso de que se diluya la popularidad de Rousseff antes de que cierren las inscripciones para la contienda electoral, el próximo 5 de julio, ocho días antes de que se juegue la final del Mundial.

Pese a que es el favorito en todas las encuestas, Lula negó la posibilidad de presentarse de nueva cuenta como candidato a la presidencia y durante el congreso del PT, realizado el 3 de mayo, proclamó la candidatura de Rousseff.

La leve caída de la mandataria en las encuestas está vinculada a sospechas de actos de corrupción en la empresa estatal Petrobras, de la cual Rousseff fue presidenta del Consejo de Administración en 2005, cuando al mismo tiempo era ministra de Energía.

A ello se agrega que los mercados financieros no le tienen confianza. Califican a su gobierno de “intervencionista” por renegociar contratos en temas de energía y por intervenir en la política de tasas de interés y en el congelamiento de precios.

“Cuando Dilma cae en las encuestas, la bolsa sube”, tituló –en consonancia con la posición de los mercados– la revista ultraliberal y opositora Veja, en su edición del 2 de abril.

En una reveladora entrevista con la agencia financiera Bloomberg, Luiz Carvalho,­ gerente del fondo de inversiones Hegde Tree Capital LLC, con sede en Nueva York, afirmó que una mala actuación de “Neymar y Cía.” sería mejor para el sector financiero, porque afectaría la imagen de Rousseff.

“Con un mal desempeño en el Mundial, habrá mayores chances de tener un nuevo presidente”, añadió Carvalho.

En las ciudades brasileñas la clase media se sumó al pesimismo exhibido por las protestas y en la víspera no se notaba que en el país del futbol fuera a celebrarse un Mundial.

En un artículo publicado en mayo pasado en el portal de la revista electrónica Carta Maior, Marco Aurelio García, asesor especial en Asuntos Internacionales de la Presidencia, afirmó que Brasil estaba “bajo ataque de la especulación internacional” y que los sectores financieros pugnaban por un regreso, de la mano de Neves, al neoliberalismo en la mayor economía latinoamericana.

Ante las críticas de los medios de comunicación por las deficiencias en la organización del Mundial y por la “mala” gestión del gobierno de Rousseff, el expresidente Lula desempolvó la idea de reformar la ley de prensa para evitar monopolios y lanzó una frase: “El pueblo sabrá diferenciar entre los resultados del Mundial y la campaña electoral que viene. Habrá que mirar hacia adelante, no para atrás”.

“La batalla de las palabras”

Analistas políticos consultados por Proceso expresaron opiniones encontradas sobre cómo el Mundial puede repercutir en la elección presidencial.

“Si la selección de Brasil gana, Dilma será reelegida. Si pierde de fea manera, la mandataria puede perder las elecciones”, dice a Proceso Favio Kancuck, profesor de Macroeconomía de la Universidad de Sao Paulo.

Kancuck considera que la mejoría económica experimentada por las clases bajas durante los gobiernos de Lula y de Rousseff se ha convertido en una amenaza para la reelección de esta última.

Explica: “Antes en Brasil se demandaba comida y ropa. Ahora la demanda popular es por la calidad de los servicios públicos y la mejor educación posible. Ello se debe a que la población tiene más empleo y mejores salarios y quiere ver rápido el cambio en su calidad de vida”.

Y señala algunas “contradicciones” en el “modelo social-desarrollista” de los recientes gobiernos. Una de ellas: la economía está creciendo por debajo del empleo y los salarios.

El gobierno señala que el Mundial tuvo un costo global de 11 mil 500 millones de dólares, aportados tanto por inversión pública como privada. De dicha cantidad, la mitad se utilizó para construir los estadios de futbol.

El encuestador Marcos Coimbra, de la consultora Vox Populi, considera que “el gobierno perdió la batalla de las palabras” para defenderse de las protestas y de las “mentiras” de quienes propalaron que el Mundial quitó dinero a los servicios de salud y educación.

“Todas las encuestas muestran que la población tiene una actitud negativa ante el Mundial. Esperamos que eso se revierta con el inicio del certamen”, dice Coimbra.

Rousseff ha rechazado las críticas con una frase que repite continuamente: “La FIFA no se llevará los aeropuertos nuevos ni la obras de infraestructura cuando se termine el Mundial”.

La irritación popular se debe en parte a un hecho: la Ley General del Mundial exenta a la FIFA del pago de impuestos sobre las ganancias de la Copa del Mundo. Dicha irritación es además capitalizada por sindicatos –como los de policía, conductores de autobuses y trabajadores del metro– que aprovechan el Mundial para reclamar mejores salarios.

“Todos son responsables, pero la responsabilidad mayor es del gobierno federal”, dice Coimbra, quien recuerda que cuando Neves y Campos eran gobernadores de Minas Gerais y Pernambuco, respectivamente, lucharon para que las capitales de sus estados –Belo Horizonte y Recife– fueran subsedes del Mundial tras de que el país fue elegido en 2007 para organizar la Copa.

Coimbra cree que sólo una tragedia vinculada al Mundial –un fracaso estrepitoso de la selección, por ejemplo– tendría impacto electoral. Recuerda que a lo largo de la historia de Brasil el futbol estuvo siempre vinculado a la política, pero nunca definió elecciones presidenciales.

En 1950, después de la tragedia del maracanazo, el presidente Eurico Gaspar Dutra vio cómo su candidato, Cristiano Machado, perdió ante el caudillo Getulio Vargas, quien era favorito antes de saberse el resultado de la Copa del Mundo.

Tras el regreso de la democracia en 1985, se registran diversas combinaciones: en 1994 Brasil fue campeón en Estados Unidos. En ese año fue electo presidente Fernando Henrique Cardoso, ministro de Economía del presidente saliente, Itamar Franco, creador del Plan Real que le dio estabilidad a la moneda.

En 1998 Brasil perdió la final en Francia ante la selección local, pero Cardoso no tuvo problemas en reelegirse luego de reformar la Constitución y a pesar de que su popularidad en esa época era menor que la de Rousseff en estas fechas.

En 2002, el candidato oficialista José Serra perdió las elecciones ante Lula, tres meses después de que el técnico Luiz Felipe Scolari logró para Brasil el pentacampeonato en el Mundial Corea-Japón.

La convergencia aritmética entre Mundial y elecciones se aleja en 2006, cuando en Alemania Brasil fue eliminado en cuartos de final por Francia. Sin embargo, en ese año Lula fue reelegido.

En 2010, en Sudáfrica, la selección tuvo una pésima participación. Fue eliminada por Holanda en cuartos de final. A la población no pareció importarle. La mayoría votó a favor de Rousseff, la candidata de Lula.

Claudio Couto, experto en ciencia política y profesor de la Fundación Getulio Vargas de Sao Paulo, ofrece a Proceso una “evaluación temporal”: el elector no vinculará la elección con el resultado del Mundial.

“No es ninguna novedad que los medios de comunicación que pintan un clima de cataclismo son opositores al PT y eso lo saben todos. Hay problemas en la balanza de pagos, pero en general la economía marcha con empleo y salario y no con el clima tan negativo que se plantea en los medios”, afirma.

Señala, sin embargo, que cualquiera que sea el candidato ganador, debe encarar “la gran deuda de la clase política”: llevar a cabo una reforma política y establecer normas para regular el financiamiento de las campañas electorales, demandas ambas que han sido enarboladas por los manifestantes en las movilizaciones realizadas en junio de 2013 y que han reaparecido en semanas previas al arranque del Mundial.