Una debilidad típica de nuestros políticos es la que retrata nuestro refrán ranchero: ser candil de la calle y oscuridad en su casa. Es probable que la padezcan también los políticos de otros países, pero cuando los nuestros salen a paseo y los ponen ante el micrófono no les falla el numerito. Presumen de cosas nuestras que no existen o que de plano son dictadas desde su fantasía; pintan cuadros paradisíacos que no se corresponden con lo que aquí trajinamos. No es que padezcan esquizofrenia o que sufran desarreglos funcionales. Es que son candil de la calle, nada más.
Hay muchos ejemplos concretos de semejante dislexia política. Podrían llenarse volúmenes con las bitácoras de los viajes de nuestros mandarines. Cuando Vicente Fox anduvo de errabundo le acumularon los medios críticos tal cantidad de dislates y mentiras que terminamos perdiendo la cuenta. Pero Vicente fue sólo el extremo de una tendencia común de los gobernantes en turno, puestos en ejercicio diplomático. La razón de tal comportamiento es obvia. No se dirigen con veracidad a la masa que gobiernan. Lo embustero se les vuelve hábito. Por tanto, tampoco se conducen con verdad en los auditorios de otras latitudes. Hablar con la verdad es asignatura que no aprueban.
La rebeldía chiapaneca, con las banderas del EZLN, estalló en enero de 1994. En febrero de ese mismo año Carlos Salinas acudió a Davos, Suiza, a rendir cuentas de su ejercicio gerencial del país ante los hombres del dinero mundial. La pregunta obvia de los magnates del mundo apuntó directa a la violencia que vivía el país en ese momento por la insurgencia indígena. Como buen político mexicano, se encandiló y le ganó lo embustero: “Esa violencia, de la que vuestras señorías habláis, es mínima. Y está focalizada. La tenemos circunscrita sólo a cuatro municipios de Chiapas”.
Habiendo 3 mil municipios, que la violencia se sufriera sólo en cuatro, resultaba anodino o inocuo. El fondo del cuestionamiento buscaba hacer ver que las bondades proyectadas con la aplicación del Tratado de Libre Comercio recién signado no sufrirían traspié alguno. No dudaban los magnates de poder venir al país de manera libre y expedita y dedicarse a saquear nuestros recursos, como lo planeaban y como lo están haciendo. Pero, de manera oficiosa, le daban el micrófono al gerente en turno para que dijera algo al respecto, pues la presencia de una guerrilla indígena hacía ruido mediático.
La respuesta de Salinas fue exculpatoria, o aclaratoria, como se quiera ver. La directriz de anexarse el país había sido dictada y no la iba a detener una explosión de ira de los colonizados, por muy extensa que fuera. Le encendieron las candilejas a Salinas para que se luciera y él se pintó a sí mismo como el procónsul que estaba entregando el país de acuerdo al dictamen recibido desde el centro imperial. Le pusieron su estrellita en la frente y se quedó tan insuflado que todavía no baja de esa nube.
Como Enrique Peña Nieto es una réplica calcada del tal Salinas, tarde se le había hecho para salir con una similar batea de babas. El momento se le presentó propicio en este último viaje a Europa, tan desangelado por cierto. El antecedente próximo también fue su visita anterior a Davos en febrero de este año, cuando llevaba el portafolio repleto de obsequios energéticos para los tiburones financieros internacionales. Los señorones no quisieron ni oírlo. Le cuestionaron la violencia desatada en Michoacán y le cortaron su entusiasmo. Peña Nieto sólo agachó las orejas y salió del recinto sin hacer ruido.
Ya aprendida la lección, hace una semana reabrió en España el expediente y dijo casi lo mismo que Salinas. El problema de la violencia en México no ha desaparecido, pero sí ha sido reducido sustancialmente. Está focalizada en tres estados: Michoacán, Guerrero y Tamaulipas. Palabras más, palabras menos, así atronó su discurso en el extranjero, sin que le preocupara un bledo si su narrativa se corresponde con la realidad que padecemos. Fue su tapiz de México, extendido ante su audiencia, un cuadro fantasioso, acartonado, recortado al gusto del comensal; ajeno al que nosotros conocemos. Maravilloso para quienes no lo conocen, extraño a los propios.
Hace apenas unos días, aquí en casa, la Sedesol estableció en sus informes internos que mantiene cuatro entidades con focos rojos, pues sus trabajadores y gente ligada a la institución han sufrido en ellos agresiones y secuestros. Estas entidades son Guerrero y Tamaulipas, otra vez, pero también Chiapas y Chihuahua. A Peña Nieto no le pasan las tarjetas a tiempo o se las pasan recortadas de información. Cinco estados de un universo de 32 ya no aparecen como focalización eficiente. La proporción que su maestro Salinas estableció (cuatro de 3 mil) le queda muy lejana.
Pero hay que decir de estos cuadros que son meras cifras oficiales. En la calle nos enteramos de que la violencia opera de forma distinta a la pintada por los candiles callejeros. En Guerrero destapan fosas con más de una docena de cuerpos. En Sinaloa, 15 cuerpos en una camioneta. En Jalisco se reporta el homicidio de ocho jovencitos. Se ubica la tragedia en Encarnación de Díaz, municipio colindante con Aguascalientes y Guanajuato; no están claros todavía los motivos del hecho. Es tan grave que aparecen involucrados hasta menores de edad. ¿Aparece completa la lista de estados violentos presentada por Peña Nieto a los comensales españoles?
Peña Nieto enfoca su candil callejero sólo a los números que arroja la violencia multitudinaria. Es de la que presume haber podido constreñir y circunscribir a tres estados. Pero ni en esto acierta, pues la realidad lo desmiente al exhibir esta llaga viva en siete o más estados. Si le quitamos esta cejilla artificial establecida a su discurso para que gozara de alguna credibilidad, simplemente se le desbarra y pierde la validez buscada. Los homicidios solitarios o en parejas se registran cotidianamente en todo el país; los secuestros y las desapariciones son el pan de cada día; los feminicidios, la exclusión social, la marginación, el abandono, las traiciones, las muertes por el bullying escolar y demás, todas las formas posibles de violencia social, atizada o tolerada desde el poder, conforman el rostro presente descompuesto del país.
Es imposible suponer que tantas miserias domésticas puedan ser alumbradas y mucho menos corregidas con candiles callejeros. Lo único que nos queda claro es que vivimos en casa el dominio de una profunda oscuridad. Y que ya es necesario entonces que pongamos fin a tantas tinieblas domésticas, antes de que sea demasiado tarde.








