Kati Horna regresa a París

El Museo del Jeu de Paume de la capital francesa, que por años albergó la gran colección impresionista que se expone en el Museo D’Orsay, se ha convertido desde 2004 en la catedral de la fotografía contemporánea. De ahí que a partir del martes 3 abrió la primera retrospectiva de Kati Horna, húngara de nacimiento y exiliada en México, donde vivió 60 años. Hablan de la muestra la directora del recinto, Marta Gili, los curadores mexicanos Ángeles Alonso Espinosa y José Antonio Rodríguez, así como la hija de la fotógrafa, Norah, quien puso a su disposición el archivo fotográfico del cual se extrajeron 150 imágenes, 70% inéditas.

PARÍS, Francia.- Ocho décadas después de su primera estadía, Kati Horna «vuelve» a la Ciudad Luz. Y lo hace en grande con una amplia retrospectiva de su obra fotográfica –la primera en Europa– inaugurada el pasado 2 de junio en el Museo del Jeu de Paume.

“Me honra rendir homenaje a esa fotógrafa mexicana de adopción y húngara de nacimiento todavía desconocida en Europa –confia a la reportera  Marta Gili, dinamica directora del Jeu de Paume–. Kati Horna merece realmente   ese reconocimiento internacional tanto por su aporte muy personal al fotoperiodismo como por sus creaciones artísticas vanguardistas o su talento de  cronista de la sociedad mexicana de los años cincuenta y sesenta.”

Y agrega:

“Descubrí a Kati Horna visitando una exposición de sus fotos de la Guerra Civil Española en la Universidad de Salamanca en 1992. Me llamaron profundamente la atención sus imagenes porque eran muy distintas de las de Robert Capa, Gerda Taro o Agustí Centelles que documentaron la violencia y la crudeza de la guerra sumergiéndose en los combates.

“Kati Horna en cambio se alejó de ese registro cruento para contar la cotidianeidad de la guerra recurriendo al foto-collage, al fotomontaje o a la superposición de negativos. Sus fotos evocaban la guerra, nunca la mostraban tal y cual. No había un solo cadáver en las imágenes de Kati Horna, pero sí  personas que huían de los bombardeos, mujeres con rostros agotados y dignos, niños jugando en las ruinas.”

Según cuenta Marta Gili estas fotos quedaron grabadas en su memoria. Y fue por eso que, 20 años después, aceptó con entusiasmo la propuesta del Museo Amparo de la ciudad mexicana de Puebla para compartir la producción de la  retrospectiva de seis décadas de trabajos fotográficos de Horna, que el recinto albergó desde principios de diciembre de 2013 hasta el fin del pasado  mes de abril. Recalca:

“Desde el año 2004 el Museo del Jeu de Paume se dedica exclusivamente a la fotografía contemporánea, al arte video y al cine experimental. Su misión es poner en tensión la fotografía del siglo XX con trabajos artísticos del siglo XXI realizados a partir de la imagen. Kati Horna tenía que estar presente en el Jeu de Paume por su propio talento, y también por el hecho de ser mujer fotógrafa. Hoy todavía seguimos teniendo que dar la lucha para que las artistas, y no sólo las fotógrafas, tengan realmente visibilidad.”

Armar esa retrospectiva fue toda una aventura para sus dos curadores, ambos mexicanos: Ángeles Alonso Espinosa y José Antonio Rodríguez.

“Norah Horna y Fernández, hija de la fotógrafa, nos abrió las puertas del archivo privado de Fotografia y Gráfica Kati y José Horna –explica aún emocionado Rodríguez–. Revisé cerca de veinte mil negativos y más de tres mil impresiones. Sospechábamos que la riqueza visual de Kati Horna era muy grande, pero lo que vinimos a conocer rebasó nuestras espectativas. Fue a la vez difícil y apasionante seleccionar las ciento cincuenta fotos que presentamos en Puebla y ahora en París y de las cuales más de 70% son totalmente inéditas.”

La exposición, que cuenta con una escenografia muy sobria –muros blancos, luz matizada y salas entrelazadas en una suerte de laberinto–, sigue un orden cronológico y empieza con fotos tomadas por Horna en Budapest en 1933.

La artista se llamaba entonces Katalin Deutsch Blau, pertenecía a una acomodada familia judía, y a pesar de sus escasos 21 años ya había recorrido bastante camino. Junto con sus amigos Endre Erno Friedman –que se impuso como figura clave del fotoperiodismo del siglo XX bajo el pseudónimo de Robert Capa– y Emerico Chiki Weisz –también destacado fotógrafo que se exilió en Mexico y se casó con Leonora Carrington–, Kati Horna había integrado el Movimiento Activista Húngaro animado por Lajos Kassak, pensador, poeta y pintor que consideraba la fotografía como un “instrumento poderoso” capaz de dar cuenta de los problemas sociales y de participar en la transformación de la sociedad”. Kati nunca olvidó las lecciones de su maestro.

Luego había pasado tres años en Berlín, de 1930 a 1933, donde se había vinculado con el colectivo Bertold Brecht y con integrantes del Bauhaus.

Esa estadía en la capital alemana en la cual se estaba elaborando el concepto moderno del periodismo gráfico, resultó determinante para ella. Fue en el Bauhaus que descubrió las posibilidades técnicas que ofrecían las nuevas cámaras. Con el filo del tiempo logró trabajar con la renombrada Agence Dephot, que exigía de sus fotógrafos  un interés prioritario por lo cotidiano y  una búsqueda incesante de enfoques distintos de la realidad.

Con la llegada de Hitler al poder y el inicio de las persecuciones contra los judíos, Kati Horna había tenido que huir de Berlín y regresó a Budapest.

“Fue el principio de seis años de andanzas caóticas por esa Europa sacudida por las convulsiones que precedieron la Segunda Guerra Mundial”, comenta José Antonio Rodríguez.

En una de las paredes de la muestra se puede leer una confidencia de la fotógrafa:

“Huí de Hungría, huí de Berlín, huí de París, dejé todo en Barcelona… cuando cayó Barcelona no pude regresar por mis cosas, otra vez perdí todo. Llegué a un quinto país, México, con mi Rolleiflex colgada, no pude traer nada.”

De las fotos que alcanzó a tomar durante los cuatro meses que pasó en  Budapest de regreso de Berlín y antes de huir a Francia, emanan una tristeza profunda y una angustia sorda: niños frágiles y solitarios retratados de espalda miran la orilla del río, una mujer pobremente vestida yace en un banco en la calle escondiendo el rostro con un brazo, anclas alineadas en una orilla desierta del Danubio lucen extrañas, casi amenazantes.

Kati Horna aprovechó también estos cuatro meses en su ciudad natal para tomar clases intensivas de fotografía con Jozsef Pécsi, destacado retratista húngaro y renombrado precursor de la fotografía publicitaria. Luego, en septiembre de 1933, se fue a París.

Individualismo, no surrealismo

Denso era el ambiente de la Ciudad Luz  a la que que llegaban cada vez más emigrantes perseguidos por el nazismo. El surrealismo seguía impregnando la vida cultural de la capital francesa y Man Ray revolucionaba la fotografía artística. Kati Horna se lanzó muy pronto a la realización de fotoreportajes para la agencia Lutetia-Press.

Dos de ellos se exhiben en el Jeu de Paume. En el primero –El Mercado de las Pulgas–, publicado el mismo año de 1933, resalta la influencia surrealista. Es obvio que la fotógrafa se paseó durante horas entre objetos heteróclitos amontonados en la banqueta  y se nota su fascinación por la poesía  incongruente de su acumulación. En sus fotos tan minuciosamente construidas, muebles, candelabros, retratos de famila, espejos, juguetes deteriorados, maniquíes, sillas rotas, alfombras desgastadas no parecen codearse por   casualidad sino por intervención del azar objetivo de André Breton.

En la segunda –Los cafés de París–, publicada en 1934, prevalecen el humor y lo insólito.

“Kati Horna concebía estos fotoreportajes como cuentos visuales. Más tarde en Mexico, cuando colaboró con la revista S.nob, retomó ese concepto y realizó otros espléndidos cuentos visuales”, recuerda Ángeles Alonso.

Paralelamente a estos trabajos por encargo, Kati Horna seguía trabajando en su obra personal. Una serie de fotos de muñecas antiguas –de sus rostros con la mirada fija o de sus cuerpos dislocados–resulta particularmente dramática, al igual que una foto de dos máscaras lívidas del teatro Noh japonés.

Explica Ángeles Alonso Espinosa:

“Es en París que surgen las muñecas y las máscaras en el universo fotografico de Kati Horna.  A lo largo  de toda su vida artística las seguirá  integrando a su obra, usándolas como metáforas. En las fotos tomadas en París se ven inquietantes, simbolizan un mundo al borde del abismo, son como el presentimiento  de la deshumanización que está a punto de acarrear la guerra.”

Entre las fotos tomadas en esa misma época, destaca una que Angeles Alonso califica de «autoreferencial». Es muy sencilla: en primer plano aparece un bulto de recibos del Monte de Piedad sobre un fondo negro. Destaca uno en el que se menciona una cámara fotográfica Rolleiflex, un objetivo Carl Zeiss y un estuche de cuero sin llave. Al lado del recibo yacen un monedero abierto y vacío y una máscara en la que están dibujadas lágrimas.

Esa confesión púdica de los tiempos duros que pasó Katy Horna en el París de los años treinta es un perfecto cuadro surrealista.

Enfatiza José Antonio Rodríguez:

“Se suele ver a Kati Horna como una integrante del movimiento surrealista. Pero ella negaba esa pertenecencia. En una larga entrevista  televisada con Emilio Cárdenas Elorduy realizada en 1993, insistió en que no había conocido a André Breton cuando estaba viviendo en París y que no le  había interesado en lo más mínimo reunirse a discutir con los surrealistas en los cafés. Recalcó que era muy individualista. Sólo admitió haber tenido afinidades profundas con Leonora Carrnigton y Remedios Varo, sus entrañables amigas pintoras surrealistas. También reconoció que había leído y apreciado toda la obra de Breton. Pero si bien es cierto que nunca integró el grupo de los surrealistas, es imposible negar la importancia de los trazos surrealistas que  abundan en toda su obra.”

Visión propia de la

guerra española

En 1937 la vida personal y profesional de Kati Horna  dio un nuevo giro. Contactada por el Comite de Propaganda Exterior de la Confederación Nacional del Trabajo de la Federación Anarquista Ibérica, salio a España, junto con Robert Capa y Chiki Weisz, para documentar la Guerra Civil.

Estuvo en el Frente de Aragón, donde pasó semanas registrando la vida de la población y fotografiando con una atención muy particular a niños y ancianos. Viajó y trabajó después en Madrid y se regresó a Valencia. Al igual que Capa,   Centenelles estuvo en la terrible batalla de Teruel y acabó viviendo en Barcelona donde se casó en 1938 con el anarquista andaluz José Horna. Ese talentoso dibujante colaboraba con la revista Umbral, en la que Kati Horna publicaba sus fotoreportajes. La fotógrafa también estuvo trabajando con las revistas Tierra y Libertad, Libre-Studio, Tiempos Nuevos y Mujeres Libres.

La restrospectiva del Jeu de Paume dedica un amplio espacio a estas fotos de la Guerra Civil Española que tanto habían llamado la atención de Marta Gili en 1992 y que rompen con la iconografía de ese cruento acontecimiento.

Recalca José Antonio Rodríguez:

“Kati Horna admiraba a Henri Cartier-Bresson. Conocía y respetaba su culto por el ‘instante preciso’ . Sabía que rechazaba toda manipulación y toda esceneficación fotográfica. Pero ella hacía todo  lo contrario: manipulaba, escenificaba, tomaba un negativo y lo imprimia al revés, recortaba fotos, las pegaba y hacia fotomontajes atrevidos, jugaba con superposición de negativos. Era una fotografa libre. Y asi documentó la Guerra Civil Española.”

Precisa Ángeles Alonso:

“Kati Horna se consideraba como una obrera de la fotografía y no como una artista. Le importaba el trabajo manual de foto-collage, de fotomontaje. En Mexico pasaba mucho tiempo en su cámara oscura realizando sus propias impresiones, recuadrando sus fotos, interviniendo en ellas siempre.”

Esa densa labor “artesanal” y su manera muy peculiar de escenificar las  fotos que tomó durante la conflagración española, dan una visión distinta, profundamente humana, y a veces casi alucinada de esa tragedia.

Cuando convivía con los combatientes en el frente, Kati Horna los fotografiaba descansando, leyendo cartas y periódicos, afeitándose o escribiendo, robando unos instantes de vida a la muerte que siempre estaba al acecho. Después de caminar por las calles de ciudades bombardeadas regresaba  a su estudio y entremezclaba la imagen de un niño mendigando con otras de un viejo muro de piedra cubierto por carteles de propaganda, o jugaba con la superposición de un rostro de una anciana agobiada y de un edificio en ruinas.

En marzo de 1938 Horna seguía viviendo en Barcelona cuando empezaron los bombardeos a la ciudad. Un año después la situación se tornó tan peligrosa que Kati y José Horna decidieron regresar a Francia. José fue arrestado por las autoridades galas en los Pirineos y detenido en un campo de concentración. Kati movió cielo y tierra para lograr su liberación.

De regreso a París volvió a trabajar con la agencia Lutetia-Press y siguió con su propia creación artística. Fue en sus últimos días en París que Horna realizó una serie fotográfica desencantada bajo el título Todo se va al cesto, que recién llegada a Mexico publicó en la revista Todo,  con el título de Asi se va otro año.

Ese cuento visual consta de cinco fotos: en la primera se ve un cesto de papeles vacío; en la segunda una lluvia de billetes de banco españoles cae en el cesto; en la tercera, la paloma de la paz y su ramo de olivo van a dar a la basura, mientras que en la cuarta toca el turno a una rosa y a un libro medio destrozado (en una página del libro se lee la palabra IDEAL escrita arriba de un gran corazón negro); en la última el cesto está vacío y una escoba va barriendo el libro, la rosa, bultitos de papeles. En la revista Todo, Kati Horna agregó un sexto fotomontaje sin cesto de basura pero con pasaportes de la República Española, papeles admistrativos y un mapa de Europa.

Fue con esa metáfora fotográfica amarga que se despidió del viejo continente y se abrió paso en México.

México, tierra de asilo

Llegar a su nueva tierra de asilo fue difícil. El 17 de octubre de 1939 Kati y José Horna se embarcaron en el puerto normando de Le Havre en el De Grasse. Llegaron a Nueva York pero les faltaba dinero para seguir su viaje hacia México. Cooperaron para los boletos sus compañeros de viaje y los dos exilados pudieron  abordar un barco que los llevó a Veracruz. Kati Horna viajó con una falsa identidad española.

Al poco tiempo de haber llegado a la capital mexicana, Kati y José Horna se instalaron en una modesta casa ubicada en el numero 198 de la calle Tabasco. Y allí siguió viviendo la fotógrafa hasta su muerte el 19 de octubre del 2000.

“Estaba muy apegada a su casa y a su jardin en el que había construido una hermosa fuente. Necesitaba ver agua. La desconcertaba una ciudad sin río –comenta Ángeles Alonso–. Después de tantas andanzas y de tantas huidas echó anclas en la calle Tabasco y nunca quiso mudarse.”

El el elegante catálogo de la muestra –con una rica iconografía y textos de críticos e historiadores del arte de Hungría, Francia, España y México–, Ángeles Alonso subraya la importancia de  esa mítica vivienda. Escribe:

“En 1942 llegaron a instalarse en México Remedios Varo, Benjamin Péret, Emerico Chiki Weisz, y luego Leonora Carrington con su primer marido, Renato Leduc. Este grupo se convirtió en el más cercano de amigos de los Horna, su familia en el exilio.

“A partir de esa época la casa de la colonia Roma se convertirá en un centro de reunión de los refugiados europeos a los que se añadirán Gunter Gerzso, Wolfang Paalen, Alice Rahon, Eva Sulzer, Edward James y Mathias Goeritz. Insoslayables de la vanguardia artística e intelectual de México como Octavio Paz, Salvador Elizondo, Antonio Souza, Ida Rodríguez Prampolini, Angela Gurría, Inés Amor, Pedro Friedeberg y Fernando García Ponce, quienes se irían integrando a ese grupo heterogéneo.”

Resulta difícil resumir la densa actividad de Kati Horna en sus 60 años de vida en México, reconocen los dos curadores de la muestra. La fotógrafa colaboró con  numerosas revistas, entre ellas Todo, Estampa, Nosotros, la Revista de la Universidad de México, Mujeres: Expresión Femenina, Tiempo, Mexico this Month, S.nob, Revista de Revistas y varias publicaciones dedicadas a la arquitectura.

La última parte de la restrospectiva refleja la versatilidad de los temas abordados por Kati Horna y el carácter polifacético de su talento.

Llaman la atención fotos de enfermos mentales tomadas en el asilo psiquiátrico de La Castañeda y publicadas en la revista Nosotros, en 1944, bajo el título de Loquibambia. En cada imagen resaltan la empatía de la fotógrafa con estos seres atormentados, el respeto que le inspiran y su deseo de rendirles un sobrio homenaje. José Antonio Rodríguez señala a la reportera un espléndido retrato de un hombre aún joven cuya mirada perdida es de una infinita dulzura, y  comenta:

“Era una de las fotos favoritas de Kati Horna. Siempre la tuvo en su recámara.”

Las imágenes de los insólitos cuentos visuales que Kati Horna publicó en la efímera revista S.nob también resultan sumamente atractivas.

“Dirigida por Salvador Elizondo, S.nob fue sin duda, en su época, la  publicación más irreverente, atrevida e innovadora de toda América Latina.  Contaba con un equipo de colaboradores increíbles: Tomás Segovia, Jorge Ibargüengoitia, Emilio García Riera, Jomi García Ascot, Alberto Gironella, José Luis Cuevas, Leonora Carrington. La lista dista de ser exhaustiva. S.nob sacó  textos de Fernando Arrabal, Alvaro Mutis, Alejandro Jodorowski, entre otros… Sólo se publicaron  siete numeros de S.nob, de junio a octubre de 1962”, resalta Ángeles Alonso.

Horna estaba encargada de la sección Fetiches, para la cual imaginó  series fotográficas cuyos títulos como Oda a la necrofilia o Paraísos artificiales eran tan iconoclastas como las fotos que las integraban.

“S.nob era mi felicidad (…) No sé cuánto me divertí, pero con la facilidad que me dio Salvador Elizondo y el equipo, y Juan García Ponce, de mí salió mucha creatividad”, confió a Emilio Cárdenas Elorduy.

“Con las series que publicó en S.nob Kati Horna creó una especie de performances visuales”, comenta Rodríguez mientras mira imágenes de Remedios Varo vestida de negro acercándose en forma trágica y sensual a un personaje yaciendo en una cama y sólo simbolizado por una máscara mortuaria.

“Es sumamente interesante esa mezcla de dolor y erotismo –dice Rodrígues–. Se trata de un erotismo desolado ya que esa mujer venera una imagen vacía. Eros y Tanatos aparecen y desaparecen.”

Tanto en el catálogo de la muestra como en la plática con la reportera, el curador insiste sobre los largos años que Kati Horna dedicó a la enseñanza de la fotografía. Su carrera empezó en 1958, cuando su gran amigo Mathias Goeritz  la invitó a encargarse de los cursos de fotografía en la Escuela de Diseño de la Universidad Iberoamericana que el escultor acababa de crear. A partir de esa fecha se asumió como maestra de fotografía. De 1965 a 1968 se desempeñó como tal en la Escuela de Diseño y Artesanías, y de 1973 al 2000 dirigió el Taller de Fotografía de la Antigua Academia de San Carlos.

 Cuenta Rodríguez:

“Todos sus alumnos en la Academia tenían que pasar por un primer ejercicio: deslizarse por los espacios de la escuela, por los interiores, por la azotea, únicamente viendo a través del visor de la cámara de formato medio. No con sus ojos sino ayudándose con el encuadre de visión superior del aparato. Y al momento del disparo había que retener la imagen, como decía, dejar fluir la emoción, el descubrimiento y la sorpresa visual. Ese momento había que retenerlo en la mente, a eso le llamaba ella ‘desarrollar la memoria visual’, me  confió Estanislao Ortiz, uno de sus principales y últimos alumnos.”

En un precioso texto sobre su madre publicado también en el catálogo de la muestra, Norah Horna y Fernández subraya a su vez la importancia de la enseñanza en la vida de Horna, y de igual forma cita a Estanislao Ortiz:

“La ensenañza de Kati Horna partía del principio fundamental, a menudo olvidado por los artistas plásticos: la fotografía debería reflejar lo que se es interiormente, tendría que existir un vínculo entre el creador y su obra. Esto significaba, por ejemplo, no especular con la producción, y no producir pensando en complacer al mercado, la crítica o el séquito. En un momento histórico en que los seres humanos reservan para sí mismos lo que son, o son los que los otros quieren que sean, la exhortación de Kati Horna parecía abstracta, incluso utópica. No lo era, sencillamente nos estaba diciendo que la fotografía, desde su visión, es un medio para enfrentar la vida y conocerse a sí mismo.”

Norah refiere una anécdota que lo dice todo sobre la personalidad  de su madre:

“Un día me mostró emocionada y sonriente una frase que había descubierto en un taxi y me dijo que pensaba hacer un cartel y colgarlo en las paredes del taller de San Carlos, para darle su identidad, de un tamaño que siempre al entrar sus alumnos lo pudiesen observar: ‘En este lugar estamos trabajando duro. No traiga desaliento, falta de fe, incompetencia, pereza, rencores, chismes, recelos, amarguras diversas. Sea amable: ¡no rompa los nervios¡’”