Recetas para ser rey

Hace 30 años Juan Carlos de Borbón mantuvo un intercambio epistolar con su entonces adolescente hijo Felipe, quien estudiaba en Canadá. En sus cartas –publicadas en 2008 por José García Abad– el ahora abdicante monarca ya preparaba a su vástago para la sucesión, que ocurrirá este mismo mes. Fueron varias misivas llenas de reflexiones y consejos, como aquella en la cual le sugería mostrarse siempre “animoso, aunque estés cansado; amable, aunque no te apetezca; atento, aunque carezcas de interés; servicial, aunque te cueste trabajo”.

MADRID.- El lunes 2, tras 39 años de reinado, cuando el rey Juan Carlos de Borbón anunció su abdicación a la corona española en favor de su hijo, el príncipe Felipe, dijo que éste “encarna la estabilidad que es seña de identidad de la institución monárquica” y “tiene la preparación, la madurez y el sentido de la responsabilidad necesarios para asumir con plenas garantías la jefatura del Estado y abrir una nueva etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación”.

Por estas fechas también se cumplen 30 años del intercambio epistolar que Juan Carlos y Felipe de Borbón mantuvieron durante la estancia del príncipe en la canadiense Lakefield College School; cartas en las cuales el padre le revela al hijo los entresijos de la monarquía y el know how para ser rey.

Son 10 cartas en las cuales Juan Carlos le comparte sus reflexiones sobre temas como la democracia, la monarquía, la política, le indica que debe mostrarse cercano a la gente y cuenta cómo enfrentó la adversidad. “Acostúmbrate a mirar siempre a los ojos”, “no te canses jamás de ser amable con los que te rodean”, “muestra interés aunque no lo sientas”, “el rey ha de estar con todos los partidos y con ninguno en particular”, “quiero reconocer mis faltas para evitarte a ti caer en ellas”, “los escándalos serán en ti más escandalosos”.

En un tono íntimo y cercano –que no puede permitirse en comparecencias públicas–, el monarca le confiesa a su hijo, en una carta fechada el 27 de septiembre de 1984:

“De mí puedo decirte que he tenido en mi vida momentos muy delicados, llenos de incertidumbre, en los que he debido soportar desaires y desprecios, incomprensiones y disgustos que tú, gracias a Dios, no has conocido. Pero precisamente esas circunstancias de prueba, que hay que soportar con la sonrisa en los labios, devolviendo amabilidades por groserías y perdonando para ser perdonado, me han permitido madurar, endurecerme y recibir lecciones necesarias para que ahora pueda mirar atrás con orgullo y con satisfacción”.

Las cartas fueron publicadas en 2008 por José García Abad en su libro El príncipe y el rey (ediciones El Siglo) y provocaron el disgusto de la Casa Real, la cual no había autorizado su divulgación; no obstante el autor apeló a su derecho a informar temas de interés público, por tratarse del monarca y del heredero de la corona y de la jefatura de Estado.

Sin embargo, las epístolas –que el futuro rey Felipe VI denominó “cartas institucionales”– fueron escritas por Juan Carlos de Borbón en otro contexto, entre el 5 de septiembre de 1984 y el 6 de junio de 1985, tres años después del intento del golpe militar –23-F–, episodio que tras la abdicación fue valorado profusamente por políticos y medios como una de las contribuciones del monarca a la estabilidad democrática.

La carta fechada el 26 de febrero de 1985 tiene relevancia por el convulso momento actual que vive España y por la cadena de escándalos en medio de los cuales Juan Carlos de Borbón abandona el reinado, entre sus viajes de caza por África, sus supuestas relaciones extramatrimoniales y el juicio por corrupción que implica a su yerno Iñaki Urdangarin y su hija, la infanta Cristina, entre otros.

En ella le advierte: “La confianza y el poder que al político conceden los votos de sus conciudadanos, han de ser obtenidos por el rey a base de dignidad, de personalidad, de observar en todo momento una conducta seria y ejemplar, de demostrar activa y constantemente que una institución tradicional como la monarquía ofrece indudables ventajas en la organización política de un país.

“Es conveniente que tú, a quien van a corresponder funciones fundamentales –y no siempre escritas y claramente definidas–, te compenetres bien en estos conceptos y reconozcas la necesidad de que tus conocimientos te permitan tener una participación importante en la actividad política del país. Una participación que ha de estar por encima de opciones políticas determinadas, de partidos y de grupos, pero que debe tener en cuenta todos los que existan en cada momento para apoyarlos en sus justos términos, pues su conjunto armonizado y acertadamente valorado constituye el sentimiento general del país.”

En este manual de “cómo ser rey”, le sugiere en la misma carta: “Ante el papel que has de desempeñar en el futuro, es imprescindible que conozcas perfectamente cuáles van a ser las condiciones en que vas a ejercerlo. Que te des cuenta de la situación en que vas a desenvolverte, de los principios que debes mantener a ultranza y de los criterios que no hay más remedio que abandonar porque ya fueron superados”.

Le explica: “La democracia significa, precisamente, que el pueblo participa de una u otra forma en el gobierno de la nación. Si la soberanía reside en el pueblo, ya no es el rey quien puede por sí solo disponer y gobernar a su libre albedrío, sino que se convierte en un servidor más –si bien sea más elevado– de ese pueblo al que en estos tiempos se ha traspasado aquella soberanía”.

Hace un amplio repaso en las diferencias entre los actuales monarcas “constitucionales o parlamentarios” de los reyes de la antigüedad, “que eran poco menos que propietarios de los territorios y de los súbditos que los ocupaban”.

Lo instruye: “Ya no es el señor absoluto cuyas simples decisiones producen efectos sino un servidor más del Estado y del pueblo, en quien reside la soberanía”.

Monarquía parlamentaria, dice, en la cual el rey “tiene menos potestas, pero puede alcanzar el máximo de auctoritas. De ahí la necesidad de que el rey se esfuerce en adquirir, mantener e incrementar esa auctoritas que le es indispensable. La dedicación del rey, su prestigio, la importancia de su alta magistratura, su formación, su entrega al servicio del pueblo, el ejercicio de su poder moderador, son los principales atributos con los que debe responder a sus obligaciones respecto de sus conciudadanos. El rey ha de percatarse de que no son los súbditos quienes deben servirle a él, sino él quien debe servir a sus súbditos”.

Magisterio real

En su libro, José García Abad documenta pasajes sobre la dedicación que Juan Carlos puso en la educación de su hijo, como durante el intento de golpe militar del 23 de febrero de 1981, cuando obligó al príncipe de 13 años a que lo acompañara toda la noche en su despacho del Palacio de Zarzuela, para que observara la operación política para desmontar la asonada militar.

“Espero Felipe –le dijo–, que estos acontecimientos que estamos viviendo te enseñarán que no siempre es fácil el oficio de rey.”

“‘Papá, ¿qué va a pasar?’, le preguntó el príncipe al comienzo de aquella larga noche. Y el rey recurrió a la imagen del balón de futbol que está en el aire y que no se sabe del lado que va a caer. ‘Pues ya ves, Felipe, con la corona es lo mismo. En estos momentos está en el aire y yo voy a hacer todo lo posible para que caiga del buen lado’”, describe García Abad, quien sostiene que el rey tuvo que despertar a Felipe hasta tres veces.

Su nacimiento, el 30 de enero de 1968, parece que decidió definitivamente al dictador Francisco Franco por Juan Carlos como sucesor del régimen a título de rey, explica el autor. En buena medida porque Franco pensaba que el heredero tenía que ser varón, por lo cual la infanta Elena, mayor unos años, no era la solución.

Felipe estudió en su infancia en el colegio Santa María de los Rosales, pero fue un niño sobreprotegido por la reina Sofía, sostiene, por lo cual el monarca instruyó al teniente coronel de infantería de marina José Antonio Alcina, para que encauzara a Felipe “por el buen camino, mostrándose más severo de lo que la familia era capaz”.

Este militar fue la sombra de Felipe desde los 10 años hasta sus estudios de posgrado en Georgetown en 1993. El 21 de enero de 1977, a los nueve años, había sido nombrado príncipe de Asturias.

Terminado el bachillerato en Los Rosales, Sabino Fernández Campos, jefe de la Casa del Rey, convenció a Juan Carlos de enviar a Felipe a Canadá a tomar un curso de orientación universitaria.

En esa época el rey envió periódicamente las cartas referidas. En la primera, fechada el 5 de septiembre de 1984, le explica que escribe “con el fin de transmitirte una serie de directrices y consignas que han de resultar de gran utilidad para ti en el futuro.

“La experiencia de mi edad y sobre todo la adquirida a través de los intensos años de mi reinado, junto con el papel que a ti te está reservado en el porvenir, hacen muy necesario que te formule una serie de reflexiones, que espero has de recibir con el natural interés que encierran el que procedan directamente de tu padre.”

En otra, fechada el 27 de septiembre, le explica la importancia y la conveniencia de haberlo separado de España para que aprendiera a desenvolverse y valorar las cosas. “Has tenido la suerte de nacer en el seno de una familia y dentro de una situación que suponen para ti innumerables ventajas. Eres el heredero de la Corona; estás llamado a los más altos destinos”. Le aclara que “la vida te ofrece más ventajas que inconvenientes y más satisfacciones que sinsabores”.

Prosigue: “No es esto lo que le sucede a la generalidad de las personas, que desde muy jóvenes han de luchar en la vida y enfrentarse con toda suerte de dificultades”.

Le inculca: “No te canses jamás de ser amable con cuantos te rodean y con todos aquellos con los que hayas de tener relación. Date cuenta del lugar que ocupas, pero respeta el lugar de los demás, sin despreciar a nadie ni pensar que tienen como única obligación la de servirte. Precisamente en ti es más importante que en nadie la obligación de servir a los más altos intereses de tu familia, de los españoles y de España”.

En otra carta, fechada el 17 de octubre de 1984, el rey le pide que se muestra siempre “animoso, aunque estés cansado; amable, aunque no te apetezca; atento, aunque carezcas de interés; servicial, aunque te cueste trabajo; entregado por completo a tu misión, aunque esto signifique privaciones y sacrificios”.

En la fechada el 3 de noviembre de 1984 le sugiere acostumbrarse a “mirar siempre cara a cara a las personas, fijando tus ojos en los suyos, prestándole atención y demostrando interés por su presencia, por lo que digan, por lo que hagan. En ocasiones es más difícil escuchar lo que los demás nos cuentan que contarles algo amable o interesante. No mires nunca con indiferencia (…) Y saluda en todas las circunstancias, muéstrate atento con cuantos tengan relación contigo”.

Le pide vencer la timidez y “si te causa molestia o te da pereza demostrar atención, vence tu incomodidad y realiza el esfuerzo; si juzgas que alguien, por ser inferior, no merece ser saludado, piensa que eres tú, al comportarte así, quien está poniendo de manifiesto una inferioridad.

“En ti todo se va a juzgar de manera especial, como a través de un cristal de aumento. Tus atenciones o amabilidad causarán impresiones profundas y duraderas, que serán objeto de comentarios y recuerdos. Tus lapsus o tus faltas tampoco se olvidarán e irán creando una fama poco deseable.”

En una carta más, el 18 de noviembre, le habla de la importancia de cursar estudios militares, como sucedió a su regreso al cumplir los 18 años, incorporándose a los cuerpos de aire, mar y tierra, pese a la oposición del ministro de Defensa, Narcís Serra.

“La vida militar exige sacrificio, que constituye una gran lección para la conducta del hombre”, le escribe. Y agrega que “en tu experiencia militar has de impregnarte también del concepto de la disciplina” y con “el convencimiento de la alta misión que corresponde a las fuerzas armadas como defensoras de la unidad de España y del orden constitucional.”

Y en la siguiente carta, del 6 de diciembre de 1984, también le recalca la importancia de que curse una carrera “acorde con tu vocación” y útil “para el papel que has de desempeñar como heredero de la corona y, en su día, como rey de España”.

Le sugiere que estudie derecho, como en efecto lo hizo años después en la Universidad Autónoma de Madrid, aunque mediante un sistema en el cual estaba casi aislado y con un grupo de compañeros seleccionados, incluidos dos policías de incógnito que lo cuidaban permanentemente.

Luego de un receso en su intercambio epistolar, el rey le envió otra carta el 21 de enero de 1985; en ella le explica el papel de “árbitro y moderador” que debe ejercer, haciendo “Política con mayúsculas”.

“No hay duda que en el ejercicio de esas facultades moderadoras que la constitución española señala al rey es de sumo interés estar preparado en materia política, seguir con afición e interés la que en cada momento se realiza en el país y ser capaz de juzgarla para tratar de influirla con prudencia y con tacto. Por eso el rey no puede inclinarse decididamente por una opción política determinada ni poner de manifiesto jamás sus simpatías, sus preferencias o sus animadversiones y repulsas. El rey ha de estar con todos los partidos políticos en general y con ninguno en particular.”

La carta del 25 de abril de 1985 se refiere a la relación con la prensa, en la que le advierte que “debes mostrarte moderado, en tus actitudes, en tus expansiones, en tus declaraciones y opiniones. Medita siempre mucho lo que digas, porque si bien no siempre es posible abstenerse de decir algo, no olvides que ‘contra el callar no hay castigo ni respuesta’”.

En su última carta, del 6 de junio de 1985, el rey le señala a su hijo que no olvide que es constantemente observado. “De ahí la importancia de que te esfuerces en mantener una actitud equilibrada, que esté entre la dignidad de tu posición y la confianza y simpatía con que has de mostrarte hacia las personas que se relacionen contigo”; por ello “es necesario no exagerar los extremos: ni hacerte antipático por una excesiva rigidez, ni caer en el inconveniente de esforzarte en aparecer muy próximo con una simpatía constante y ficticia. La combinación no es fácil”.