Patricio Castillo, a 50 años de su debut en México

Vino con la Compañía de Teatro de la Universidad Católica de Chile en 1964 y se quedó para siempre. Aquí se hizo primerísimo actor. En 1968 pretendió volver a su país, pero de nuevo los mexicanos lo retuvieron. Patricio Castillo ya es mexicano. Cuando exalta al poeta Nicanor Parra recuerda el espléndido discurso que éste dio en la FIL de Guadalajara sobre “nuestro Juan Rulfo”. En entrevista rememora este medio siglo de experiencias escénicas en el cine, la televisión y el teatro, donde cada lunes escenifica un monólogo en la Sala Chopin.

Cumplirá medio siglo como actor y sigue tan campante…

Patricio Castillo llegó a México un 15 de noviembre de 1964 para quedarse, invitado por doña Eva Sámano de López Mateos, esposa del entonces presidente Adolfo López Mateos, junto con la Compañía de Teatro de la Universidad Católica de Chile (UCCH) y el memorable grupo folclórico de cuecas y tonadas andinas Los Cuatro Hermanos Silva, representando con ronda triunfal el musical La pérgola de las flores en el Teatro de Bellas Artes.

“Yo cumplo 74 años el 18 de noviembre y ese día de 1964 fue nuestro debut en la  Ciudad de México. Si Chaplin es mi abuelo, mi padre artístico es un vasco que vivía en Chile, Justo Ugarte, extraordinario actor, quien me embarcó en esto. Cuando ensayábamos por el gigante escenario de Bellas Artes al descubierto se dio cuenta de mi nerviosismo y me ayudó:

“–Pato, mira… ¡este sí que es un teatro! Quien sea un buen actor, se abrirá cual la boca inmensa del Palacio de Bellas Artes, y quien no, se confundirá con la duela del escenario.

“Él y yo pertenecíamos a la compañía teatral de la UCCH y toda la noche anterior al estreno me la pasé pensando en que yo anhelaba crecer como la boca del Bellas Artes. Actuamos con lleno total ante el gabinete de López Mateos y después hicimos el Teatro de los Insurgentes con dos funciones ‘a tablero vuelto’, todo agotado, le caímos muy bien al público mexicano quizás por nuestro acento, no sé; entonces pensé quedarme acá.”

Lanza fuego juvenil por sus ojos verdes, con frecuencia hablando en continuo presente, entre grabados franceses y obras de Francisco Corzas, Siqueiros y Cuevas; se abraza con su compañera Adriana y, distante, una mirada canina cela, gruñe al reportero (el primer actor la bautizó como La perra colada: un buen día se instaló en el patio de esa alta casa en Héroes de Padierna sin pedirles permiso).

Aquella comedia con música y letras de Pancho Flores del Campo y argumento de Isidora Aguirre, versaba sobre un tema histórico sucedido en Santiago de Chile: las pergoleras que vendían flores a mitad de la calle principal, en las Alamedas, “haz de cuenta Paseo de la Reforma”, y como comenzaba a modernizarse la capital chilena, “mi ciudad crecía y las pergoleras representaban un retraso al progreso aunque no molestan a nadie, pero los carros se empiezan a atorar y piden las trasladen a otro lugar”.

Jaime Patricio Castillo San Juan (nombre completo) pertenecía al coro, “cantaba y guitarreaba” encarnando también varios personajes a lo largo de la obra, “uno de un estudiante, otro de vendedor de aguacates, papelitos chicos y extras. Yo era el standing (soporte) del protagonista campirano, ya que había otro de la ciudad”. Entona la cueca atribuida a Pablo Ara Lucena:

Yo vendo unos ojos negros,

¿quién me los quiere comprar?

Los vendo por traicioneros

porque me han pagado mal.

“Pegó muchísimo aquí. Los Cuatro Hermanos Silva fueron pioneros de mi país en conquistar México, al igual que Lucho Gatica. Mi formación musical se dio al querer aprender la guitarra y tocar folclor chileno, argentino, para convertirme en experto de música popular latinoamericana. Conozco a Violeta Parra, gran folclorista, y a Nicanor Parra, un poeta maravilloso, recuerdo cuando se le invitó a la FIL de Guadalajara donde dio un discurso magnífico sobre nuestro gran escritor mexicano Juan Rulfo, con quien guardó amistad.”

Se maneja como pez en el agua a lo largo de medio siglo de recuerdos. Es un torbellino de evocaciones, nada que recuerda al Habacuc del monólogo Rueda mi mente que representa cada lunes en el Centro Cultural Sala Chopin, tragicomedia del dramaturgo mexicano Alejandro Licona acerca de un escritor con Alzheimer.

“Nací en Santiago de padre comerciante, quien ayudó a construir la primera fábrica de neumáticos en Chile. Cuando después de La pérgola ya me vuelvo a México, radico con la familia de la actriz Paty Kunstann que era una chica muy bonita e hizo películas y a la fecha sigue cantando con su esposo. En una fiesta conocí a la actriz mexicana Clementina Lacayo y ella me contactó con Dagoberto Guillaumin, con él hice mi primera obra en México ese año del 64, Troilo y Crésida de Shakespeare, traducción completa del poeta Luis Cernuda en el Teatro Comonfort, que originalmente era un cine.

“Nos reíamos mucho pues tenía techo de lámina y con las lluvias tropicales el Comonfort era un tambor; podías gritar y ni el actor de al lado te oía con el estruendo espantoso, suspendíamos la puesta que duraba cuatro horas sin corte, y la gente ahí, el día del estreno, de pie y en las escaleras se congelaba al final pues entraba un frío intenso.”

En 1967 casó aquí por vez primera; sin contratos, pensó tornar a Chile.

“Para 1968, el año de la Olimpiada, ya había decidido regresar porque no había trabajo y en ese instante me llamó Brígida Alexander, mamá de Susana: ‘Pato, ¿hablas francés, inglés…?’ Sí hablo. ‘¿Quisieras trabajar en las Olimpiadas?’ Me contrataron como jefe de papelería de los congresos deportivos. Laboraba en el auditorio de los hospitales en avenida Cuauhtémoc y lo que hoy es el Eje 3, a cada rama de los eventos se les juntaba su papelería.”

–Usted participó en la Olimpiada Cultural, ¿verdad?

–¡Espérame! Que me llama Virgilio Mariel y me dice: ‘Pato, va a haber una Olimpiada Cultural, tengo que poner tres obras en un acto de países latinoamericanos, una de Nicaragua, y necesito que vengas a montarlas’. Le conté que andaba ocupado todo el día y me dijo ‘no importa, ensayamos más tarde, cuando salgas’.

“No alcanzo a colgar y me habla Juan José Gurrola: ‘Pato, necesito que me ayudes a montar tres obras en la Olimpiada Cultural, aunque sea a la una de la mañana pero tienes que ensayarlas’, así que me tenías en la noche trabajando seis horas, y no dormía, pero pensé: ‘¡Todo lo que sea trabajo, bienvenido!’ Con Virgilio y Gurrola pusimos las obras en un acto. Hacía distintos papeles y la que más recuerdo se llama Maggie frente al espejo que dirigió Gurrola con su esposa Pixie.”

–¿Y el movimiento estudiantil del 68?

–Sabía por rumores que habría una reunión en Tlatelolco y yo ocupadísimo; pero en la noche de Tlatelolco llegué al teatro Reforma para enterarme del horror que se vivió, preguntamos al maestro Pepe Solé qué pasó, pues en la Escuela de Teatro que dirigía sacaron a los muchachos y se los llevaron presos. ¿Qué podemos hacer? Nada, a mí en lo personal me habían advertido que si me metía en la política mexicana por ser chileno ‘me aplicarían el 33’, y con ese artículo constitucional me iban a deportar a Chile.

“No alcanzaba a terminar la Olimpiada Cultural y me viene a buscar un entrañable compañero y amigo muy importante en mi vida, José El perro Estrada, padre del Perrito Estrada que filmó El infierno; me llamó a hacer una obra de teatro juntando dos obras de Ramón del Valle-Inclán en una que llamó El retablo de la lujuria, la avaricia y la muerte, de gran éxito en el teatro El Granero. Allí debutó Isela Vega. Ahí nace también otra muchacha: Silvia Ripstein o Daniela Rosen, que casó con Rodolfo Echeverría, a quien yo le simpatizaba.

“Comíamos juntos en los Estudios Churubusco, él como jefe de Imcine y el Banco Cinematográfico, durante la época en que hice Vals sin fin, dirigida por Rubén Broido en 1972 en torno al poeta zacatecano Ramón López Velarde, y platicábamos mucho, la memoria que tengo de Rodolfo es de un hombre muy inteligente.”

El ascenso cinematográfico despegaría con su rol de hojalatero (https://www.youtube.com/watch?v=ohGzQ5mLfdQ):

“El inicio fuerte mío vino con otro papelito en Mecánica nacional, gran-gran película mexicana de ese año dirigida por Luis Alcoriza con Lucha Villa, Manolo Fábregas, Héctor Suárez, allí nacieron Almita Muriel, Fernando Allende, Maribel Fernández La pelangocha, Alejandro Cianguerotti, Luis Manuel Pelayo, un mundo de actores…”

Muestra a Proceso fotografías halladas en un baúl abandonado:

“Aquí estamos borrachísimos, en esta foto Héctor Suárez con Luis Buñuel, que me lo presentó Alcoriza… Acá estoy con Los Cuatro Hermanos Silva en el Auditorio Nacional, cuando nos tocó cantar en 1964 La pérgola de las flores, pero… Yo no conservo nada, no me gusta guardar recuerdos ni sé cómo llegó esta colección de fotos, mi hijo Rodrigo se las encontró.

“Me preguntaban el otro día: ‘Oiga, Pato, ¿y usted cómo toma el asunto de la trascendencia?’ Francamente nunca me ha preocupado. No es una palabra que me quite el sueño. Considero que después de mí van a venir otros. Esa es la continuidad de la vida y del ser humano sobre la Tierra. He tratado que mi vida sea una aportación y te lo digo fácil, cuando empecé sólo deseaba ver mi nombre afuera en la marquesina del Insurgentes: ‘¡Patricio Castillo!’. Hoy lo que me preocupa es enterarme de que un mal discurso puede afectar de mala manera a las personas y transformarlas. Hitler es un ejemplo.”

–¿Cómo le fue con su paisano Alejandro Jodorowsky?

–Jodorowsky, ni bien ni mal, yo me hice a un lado de él, no era santo de mi predilección, llevaba una vida totalmente distinta, no fue de mi interés. Los escándalos no me gustan, mi vida íntima ha sido bastante privada.

“En 1973 es el golpe desafortunado de ese señor en Chile. Cuando Salvador Allende vino a México me sentí muy orgulloso, el día que él pronuncia un discurso en la Cámara de Diputados tomando fundamentalmente la analogía de la nacionalización del petróleo para México y la del cobre en Chile, establece un paralelo con nuestras historias formidable. Gran orador, el discurso del doctor Allende lo transmitieron por las calles. Con la gente escuchando atentamente, el ritmo de la ciudad decayó por escucharlo.

“Fue un discurso maravilloso, dijo cosas maravillosas que me gustaría hubiesen ocurrido. No se esperaba en absoluto la traición de las fuerzas armadas. Quería el triunfo del socialismo a través de la democracia, no del gobierno férreo dictatorial. En el transcurso de la vida de un presidente al principio puede ser popular y al paso del tiempo decae, pero lo que ocurrió con Allende es que tiene más adeptos conforme pasa el tiempo.”

Imparable, Patricio Castillo responde con lucidez acerca de su paso por la primera Compañía Nacional de Teatro fundada por Héctor Azar y las piezas que lo hicieron célebre: Rosencrantz y Guidenstern han muerto, de Tom Stoppard (1970); Hipólito, de Eurípides (1974); Lisístrata de Aristófanes (1977) o las clásicas El diluvio que viene (1978), Jacques y su amo, de Kundera dirigida por Ludwik Margules (1990); El monólogo de Einstein (1993).

Sus películas: Actas de Marusia (1976) de su compatriota Miguel Littin, Maten al león (1978), Amores perros (2000), The Original Sin (2001) y Crónicas chilangas. Su actuación en telenovelas suena interminable; próximamente se unirá al elenco de La gata producida por Televisa.

Además de su hijo Rodrigo Castillo, Rueda mi mente cuenta con el apoyo de sus brillantes hijas Paty y Paola Castillo, ésta de 19 años, actriz y bailarina. Durante el estreno en la Chopin, agradeció por encima de todos los personajes a su compañera Adriana por soportarle sus neurosis antes del debut. El chico que comenzara estudiando química, bendice al teatro:

“Hay Pato pa’ rato si me siguen retando, cada día estoy más enamorado del teatro, me ha dado tanto que mi formación de ser humano proviene de allí básicamente, no olvido a mis padres ni a quienes han tenido la paciencia de soportarme. Amo a Adriana. Dicho en mexicano, no sé vivir sin mujer, soy el perfecto mandilón, soy feliz así, reconozco que necesito una mujer a mi lado.”