Soy sueco, no tengo ningún tapujo sexual, nada me escandaliza sobre el tema”, comenta para la BBC Stellan Skarsgard acerca de su papel en Ninfomanía, la aparatosa épica sexual del director que más se divierte escandalizando a su público, el danés Lars von Trier. Conviene tomar nota de la aclaración del actor porque dirige la atención hacia el propósito evidente del insolente Von Trier, para quien, vagina, catálogo de penes y colecciones de coitos no son precisamente motivo de sobresalto.
Ninfomanía (Nymphomaniac; Dinamarca-Alemania-Francia-Reino Unido, 2014) se distribuye en dos largas películas (volúmenes I, II y ocho capítulos); en la primera se aclara que se han extirpado las escenas de sexo explícito, un total de 90 minutos; posteriormente, se exhibirá la versión completa. Es decir, Von Trier obliga a su espectador a acudir tres veces al cine a ver la misma película. Buen truco.
Algunos prefieren la primera parte, más fresca y divertida; otros (Catherine Breillat, realizadora francesa) la segunda, más densa y truculenta; en realidad se trata sólo de un cambio de tono, lógico porque el Volumen I cuenta la infancia y descubrimiento de lo que Joe (Chalotte Gainsbourg) llama la sensación; mientras que en el siguiente volumen la heroína, ya adulta, enfrenta los peligros y las consecuencias de su obsesión principal: romper todo tipo de barreras que impidan su expresión sexual.
Narrada a la manera de novela erótica confesional (John Cleland, Marques de Sade), Ninfomanía sitúa la confesión en el presente; el escucha es un solterón de cultura enciclopédica, Seligman (Stellan Skarsgard), quien encuentra a Joe inconsciente y molida a golpes en un callejón. La misteriosa mujer cuenta la historia de su vida, hilada toda en torno al sexo y sus avatares; Seligman interrumpe el relato con comentarios y reflexiones que van desde Bach y el deporte de la pesca hasta Freud y Jung, la antigüedad clásica y los diferentes puntos de vista entre el cristianismo romano, más enfocado a la culpa y al castigo, y el ortodoxo, que destaca el gozo cristiano. La más brillante y jocosa glosa de Seligman (nombre, supongo, que alude al Seligman creador de la psicología positiva), es cuando Joe narra una visión beatífica sobre el gozo sexual que tuvo a los 12 años cuando aparece una virgen con el niño en brazos; el sabio solterón niega que la imagen sea cristiana, se trata de Mesalina y Babilonia, la gran meretriz.
Joe rechaza e invalida toda interpretación, por supuesto; en su derecho a reivindicar su ninfomanía como expresión de una esencia verdadera, no de una adicción o patología, se halla la noción clave del director. Joe y sus amantes son meros vehículos de las ideas personales del director: despedazar lugares comunes e ideas políticamente correctas. No hay necesidad de desgarrarse las vestiduras con la sabida misoginia de Lars von Trier; menos de tratar de reivindicar una supuesta defensa de la expresión sexual femenina; ninguno de estos personajes puede abordarse de manera realista, sólo existen en la mente de este iconoclasta.
La edición actual de Ninfomanía, de manera coherente manifiesta (Von Trier es un artista dado a los manifiestos) las ideas del director; no creo que las escenas de sexo gráfico que faltan por exhibirse, filmadas, además, con cuerpos de dobles, aporten algo nuevo al discurso intelectual de la cinta.








