“El hombre al desnudo” en el Munal

Si los curadores mexicanos del Museo Nacional de Arte (Munal), Adolfo Mantilla y Agustín Arteaga –director del recinto– hubieran tenido la capacidad de crear un concepto propio y una selección rigurosa del arte nacional, la muestra El hombre al desnudo. Dimensiones de la modernidad a partir de 1800 podría haber sido propositiva, interesante y atractiva.

Sin embargo no fue así. Se limitaron a una simple adaptación del concepto del Museo de Orsay de París el cual, a su vez, fue una interpretación de la exitosa muestra organizada en 2012 por el Museo Leopold de Viena bajo el título Hombres desnudos. De 1800 al presente.

Diseñada conceptualmente con base en la relación entre procesos histórico-culturales y significados estéticos del desnudo masculino, la exposición austriaca se dividía en tres núcleos –Clasicismo e Ilustración, lo Moderno clásico, Arte después de 1945– que integraban temáticas concretas como ideales de la antigüedad, el héroe como modelo cultural, la Viena alrededor de 1900, el baño conjunto y, especialmente interesante, la mirada femenina. Entre otras piezas correspondientes a este último subtema, los  audaces curadores instalaron en el exterior del museo la espléndida y enorme escultura transitable de base fotográfica Mr. Big, de la artista Ilse Haider.

Parafraseando el título de la muestra Femenino/Masculino: el sexo del arte, que se exhibió entre 1995 y 1996 en el Centro Pompidou de París, el Museo de Orsay presentó en 2013 la muestra Masculino/Masculino. El hombre desnudo en el arte de 1800 hasta la actualidad. Dividida temáticamente en: El ideal clásico, El desnudo heroico, Nuda Veritas, Im natur, En el dolor, y El objeto del deseo, esta exposición es el referente de la que se exhibe en el Munal.

Con un total de 172 piezas entre las cuales sólo 37 provienen de la exposición del Museo de Orsay –y en las que no se incluyeron autorías tan relevantes en París como Jacques Louis David, Guido Reni, William Blake,   Egon Schiele, Giorgio de Chirico, David Hockney,  Lucien Freud, Orlan, Ron Mueck y David La Chapelle–, la exhibición del Munal devela tanto una acrítica adaptación del concepto francés como una arbitraria selección de arte contemporáneo mexicano. Carente de relevantes piezas como El origen de la guerra de Orlan (1989-2012), el Ecce Homo de Kehinde Wiley (2012) o Vive la France de Pierre & Guilles –reproducida como cartel publicitario en Viena–, la versión mexicana se percibe tímida, caótica y, en lo que corresponde a las prácticas contemporáneas, sumamente arbitraria.

Sin interpretar las similitudes iconográficas entre el arte moderno mexicano y el europeo –como Hombres sentados de Luis Márquez e Hippolyte Flandin–; las diferencias entre la representación de hombres bañándose –Cézanne, Julio Castellanos, Lola Álvarez Bravo–, el uso político del cuerpo sin ropa que difiere del desnudo como género artístico –fotografías de la Marcha de campesinos de Carlos Ferrer–, o el sentido de la belleza kitsch de la reinterpretación posmoderna de estéticas populares de Javier de la Garza, la exposición evidencia la mediocridad curatorial en la inclusión de obras tan menores como el bordado de Carlos Arias y las pinturas de Miguel Ángel Garrido, Omar Rodríguez Graham, José Antonio Farrera y Luis Argudín.

En cuanto a la mirada femenina, el erótico video de Mónica Castillo pintando los vellos del torso de un hombre hubiera sido mejor propuesta que su impresión digital. Sobre el significado de la representación del hombre desnudo en el arte moderno mexicano –incluyendo la interesante pose de Siqueiros que parafrasea un grabado de Goya–, la exposición sólo aporta silencio.