Hace casi un mes, en el municipio de La Realidad, Chiapas, fue asesinado el maestro José Luis Solís López, El Galeano, miembro del EZLN. Se dice que lo ejecutaron con sevicia. A machetazos le arrebataron la existencia. En ningún hecho de sangre suele encontrarse argumento suficiente que justifique a los ejecutores, por más que se invoquen partidas de condena judicial, el bien de la patria o cualquier otra amarga receta de ralea semejante.
El mal ya está hecho. Los informes cargan el hecho a una banda paramilitar apodada Los Luises, que hunde sus raíces políticas en la CIOAC-H, un organismo que nació en las luchas de la vieja izquierda, cuando la vida de ésta era clandestina. Se conocen sus ligas con el extinto Partido Comunista Mexicano (PCM), luego con el PSUM y el PMS. Después vino dando tumbos debido a su desbalanceo oportunista. Sus miembros se han acogido al PRI, al PAN y al partido dizque Verde Ecologista, que tiene de verde lo que Cantinflas tuvo de astronauta. No es extraño. El chapulinismo de nuestra gente, en cosa de militancia política, es cotidiano.
No tiene caso desmenuzar honras que no se poseen. Es el caso de los ejecutores de este asesinato, por su veleidad de convicciones. Si es gente que pone precio a su conciencia, y no caro, será capaz de cualquier atrocidad. Por su baja estofa harán hasta trabajos de cañería. Es poco edificante escarbar en bitácoras de convictos o fugitivos. Resulta penoso escarbar en biografías de delincuentes. Conocer el curso de vida de sicarios lleva, si mucho, a esclarecer alguna pista de los autores intelectuales en los hechos delictivos en que se enredan. Siendo tarea tan poco grata, la asumen, o deberían asumirla, los tribunales. Pasemos entonces de largo por semejante pantano.
Es lamentable este hecho de sangre. Su difusión ha dado la vuelta al mundo. La ficha del maestro Galeano lo pinta como a un catequista o un apóstol de la lucha reivindicatoria, que defiende a los pobres más pobres del mundo contra la voracidad de los ricos más ricos, más sanguinarios y desalmados. Dejemos de lado las excentricidades de Marcos, en la sesión del EZLN cuando se fijó la postura de este movimiento en torno a la muerte de Galeano. Llegó sin pipa, montado a caballo, como suele hacerlo, tapándose un ojo como de pirata, con un guante en una de las manos pintada de calavera y más desfiguros de histrión. Su rara espectacularidad ha perdido presencia y efectividad. En el acto central dio la nota de que daba por muerto al personaje que el movimiento creó a sus inicios para que sirviera de vocero. El subcomandante Marcos pasa entonces a mejor vida, de acuerdo a la última escena de este teatro. Lo suple el extinto maestro Galeano, éste sí verdadero desaparecido, al que hay que aceptar como vivo, de acuerdo con los intríngulis de la ya demasiado larga comedia de Marcos.
El capitalismo neoliberal desea limpiar de seres vivos las regiones del planeta que aún no ha saqueado, o que ha expoliado a medias. En este caso se encuentran las selvas vírgenes, los aún caudalosos y limpios ríos de agua dulce, o las zonas en donde el subsuelo esconde petróleo, uranio u otras materias primas que generen alta ganancia. Si en esos espacios del planeta están asentadas comunidades ancestrales, la guillotina que amenace con exterminarlas no tiene por qué ser detenida. Y si les ha de cortar el pescuezo, procederá a realizarlo; con limpieza o a la mala. Los modos le importan un comino. Aquí sí que por el fin justifica los medios.
La orden general de este crimen particular vino de esa oligarquía deshumanizada. Si instrumenta campañas de limpieza étnica, de exacerbado racismo o de tierra arrasada, sólo atiende a tiempos y ritmos. Su criterio para estas campañas es la eficiencia. Si la misión es arrebatar, su visión será obviar dificultades. Si se pone al tablero la meta de la ganancia máxima en el menor tiempo posible, los ejecutores del plan no tendrán empacho en emplear la violencia, el embuste, la agitación política, el desmembramiento de la entidad nacional, el pisoteo de las soberanías puestas a remojo. Recurrirán al “mátalos en caliente”, si da al caso. A los ejecutores les importa sólo pavimentar la senda de tránsito a la diosa Ganancia, la que dicta los dogmas clave a los feligreses fundamentalistas de esta religión neoliberal en expansión.
Atendiendo a la cuestión de la nacionalidad, nuestra gente indígena de Chiapas es mexicana. Pero reclama para sí el reconocimiento particular de sus etnias. Son lacandones, mayas, tojolabales, tzeltales, tzotziles… En el país hay al menos 62 etnias perfectamente identificadas. Hace 20 años los chiapanecos expusieron, por la vía de los hechos, que se asumían mexicanos, siempre y cuando respetáramos su derecho a disentir. Se reconocieron mexicanos de la veta zapatista, esto es, la que levanta la bandera del México profundo y se acoge a ella para dar su voz y su voto en nuestras asambleas nacionales. Nos conceden el derecho de audiencia, siempre y cuando respetemos sus usos y costumbres, su derecho a disentir en las vías que transitamos. Su ejemplo ha cundido al resto de los pueblos originarios. Pero los mestizos, los que tenemos las llaves y controlamos las puertas de la institucionalidad, hacemos oídos sordos a sus reclamos y puntos de acuerdo. En cuanto a oponernos al formato de vida neoliberal, que nos impone el imperio, no damos ninguna validez a sus alegatos. Al contrario.
Ellos tremolan el zapatismo desde hace 20 años. Es asunto de identidad colectiva. Era bandera muy ajada o sepultada en el desván de los trebejos. Al desempolvarla y volverla a izar, por ser tan nuestra, recuperan un derecho muy de todos, por lo tanto muy suyo también. Invocan a la letra el mandato del artículo 39 constitucional, en cuanto derecho fundamental. Con ello nos recetan una sopa de nuestro propio chocolate, pues basan sus actos “de rebeldía” en el mismo discurso oficialista y legaloide con el que la mayoría no indígena ha permitido o tolerado a esa oligarquía depredadora el saqueo de los recursos de todos, no sólo la marginación en que los mantenemos a ellos.
Con el crimen de Galeano, se pone de manifiesto que la respuesta presente a sus llamados de cordura, a la indiferencia y al menosprecio, suma la táctica del crimen selectivo, la eliminación soterrada de sus cuadros calificados. Los autores materiales de la fechoría irán a la cárcel tal vez, mas serán chivos expiatorios. Los autores intelectuales, los responsables verdaderos, no saldrán a la luz. Ellos no viven inmersos en La Realidad, invocada por nuestras etnias originales para restregar nuestra hipocresía y cinismo. Viven en la poltrona, buscando adivinarle gustos y caprichos al amo blanco, que despacha en el BM, el FMI o el Pentágono, según masque la iguana. Los demás mexicanos ni alzamos la voz. No identificamos a nuestros verdugos. Ya no queremos saber nada de ideales zapatistas, pues vivimos entrampados en una realidad (con minúscula), que nos deteriora y extingue lentamente. Pareciera ser que ni la tozudez de nuestros hermanos aborígenes podrá traernos cura.








