El problema de la emigración hacia la frontera norte es lo más lacerante para México y Centroamérica; todos los males se amontonan, pobreza, corrupción, narcotráfico, secuestro y crimen. Pero ese anhelo, sueño de una situación económica digna, que impulsa a miles cada día a correr los peores riegos, obliga a desarrollar tácticas inauditas para subsistir. Este despliegue de vida y heroísmo suscita cada vez más el interés de los cineastas; el género da para todo, desde sentimentalismo exacerbado hasta experimentos arriesgados como la estupenda A tiro de piedra (Sebastián Hiriart).
La jaula de oro (México, 2013) de Diego Quemada-Díez articula todos los componentes de la marcha del migrante, un viaje rumbo a la fantasía que se convierte en pesadilla, encuentro con peligros, monstruos que acechan a la ingenuidad, narcos, tratantes de blancas, embaucadores; caben también ayudas y gente compasiva. La afluencia de gente, principalmente joven, carne de cañón para los depredadores, ha propiciado una infraestructura descomunal que si bien permite el tránsito de migrantes se alimenta de su sangre.
En su paso hacia la frontera, Juan y Sara, dos jóvenes guatemaltecos se juntan con un indígena tzotzil, Chauk, que no habla español pero sueña con la nieve; a pie o montados en La Bestia (el tren al que trepan los migrantes), la travesía hacia la jaula de oro deshilvana paisajes y desiertos; el contraste entre la belleza del territorio mexicano con su horizonte abierto y sus espléndidos amaneceres frente a la desolación de los protagonistas sostiene un tono constante de melancolía.
A Diego Quemada-Díez, español afincado en México, le costó casi una década de trabajo e investigación, entrevistas de historias de vida, estudios documentales, vivencias personales, armar un drama estupendamente bien ligado que fusiona como thriller, documental, movie road y relato de aprendizaje. Colaborador de directores importantes como Ken Loach, Quemada-Díez sabe emplear la ficción para apostillar temas como la injusticia social en el contexto socio político Estados Unidos y México; pero a diferencia de Loach, la tesis social de La jaula de oro nunca se somete al sentimentalismo que la injusticia impone casi por derecho propio.
Con actores no profesionales, las calamidades y aventuras de estos chicos ocurren de manera natural e inevitable, la realidad que enfrentan semeja a un tren que nada detiene. La dinámica entre cuatro, y luego en trío, incluye una gama de emociones en condiciones extremas, desde la envidia y el desprecio hasta la solidaridad. El mérito principal del director es sostener un drama entre estos migrantes que los hace especiales, a la vez que denuncia una situación política








