Mandengue” es un concepto, una reunión-expresión de sentimientos y actitudes de origen africano que se manifiestan a través de la música, la danza y el verbo y que tiene que ver con la vida cotidiana, sí, pero también con la política y el amor y la concepción de la vida en general, del qué somos y el qué queremos.
Todo esto hay que tenerlo en consideración cuando de asistir a un espectáculo mandengue (o de mandengué) se trate, como el ocurrido la noche del pasado viernes en la Fonoteca Nacional que, bajo la dirección de Lidia Camacho, se está abriendo a experiencias múltiples y radicalmente diferentes entre unas y otras sin dejar de lado lo que, en términos generales, podríamos llamar “tradicional”.
Así la Fiesta Mandengue, llevada por el Festival Ollin Kan fue una excelente muestra de qué diablos es eso que, estrictamente, no puede situarse dentro de las manifestaciones vernáculas o folclóricas africanas pero tampoco puede afirmarse que no las contenga, así como no puede decirse que se trató de una presentación de pura música o canto o danza, o de una combinación de los tres pero nada más, porque allí también estuvo representada la poesía pero también la política y la resistencia y, resumida, una cultura que empezó siendo contra-cultura como forma de lucha, pero que a fuerza de ser gustada en latitudes bien diferentes se transformó ya en reconocida y aceptada aunque, aún, un tanto marginal.
Es la herencia, la milenaria historia plasmada en formas artísticas que dejando lo tribal se subió al escenario y se desplazó del continente quizás con sorpresa inicial hasta para sus mismos exponentes.
Claro, en el camino la “pureza” se perdió y el mandengue (occidental, digamos), es ya una fusión con otros géneros, pero no se trata de una fusión indiscriminada sino selectiva, y así su mezcla es únicamente con ritmos y formas que, de alguna manera, se desprenden también de la negritud, léase soul, blues, jazz y reggae, por ejemplo.
En occidente el sumo sacerdote de esto es el oriundo de Mali, Cheick Tidiani Seck, compositor, arreglista y tecladista, entre otras gracias musicales, residente en París desde hace 45 años y quien ha actuado, entre otros grandes responsables de la expansión de la música africana por el mundo, con Oumou Sangaré, Babani Koné, Salif Keita y el méxico-estadunidense Santana.
Y fue el mismísimo Cheick Tidiani Seck apodado (o reverenciado, según) también “el Buda negro”, “el rey de los teclados” y “Guerrero de la paz”, quien nos ofreció esta Fiesta Mandengue en la que se hizo acompañar por un grupo de especialistas en sus respectivos instrumentos provenientes de varias partes del planeta como la imponente Awa Sangho, cuya voz tiene ese dejo tan peculiar de las cantantes africanas para sus tonadas, a la que, en la voz masculina secundó Kabinet Kouyate y, en la batería el estadunidense Marque Gilmore, en la guitarra el malinés Guimba Kouyaté, el percusionista mexicano Daniel Moreno, y en el bajo Cabin Kandia Kouyate.
Experiencia diferente pletórica, obvio, de música y canto pero también de lucha, persistencia y resistencia, de formas de batalla diferentes pero que apuntan, al igual que otras menos amables, a la esperanza y creación de un mundo mejor y diferente para todos.








