Si hubiera que definir el estado actual de la promoción cultural en Jalisco –de manera específica la del área metropolitana de Guadalajara, pues en el resto del estado es punto menos que inexistente–, la respuesta sería que, a diferencia de otras épocas, ahora hay más promotores pero menor promoción, sobre todo si se trata de auténticas manifestaciones artísticas e intelectuales.
Lo que suele presentarse de manera descarada como cultura, en realidad son actividades del show business y aparecen en espacios de la Universidad de Guadalajara (UdeG) como el Teatro Diana y el Auditorio Telmex. Son actividades frívolas que excepcionalmente sobrepasan la “estética” Televisa, tanto así que el productor estrella es nada menos que OCESA, filial del consorcio televisivo de marras.
¿Cómo se ha llegado a este paradójico estado de cosas, donde hay más promotores “culturales” pero menos promoción ídem sin comillas (léase de calidad)? No hace falta devanarse los sesos para dar con la respuesta: esta hazaña equívoca de degradar el negocio de las musas se ha conseguido en nuestro medio con una buena dosis de improvisación, con otra más de cinismo o ignorancia (en ocasiones con ambas taras a la vez) para dar alegre y descaradamente gato por liebre, a lo cual han contribuido también otros factores como el crecimiento exponencial que se ha dado en la burocracia cultural, aunado a una drástica reducción en las partidas presupuestales asignadas a las manifestaciones artísticas e intelectuales.
Por más que un reciente reportaje de un diario de la localidad concluya que actualmente “la Zona Metropolitana de Guadalajara presenta un panorama cultural de una enorme variedad y riqueza, que la sitúa a la vanguardia entre las ciudades latinoamericanas” (El Informador, martes 20 de mayo), poniendo a la UdeG como la locomotora de esa supuesta eclosión de las musas, lo cierto es que si se comparan los estándares de calidad de la actual cartelera tapatía con la de los años setenta, la conclusión sería exactamente la contraria a la del reportaje de marras.
Para ello, bastaría con anteponer los héroes y heroínas culturales que habitualmente encabezan las marquesinas del Telmex o del Diana (Lupita D’Alessio, Yuri, Alejandro Fernández, Intocable, la banda El Limón, Avril Lavigne, Adal Ramones o Itatí Cantoral) a la de hace 40 años, cuando Juan Francisco González encabezaba el recién creado Departamento de Bellas Artes (DBA), y las figuras eran de una clase muy diferente: Ravi Shankar, Joan Báez, Paco Ibáñez, Vinicius de Moraes, Carlos Santana, Bill Evans, Henryk Szeryng o la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Eduardo Mata. La comparación no deja lugar a dudas: mientras en otros tiempos venían a Guadalajara artistas de clase mundial en casi todos los órdenes, quienes se presentaban en las grandes capitales del orbe, ahora lo que predomina son las producciones de Televisa y similares.
En el campo intelectual, la producción editorial llegó a ser tan importante (tanto por lo que hace a autores locales como de otros ámbitos) que aquí se publicó, bajo el sello del DBA la primera edición de Amor perdido de Carlos Monsiváis, así como Octavio Paz: poesía y poética de Monique J. Lemaitre, que luego pasarían a formar parte del catálogo de editorial Era y la UNAM, respectivamente. Y ahora, que presuntamente estamos a la vanguardia del subcontinente latinoamericano, ¿qué es lo que publica la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ)? Nada o casi nada, pues su dirigencia actual inusitadamente interrumpió el apreciable programa editorial que, hasta principios del año pasado, se venía realizando a nombre de dicha dependencia estatal.
Aun así, no faltan las opiniones oficiales y oficiosas que hablan de que en Guadalajara se vive una época de oro en el campo de la promoción cultural. Tal es el caso de un alto funcionario de la SCJ (Álvaro Abitia) o del híperoficioso señor Eduardo Velasco Briseño, secretario de la Sociedad de Geografía y Estadística de Jalisco, quien asegura que, gracias a iniciativas y proyectos de la UdeG, “se ha venido estructurando una exitosa política cultural en forma gradual, que se refleja en el empuje y reconocimiento internacional de proyectos como la Feria del Libro en Español en Los Ángeles (LéaLA), la extensión del Festival Internacional de Cine en Los Ángeles, entre otros” (El Informador, ídem). ¡Quién lo dijera! Ahora resulta que dilapidar, de manera impune, parte del presupuesto de la UdeG y otras dependencias oficiales, en proyectos que se realizan fuera del territorio mexicano, equivale a darle estructura a “una exitosa política cultural”. ¡Bienvenidos al mundo al revés, donde los demagogos y rolleros no tienen empacho en decir disparates!
Como cereza en el pastel, el mismo Velasco Briseño presume que ahora “tenemos una oferta de infraestructura muy variada que pone a Guadalajara a la altura de cualquier teatro a nivel mundial” (El Informador, ídem). O sea, promotores culturales de Nueva York, Berlín, Viena, París, Londres, San Petersburgo…, abran cancha porque ya llegaron sus pares de Guadalajara, Zapopan y puntos circunvecinos.
Sueños guajiros aparte, la promoción cultural tapatía de ahora es tan pobre y limitada, por no decir chafa, que se acaba de dar el caso de un premio literario municipal (la llamada Bienal de Literatura Joven Hugo Gutiérrez Vega), ocurrencia del regidor priista del ayuntamiento de Guadalajara, César Ruvalcaba o, mejor dicho, del exrector Raúl Padilla que, casualmente, no sólo le da instrucciones al edil en cuestión, sino que mantiene una ostentosa relación clientelar con Gutiérrez Vega, ajonjolí de todos los moles culturosos de la comarca. A esa iniciativa padillista se sumaron sin chistar la Secretaría de Cultura del propio municipio, que encabeza Ricardo Duarte, la SCJ (representada por su titular, Myriam Vachez) y, ¡faltaba más!, la UdeG, a través de la directora de la Feria Internacional del Libro (Marisol Schulz) y de la Dirección Técnica de la Cátedra Hugo Gutiérrez Vega, que regentea Alejandro Sánchez Cortés.
Pues resulta que dicho premio, dizque concebido para apoyar a los escritores noveles de la capital tapatía, no sólo se limita a un simple concurso en el que únicamente pueden participar poetas y narradores nacidos o avecindados en la comarca que no sobrepasen los 29 años de edad, sino que arbitrariamente se excluyen del mismo géneros literarios como el teatro, el ensayo y la crónica. Y, para colmo, dicho galardón municipal incluye dos categorías ajenas por completo a la obra de quien le da nombre al premio, pues Gutiérrez Vega no es ni cuentista ni novelista. ¿Así o más torcido?
Y como los anteriores, se podrían espigar otros ejemplos arbitrarios y aun anómalos que hablan de la decadencia que se vive en la promoción cultural de la comarca, donde en definitiva las cosas van de mal en peor. Y ante este estado de cosas y considerando que hace 40 años, el negocio de las musas era de un nivel muy superior, se impone una pregunta. ¿Qué le pasó a Guadalajara de mediados de los setenta a la fecha? Nada, sencillamente que las sucesivas administradores fueron descuidando los estándares de calidad, que el cacicazgo del exrector Raúl Padilla fue cundiendo en las distintas dependencias culturales que operan con dinero público, que el énfasis ya no se puso en la calidad, sino en otro lado: en lo comercial (con la justificación de que hay que promover “lo que le gusta a la gente”), a fin de extender el poder de dicho cacicazgo al reino de las musas frívolas, el show business.








