La magna exposición Gustave Doré: el imaginario al poder, albergada por el Museo d’Orsay en París del 18 de febrero al domingo 11 de mayo, arrojó una cifra de 304 mil 800 visitantes. Fue, en términos de cantidad, la más amplia exposición que se haya montado de su obra, y la primera en la que sus múltiples facetas como artista plástico se ven representadas, más allá del oficio que le dio fama, el de ilustrador.
PARIS, Francia.- Son las diez de la mañana de un viernes. Decenas y decenas de personas hacen fila para entrar al Musée d’Orsay. Una parte, seguramente, entrará a ver la maravillosa colección permanente, el paraíso de quienes admiran el arte impresionista. Pero un buen número de ellos está allí, sin duda, para asistir a la gran exposición de la obra de Gustave Doré, el extraordinario artista francés nacido en Estrasburgo el 6 de enero de 1832, cuya obra ha marcado de manera definitiva la imaginación de una inmensa parte del mundo occidental.
En la introducción a J’ai ce que j’ai donné (“Tengo lo que he dado”, Gallimard, 2008), el libro que reúne las cartas que el escritor Jean Giono escribió a sus familiares, la compiladora Sylvie Durbet-Giono, la menor de sus dos hijas, relata que cuando era pequeña y no sabía leer, mientras trabajaba su padre le daba libros ilustrados para que se entretuviera.
“Fue así como a los cinco años de edad me encontré hojeando el Infierno, de Dante Aligheri, ilustrado por Gustave Doré.”
Lo que Sylvie cuenta debe haber ocurrido en millares de hogares de Europa y de América, y es de suponer que parte de las personas formadas en d’Orsay alguna vez habrá tenido a la vista una lámina de Doré, aunque no se hayan percatado de ello.
Pero Doré no fue sólo el ilustrador de la Divina Comedia, de Dante, sino de centenares de obras más. Entre ellas –algunas de las más famosas–, la Biblia, el Quijote, las Fábulas de La Fontaine, los Cuentos de Perrault, Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, Orlando furioso de Ariosto, la Rima del antiguo marinero de Coleridge, El cuervo de Edgar Allan Poe, Atala de Chateaubriand, Las aventuras del barón de Münchhausen de Gottfried August Bürger y Londres, una Peregrinación, de Blanchard Jerrold.
A los 33 años Doré había producido más de cien mil ilustraciones, cifra que se antoja imposible, salvo porque tenía una monstruosa capacidad de trabajo y energía casi ilimitada.
II
Doré comenzó a dibujar tan pronto tuvo un lápiz en la mano. Llenaba con rapidez sus cuadernos escolares. A los once años era más que evidente su gran destreza para trasladar al papel lo que atrapaba con el ojo. Incluso de memoria. Su gusto por los colores y su interés por experimentar con ellos también era excepcional. Cuando cumplió ocho años le obsequiaron su primer juego de óleos. Al día siguiente, todavía de madrugada, se levantó y pintó de verde el plumaje de una pobre gallina.
Su padre, Pierre Louis Christophe Doré, le procuró una buena educación. Hizo que aprendiera a tocar el violín (la música fue siempre una parte importante de su vida), y quería que estudiara en la prestigiada Escuela Politécnica. Cuando Gustave, segundo de tres hermanos, cumplió 15 años, lo envió a París. Pero el talento del muchacho con el lápiz y los apremios económicos, hicieron que firmara un contrato en su representación con uno de los empresarios de mayor renombre en la prensa ilustrada francesa: Charles Philipon. Doré comenzó a hacer ilustraciones y caricaturas para sus periódicos. Le emocionaba sentirse colega de Daumier, 24 años mayor, cuya obra admiraba, pero soñaba todavía con hacer una carrera como funcionario público. La repentina muerte de su padre, en 1849, lo obligó a hacerse cargo de su familia.
Ese hecho definió su destino. Doré no tuvo más alternativa que convertirse en ilustrador. Y, andando el tiempo, gracias a su apetencia creativa y a su prodigiosa imaginación, en un gran artista. A la vez, esa muerte truncó la posibilidad de que hiciera estudios académicos de pintura, razón por la cual la crítica de su época siempre le regateó méritos.
No faltó quien reconociera su valía desde la primera hora. Tan pronto como empezó a publicar su trabajo, el escritor Théophile Gautier lo llamó “niño genio” (diez años más tarde, en 1857, lo llamaría “monstruo de genio”). Pero, en general, la caricatura y la ilustración de impresos eran consideradas como una tarea del todo menor. Su inmediatez las hacía desdeñables.
El propio Doré anhelaba, desde joven, convertirse en pintor y ser reconocido como tal. A los 17 años hizo su primer óleo: los restos de un naufragio. Fue para su pesar que, desde el principio, lograra la fama como ilustrador.
No necesitó de la academia para dominar las técnicas pictóricas. El óleo, el gouache, la acuarela, el crayón de cera, la tinta. En todas, a fuerza de trabajo incesante –dedicaba las mañanas a realizar los grabados que los editores le pedían; las tardes a practicar y a experimentar con diversos materiales– alcanzaría la maestría.
Su obra como pintor es magnífica, y la exposición del Musée d’Orsay lo hizo patente. Nunca antes se había desplegado una selección tan amplia ni tan completa. Reunirla implicó la concurrencia de museos de Canadá, Estados Unidos, Francia, Holanda, Inglaterra, y de varios coleccionistas particulares.
También es vasta si se considera que Doré murió más bien joven: a los 51 años de edad. De los 200 cuadros que realizó, en Orsay se exhibieron poco más de 80. Algunos de dimensiones enormes como Cristo abandonando la pretoría, óleo sobre tela cuyo original –conservado en el Museo de Arte Moderno de Estrasburgo– mide 6 m de alto por 9 de ancho. El que se presentó en Orsay es una réplica de menor tamaño (5 m. de alto por siete y medio de ancho), hecha también por Doré. Muestra a Cristo instantes después de haber comparecido ante Pilatos, a quien se ve al fondo rodeado por sus guardias.
Cristo baja solo por una escalinata entre soldados que contienen a una multitud dividida por el odio y el dolor, preparado para cargar la cruz que lo aguarda en el primer peldaño. Destacan María, su madre; Juan el Bautista; la Magdalena, pero también Judas y Barrabás. Fechado en 1872, realizarlo le tomó seis años. Doré lo consideraba la obra de su vida.
Otra faceta que producía expresiones de sorpresa entre los espectadores de la exposición era la escultura. Pocas personas saben que Doré fue también un escultor de primer orden. También, como en pintura, completamente autodidacto. Su interés por esculpir nació hacia 1860 o 1861 durante una estadía en Inglaterra, pero el espacio que construyó especialmente para practicar tuvo siempre la puerta cerrada. No quiso mostrar nada sino hasta 1877. Ese año se dio a conocer como acuarelista y como escultor. Átropos y Amor –más conocida como “La muerte y el amor”, pues Átropos es una de las tres Moiras de la mitología griega, la que corta el hilo de la vida– es una escultura tan extraordinaria que por primera vez Doré fue saludado con reverencia como artista. No faltó, sin embargo, el crítico que se solazara escribiendo: “Hemos conocido a Doré como mal ilustrador, como mal pintor y, ahora, como mal escultor.”
La crítica lo trató casi siempre mal, o se mostró indiferente. Uno esperaría encontrar una página sobre él –siquiera un párrafo– entre las muchas que Charles Baudelaire, amigo de Gautier, dedicó a las artes plásticas. Jamás lo menciona. Puede comprenderse si se piensa que Baudelaire se situaba en las antípodas con relación a Doré. Éste era un gran artista, pero también un arribista, aspirante a la celebridad y a formar parte de la burguesía. No obstante, la enorme inteligencia como lector que Doré despliega en sus ilustraciones es tan grande que resulta difícil creer que no suscitara interés en el poeta. Cabe pensar que si Baudelaire no hubiese muerto prematuramente (a los 46 años de edad en 1867) ahora resonarían por encima de todo lo aquí escrito las palabras que le habría dedicado a Doré.
Pero tampoco los grandes poetas franceses que vinieron después contribuyeron a su valoración. Ni Apollinaire ni Valéry escribieron sobre él. Breton, quien publicó miles de cuartillas hoy reunidas en Écrits sur l’art, cuarto volumen de sus obras completas en la colección La Pléiade, sólo le dedica un par de menciones cuando habla de “La visión romántica y el mundo interior” (califica su obra de “tumultuosa y talentosa”), y al referirse a los grabados de Jean-Marie Albagnac, cuyo nombre une a los de William Blake, Heinrich Füssli, Charles Meryon y Doré. Eso es lo más cercano a un elogio.
III
“Tengo que matar al ilustrador para que sólo se hable de mí como pintor”, le dice en una carta a Gioachino Rossini, el compositor italiano, uno de sus amigos más queridos. Doré sufría su imaginación y su talento. Al mismo tiempo que deseaba que se le reconociera como un artista serio, un artista genuino, lo desbordaba su apetito por ilustrar grandes obras de la literatura universal. Quería ilustrarlo todo. El tiempo no le bastaba, y a veces hizo malas elecciones. Se le propuso ilustrar a Montaigne. No quiso. En cambio, soñaba hacerlo con la Ilíada y la Odisea, los poemas de Byron y, sobre todo, la obra de Shakespeare. Se había propuesto realizar para ella mil grabados. El tiempo no se lo permitió. Quedan, por fortuna, esbozos, apuntes muy logrados, suficientes para que hoy deseemos que hubiese vivido por lo menos veinte años más.
Hay que señalar que Doré logró una posición económica más que desahogada, y que la vastedad de su obra como ilustrador no se debe tanto a la necesidad de ganar dinero –que nunca le sobró, porque lo que ganaba la mano del grabador, la del pintor lo perdía– como a su gusto por ciertas obras. Cuando ilustraba una que admiraba se sentía feliz.
Como todo artista, a veces también cedía a las solicitudes de sus amigos. Emile de la Bédollière, uno de ellos en el medio periodístico, le pidió que ilustrase una obra de historia que el librero y editor Georges Barba le había pedido escribir. Se trataba, ni más ni menos, de la Histoire de la Guerre du Mexique (en el que colaboró también una conocida ilustradora de la época: Janet Lange), que de aparecer en México llamaríamos, más bien, “Historia de la invasión francesa”, impresa en 1863, apenas un año después del desembarco del ejército de Napoleón III en nuestro país.
Por supuesto, Doré no viajó a México, ni entonces ni después. Y no contó siquiera con imágenes fotográficas que le permitieran hacerse una idea aproximada del paisaje o del tipo físico de los mexicanos del siglo XIX. Al igual que Julio Verne, quien escribió su Drama en México sin más idea que lo leído en dos o tres libros, Doré realizó la decena de apresuradas ilustraciones contenidas en el volumen sin más sustento que la imaginación. Por lo tanto, es literalmente fantástico que haya hecho un retrato del general Ignacio Zaragoza, y que los “gauchos mexicanos” que aparecen en otra ilustración hayan combatido a los invasores franceses. (Por cierto: los franceses jamás se ven como invasores, les resulta imposible. Contradeciría por completo el lema de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” que la revolución de 1789 acuñó para el porvenir. Según el texto de Bédollière el único interés de Francia es llevar la libertad y el orden a un país sumergido en el caos).
Y no es ésa la única obra referida a México en cuya ilustración participa Doré, pero no ha sido posible localizar la otra: Les États-Unis et le Mexique: histoire et géographie, publicada en 1862 por el cartógrafo francés Victor Adolphe Malte-Brun.
IV
Es probable que corresponda al siglo XXI apreciar con justicia la maravillosa obra de Doré. Es tan diversa que parece hecha por distintos artistas; uno, amante del paisaje bucólico y las somnolientas montañas, otro, conocedor del ritmo y de las reglas de la vida urbana. Y es tan dilatada que prácticamente no es posible conocerla en su totalidad a menos que uno se convierta en un especialista, ni tampoco acabar de comprenderla si no se intenta una aproximación a través de estudios interdisciplinarios como los que ahora se practican.
Ese es precisamente el propósito del catálogo de la exposición: los ensayos de una docena de estudiosos de su obra muestran que el legado de la imaginación de Doré es mucho más dilatado y profundo de lo que suponemos.
Por ejemplo, la cinematografía del siglo XX está llena de referencias a sus grabados. Cineastas de Europa y de Estados Unidos lo “citan” casi al nivel de una calca. Y hay ecos evidentes de obras suyas en artistas como Van Gogh y Escher.
También la historieta acusa su influjo, aunque, a diferencia de ésta, los elaboradísimos trazos de Doré no se dejan agotar a golpe de vista.
Pero no hay que confundirse: ni Doré es el Walt Disney de las imágenes sagradas, como alguien ha apuntado por allí, ni permite jamás que su obra caiga en el preciosismo o el arte decorativo. Nunca es banal.
Si en su tiempo muchos lo juzgaron como un romántico trasnochado, un artista que se habría encontrado a sus anchas a finales del siglo XVIII, hoy resulta claro que fue mucho más moderno de lo que se pensaba, y que su obra está tan viva y tan presente entre nosotros como la de muchos grandes artistas contemporáneos.








