El anhelado retorno a Iqrit

IQRIT, ISRAEL.- Hace años que el cementerio de esta localidad es insuficiente y, como se pudo, se hizo sitio sobre las viejas tumbas a los muertos que iban llegando. Todos ellos habían imaginado un retorno diferente al pueblo, una vuelta en vida con una gran fiesta para celebrar la recuperación de sus casas y de sus tierras.

Hanna Nasser, a quien todos conocen como Abu Nasser, no se resigna a correr la misma suerte: “Nací aquí y espero vivir aquí. Pero si no, mis hijos me tendrán que enterrar aquí, como yo enterré a mis padres”.

Este hombre menudo, de 76 años, enfermero jubilado y residente en la ciudad israelí de Haifa, tuvo que abandonar su pueblo a los 10 años, en noviembre de 1948. Entonces unos 600 palestinos cristianos vivían en Iqrit, en el norte de Israel, a tres kilómetros de la frontera con Líbano.

El pueblo fue desalojado por razones de seguridad meses después de la creación del Estado de Israel y todos sus habitantes se fueron con la promesa de volver en unas semanas. Pero el tiempo pasó y el pueblo fue demolido en 1951. Sólo quedaron en pie la sencilla iglesia y el cementerio. Desde entonces sus habitantes y sus descendientes, dispersados por el norte de Israel, luchan ante la justicia para regresar.

“Amamos este lugar, es nuestra tierra. No se le puede preguntar a alguien por qué ama su tierra y su casa. Es algo que está aquí, en el corazón, y nadie nos lo puede borrar”, dice a Proceso Abu Nasser, con los ojos brillantes por la emoción, ante la tumba de sus padres.

Convencidos de ser discriminados por ser palestinos y cristianos, los habitantes de Iqrit y sus descendientes enviaron en abril una carta al Papa Francisco, quien visitará Tierra Santa del sábado 24 al lunes 26 para pedirle que interceda por ellos ante el gobierno israelí, porque la comunidad “carga la cruz del exilio desde hace demasiado tiempo”.

“No queremos volver a nuestra tierra en ataúdes, sino vivos. Las injusticias que sufren los palestinos y particularmente la comunidad cristiana por parte del Estado de Israel han llevado a miles de hermanas y hermanos al exilio”, dice la misiva, refiriéndose a la emigración masiva de cristianos, que hoy sólo representan entre 2 y 3% de la población de Tierra Santa.

Nemi Ashkar, habitante de Iqrit y uno de los pilares del comité que trabaja para lograr el ansiado retorno, podría viajar a Belén para participar en una comida que el Papa compartirá con familias palestinas cristianas.

“El Papa es nuestro mejor canal de comunicación. Si puede hacer presión ante el gobierno israelí tal vez las negociaciones puedan reabrirse”, explica a este semanario.

Pueblo fantasma

El ruido de las campanas de la iglesia y el barullo de la gente saludándose antes de entrar a misa recuerda al bullicio de un pueblo cualquiera. Pero la sensación de vida es ficticia y las familias de Iqrit sólo pueden venir a lo que queda de pueblo para asistir a la misa mensual, enterrar a sus muertos o para alguna celebración excepcional.

“Mi hijo se casará en octubre en la iglesia e intentaremos hacer la fiesta aquí también”, confía Abu Nasser. “Dios mediante”, agrega, prudentemente.

Cerca del templo aún se distingue en el suelo la marca de la antigua calzada y algunos restos de casas, invadidos ya por los árboles y la maleza. Pero los pasos de Abu Nasser llevan sin titubear al lugar donde nació, hoy reducido a una pequeña montaña de piedras sobre la que toma asiento y desde la que pierde su mirada en el frondoso paisaje verde y apacible del norte de Israel.

“Recuerdo cada casa, cada camino de Iqrit. Para mí, esto no son sólo piedras”, matiza. “Si cuando estoy aquí no visito el lugar donde nací, siento que no he venido”, insiste.

En 1951 el tribunal supremo de Israel emitió una sentencia a favor del retorno de los habitantes de Iqrit, pero una nueva orden de evacuación promulgada por el gobierno impidió su retorno.

A inicios de los setenta los habitantes del pueblo fueron autorizados a volver únicamente para enterrar a sus muertos, y en 1995 una comisión gubernamental volvió a recomendar el retorno de los habitantes de Iqrit, además de una compensación económica. Pero nada fue hecho y en 2003 el entonces primer ministro de Israel, Ariel Sharon, estimó que el retorno era inviable por razones de seguridad. El caso sigue congelado.

Por ello hace dos años una docena de jóvenes, nietos de los expulsados de 1948, decidieron iniciar su particular retorno y se instalaron discretamente en torno a la iglesia. Todos ellos son árabes-israelíes que viven en ciudades como Haifa o Tel Aviv pero que, escuchando a sus padres y abuelos, aprendieron a soñar con Iqrit y quisieron recuperar un modo de vida basado en los valores tradicionales, en el cultivo de la tierra y el trueque.

Con el tiempo construyeron precarios baños y unos cubículos donde duermen e instalaron placas solares. La mayoría estudia o trabaja en Israel y se organizan en turnos para que Iqrit nunca esté vacío.

La idea romántica de recrear la vida de sus abuelos ha chocado varias veces con el ejército israelí, que ha tirado los árboles que plantan o reducido a escombros sus habitáculos, argumentando que nadie puede instalarse en las ruinas de Iqrit sin una decisión judicial.

“Tratamos de recrear un lugar y una cultura que fueron destruidos y demolidos. Nuestros abuelos eran agricultores y ganaderos que nunca tomaron un arma y que salieron del pueblo convencidos de volver. No es fácil estar aquí y resistir, pero este reto nos hace más fuertes”, explica a Proceso Walaa Sbait, de 27 años.

La misa acaba y frente a la sencilla iglesia, ya pequeña, se colocan varias reproducciones de fotos del pueblo en los cuarenta. Algunos de quienes aparecen en las fotografías aceptaron el dinero que Israel les dio como compensación hace más de 60 años y nunca más se supo de ellos.

“Mi padre recibió varias ofertas para que dejara de reclamar su casa, pero las rechazó. Ni por 10 millones de dólares vendería yo mi tierra. No se puede vender algo que se lleva en el alma”, zanja Abu Nasser.