Un dealer y un cliente intentan un comercio, una compra y una venta en un espacio que se antoja simbólico. Por el peligro que la ilegalidad implica, no se atreven a nombrar eso que buscan u ofrecen. Ambos se muestran, ocultándose, y se despegan de la cotidianidad para compartir inquietudes existenciales.
Es En la soledad de los campos de algodón donde el dramaturgo francés Bernard-Marie Koltès (1948-1989) encuentra en el impedimento de las relaciones la posibilidad de hablar sobre el deseo humano y llevarnos a ese campo que parte de lo personal para trascenderlo y aterrizar en una reflexión crítica sobre nuestra sociedad y los instintos humanos.
Daniel Bretón y Fernando Bueno, bajo la dirección de Nora Manneck, se lanzan a la experimentación escénica de este complicado texto otorgándole diversos significados e inquietantes ambigüedades. La acción y la interpretación del equipo creativo se conjugan para conseguir un interesante trabajo donde resaltan los guiños de movimiento que contrastan con la realidad, las pausas o recorridos en el escenario y el juego con un único elemento. Los actores van más allá de la belleza de los parlamentos y habitan sus personajes cargándolos de imágenes y pensamientos.
A su vez, la directora armoniza el movimiento de la violencia y de los gestos mínimos; los lleva a ciertos enfrentamientos corporales y, en otros pasajes, se desplazan a ritmos contrastantes, yendo del andar lento al baile o a la repetición de acciones.
Las luces diseñadas por Lydia Margules, colocadas a ras del suelo, marcan una diagonal que les implica a los actores una geometría de sus movimientos; otorga coordenadas y referencias espaciales consiguiendo una estética muy atractiva.
La poética de Koltès, llamado el enfant terrible, muerto por el virus del sida a los 41 años, alcanza vuelos insospechados donde la belleza es la del espanto, la del acoso o el rechazo humano. El hecho de que se aleje de lo cotidiano traslada los diálogos de los personajes a un ámbito más abstracto donde el símbolo impera. El encuentro entre un inmigrante y un transeúnte europeo lo eleva a las implicaciones del trueque humano y la imposibilidad del contacto aun cuando haya necesidades impostergables. Su visión negativa de la realidad política y social nos provoca un sentimiento de participar en el mundo de las apariencias donde los personajes nos hacen dudar de lo que realmente los mueve al relacionarse.
La soledad en los campos de algodón se presenta los sábados en el Teatro de La Capilla, fue premiada en el Festival de Teatro de la UNAM 2014 en la categoría de estudiantes dirigidos por maestros. Su punto de partida es el encuentro de dos figuras que se necesitan, que se complementan –comprador y vendedor–, pero que a pesar de todo no logran adentrarse uno en el otro. De ahí se disparan múltiples preguntas: ¿Cómo comunicarse con el otro?, ¿cómo aceptar su diferencia?, ¿es posible encontrar la forma de amarle?, o ¿es el amor sólo un comercio más, un intercambio interesado y cínico? En un mundo en que las diferencias mantienen al ser humano en continuos conflictos, ¿es posible el diálogo?, ¿es posible confiar en el otro, en el desconocido, el diferente?, ¿es posible la confianza?
Los personajes no preguntan, simplemente se muestran para que nosotros, en medio de esta incertidumbre, no sepamos qué contestar.








