Aunque estrenada en 1947 (dos años antes de la aparición del tremendo libro 1984 de Georges Orwell), la ópera El teléfono o El amor entre tres de Gian Carlo Menotti (1911-2007) es de una aterradora actualidad ya que, en materia de comunicaciones y uso del teléfono, el destino ya definitivamente nos alcanzó y la comunicación humana directa de persona a persona es cada vez menor y, cada vez mayor la que se hace a través del aparatito.
No obstante la severa crítica que encierra esta ópera, Menotti suaviza el contenido a través de la forma ya que ésta adquiere el género de comedia y, así, sin disminuir para nada el mensaje, lo hace llegar de manera amable y divertida.
Ópera de cámara estrenada en el Teatro Heckscher de Nueva York el 2 de febrero del año citado, su trama es bien sencilla ya que trata de un novio que para celebrar el cumpleaños de su novia y al mismo tiempo proponerle matrimonio, llega a casa de ésta con un piano –que incluye al pianista–, para al ritmo de la música hacer la proposición formal en un tiempo perentorio además, ya que una hora más tarde debe salir de viaje; empero, la susodicha a lo único que atiende es al teléfono y no se entera para nada de las intenciones del galán. El final es feliz, pero la dependencia del aparatito ha quedado plenamente demostrada y denunciado el mal uso de la tecnología.
Producida por un pequeñísimo grupo de amantes de la ópera L’amour à trois se presentó en cuatro funciones (lunes, martes, miércoles y jueves) consecutivas en el Teatro Helénico en una puesta verdaderamente divertida, muy bien realizada actoral, vocal y musicalmente, cuyos protagonistas fueron el barítono Josué Cerón (Ben, el novio), la soprano Alejandra Sandoval (Lucy, la novia) y al piano Andrés Sarre, jóvenes todos ellos. Aquellos con un poco de camino andado en los terrenos operísticos como Cerón, responsable también de la dirección musical, que ha tenido ya pequeñas participaciones en la Ópera de Bellas Artes, y Alejandra, ganadora de la edición XXIV del Carlos Morelli, el concurso de canto más importante del país.
La dirección de escena se encargó a la también joven María Teresa Paulín, quien realizó un montaje ágil donde prolongó el tono original de comedia llevándolo a la farsa, haciendo (y esto es un gran acierto porque con nuestros cantantes adolecemos de ello) actuar a los intérpretes sin hacerlos caer en el ridículo, riesgo que se corre constantemente en la farsa sobre todo cuando no se cuenta con actores experimentados. Buen equipo técnico todo, vestuario, luces y escenografía contribuyeron muy bien y con gran economía de medios, cosa que debe subrayarse, al buen resultado de este esfuerzo que merece todo el reconocimiento y, sobre todo, la asistencia de público las próximas veces que se presente.
Musicalmente no fácil esta pequeña ópera del también autor entre otras de Amahl y los visitantes nocturnos y La medium; muy grato y auditivamente correcto fue el desempeño de los cantantes (ella tiene que llegar incluso a la coloratura) y el pianista. Bien por “aventarse” a esta aventura operística.








