Con motivo de un aniversario luctuoso más, Mircea Eliade, el célebre historiador de las religiones, sigue siendo objeto de estudio y polémica en el mundo académico por sus veleidades juveniles, cuando simpatizó con la Guardia de Hierro en su natal Rumania. Pero aun cuando se le señalen esos pasajes oscuros de su vida, su itinerario intelectual plasmado en decenas de libros especializados en religiones comparadas, obras de teatro, novelas y ensayos rebasa las parcelas ideológicas.
Nacido en Rumania, un país sojuzgado durante décadas por Rusia-Alemania-Unión Soviética, el pensador Mircea Eliade (1907-1986) siempre buscó remontarse a los orígenes de la vieja cultura dacia para redimensionar su mundo y el entorno donde vivió hasta la década de los cuarenta. Desde el principio vio en los campesinos rumanos ese apego a su tierra y a las tradiciones que los acercaban al cristianismo cosmogónico, más que a la historia de penurias que los atenazaba. Y desde joven comenzó a plasmar su pensamiento en cuentos, novelas, artículos periodísticos y en sus monumentales tratados sobre religiones comparadas.
En abril de 2007, durante el centenario de la muerte de Eliade, su compatriota Catalina Elena Dobre participó, aquí en México, en un encuentro donde se le homenajeó y se recordó su itinerario intelectual. Según ella, Eliade se empeñó en buscar la recreación de una ontología originaria, pues, decía, en esencia somos herederos del homo simbolicus, del homo religiosus, de ahí la necesidad de recuperar lo sagrado.
“Eliade nace en un momento de rebelión –expuso Dobre–, vive las experiencias de las dos guerras mundiales, es víctima de las experiencias totalitarias de Rumania, vive el exilio, la miseria y muere en un momento cuando se pensaba que para Rumania no existía esperanza. Así que Eliade vive la historia como terror… La pregunta que surge en el pensamiento de Eliade es: ¿Cómo se relacionan los hombres como individuos o las comunidades, ante los cambios de la historia? La única respuesta es: a través de la religión. Y dice Eliade atinadamente que el origen de toda cultura es la religión, el fenómeno religioso; y la salvación frente a los cambios es el regreso a la ontología originaria.
“… La ontología originaria se centra en un tipo de hombre que se desplaza en el horizonte de la repetición. Sus actos son una continua mímesis de un acto inicial que se encuentra en un ab origine del mundo, es la reactualización de un mito…”
El texto de Dobre, doctora en filosofía por la Universidad Alex I Cuza de Rumania, se encuentra en el libro Mircea Eliade. Símbolo de la cultura universal. En comemoración del centenario de su natalicio (1907–1986), compilado por ella misma y Rafael García Pavón. Editado por Corinter en 2008, el volumen de 161 páginas incluye las ponencias de los participantes en ese homenaje realizado en la Universidad Anáhuac. Entre ellas destacan las de Manuela Vulpe, la diplomática rumana acreditada en nuestro país y la de José Antonio Hernández García, especialista en la obra de Eliade; además incluye textos de éste publicados por primera vez en México; un guión de teatro del propio homenajeado sobre el escultor Constantin Brancusi, su compatriota, y un artículo de Sergio Vila -Sanjuán, retomado del periódico español La Vanguardia.
A su vez, el 20 de marzo último apareció la edición No. 64 de Elementos. Revista de metapolítica para una civilización europea, dedicado completamente a Eliade, de cuya muerte se cumplieron 28 años el 22 de abril pasado. Se trata de un dossier en que se recuperan 14 textos ya publicados sobre el controvertido pensador rumano.
El primero de ellos es una detallada bibliografía comentada de la producción intelectual de Eliade que elaboró Hernández García en 2003 para El Colegio de México, institución que conoció el propio Eliade cuando visitó nuestro país en 1965. Los otros son de Pedro Gómez García, Ioan P. Coulianu, Claudio Mutti, Sergio Fritz Roa, Luis de León Barga, François Chirpaz, Margarita Ossorio Menéndez, Nataly Nikonovich, José Antonio González Alcantud, Hugo Basile, Enrico Montarani, Pedro Jesús Pérez Zafrilla y Constantin Sorin Catrinescu.
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Bajo el título El eterno retorno de Mircea Eliade, el dossier incluye artículos polémicos sobre los devaneos políticos, ideológicos y literarios del autor de Lo sagrado y lo profano, Historia de las creencias y las ideas religiosas, La búsqueda e Historia y sentido de las religiones, y de sus desencuentros con los antropólogos y algunos académicos y literatos que cuestionaron sus ideas, e incluso lo acusaron de antisemitismo, tema que aún sigue causando polémica.
Gómez García destaca sus aportes teóricos en el estudio de las religiones comparadas y de su triple método de análisis: histórico, fenomenológico y hermenéutico, lo que lo enfrentó, escribe, con Marx, Nietzsche y Freud, los “maestros del reduccionismo”; Coulianu lo reconoce como mistagogo –sacerdote, maestro, guía espiritual–; Mutti habla de sus coqueteos con la Guardia de Hierro, la organización fascista con la que Eliade simpatizó durante algún tiempo; Fritz Roa aborda el paisaje espiritual y trae a colación las tribulaciones del joven que sufría porque su patria era pequeña y porque, decía, “los pequeños terminan siempre por ser aplastados. Por eso elegí el modelo de los profetas”.
Chirpaz elogia los trabajos teóricos de Eliade:
“El hombre religioso no es el que vive todavía en su edad infantil; es el hombre en su totalidad e integridad que, por una parte, reconoce en lo sagrado la dimensión esencial en la cual todo lo que existe viene a la vida y permanece en ella… Es la historia la que engendra el terror e incita a salir de lo irreversible, la verdadera situación-límite en la que el hombre se ve llevado a buscar y reconocer una realidad que supera el devenir destructor porque ella misma está fuera de él. La experiencia a partir de la situación-límite, es a la vez experiencia del carácter efímero del hombre y de lo que le dirige hacia una realidad más esencial.”
Nikonovich, por su parte, profundiza en “el paradigma del mito-ontológico” y de su “significación metodológica” de su lucha por “reencantar un mundo en crisis:
“Imágenes, símbolos, mitos no son creaciones irresponsables de la psique; responden a una necesidad y llenan una función: dejar al desnudo las modalidades más secretas del ser. Por consiguiente, su estudio permitirá un mejor conocimiento del hombre: del ‘hombre sin más’, que todavía no ha contemporizado con las exigencias de la historia. Cada ser histórico lleva en sí una gran parte de la humanidad anterior a la Historia.”
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Conviene detenerse en el artículo de Nikonovich por las puntualizaciones que hace sobre un punto nodal: la relación de Eliade con personajes singulares como Carl Schmitt, el controvertido jurista y politólogo a quien muchos consideran el padre del sistema jurídico del tercer reich.
La investigadora afirma, por ejemplo, que en 1941 Ernst Jünger, el singular pensador alemán de Las tormentas de acero, La movilización total y El emboscado, puso en contacto a Eliade –pretendidamente discípulo del pensador metafísico René Guénon– con Schmitt. Por entonces, según Nikonovich, Eliade era funcionario de la embajada rumana en Berlín –el dato es erróneo, pues Eliade estaba en la legación de Portugal en Lisboa.
Como sea, ella toca un tema controversial, que también abordó en 2007 la embajadora rumana Manuela Vulpe en su exposición de la Universidad Anáhuac. En esa ocasión la diplomática expuso:
“Eliade conoció y conversó en varias ocasiones con Carl Schmitt, el notable teórico del realismo político del siglo XX, así como uno de los grandes constitucionalistas europeos. Y es interesante constatar que, tanto para el politólogo como para el historiador de las religiones, el valor de los símbolos era fundamental para explicar el estilo de vida de la modernidad, sin desconsiderar sus necesarias implicaciones psicológicas. Schmitt publicó hacia el final de la Segunda Guerra Mundial su libro Mar y tierra, en donde habla de las concepciones políticas y jurídicas inherentes a ambos entornos vitales. Este libro fue una referencia fundamental para la mayoría de los teóricos del jus gentum europeum. Eliade conversó con él acerca del simbolismo acuático, y le proporcionó referencias histórico-etnográficas para otro libro de Schmitt: El nomos de la tierra. Según confiesa Eliade mismo, Schmitt estaba convencido de que la guerra depuraría a los pueblos y los haría superar los estrechos nacionalismos, así como el nacionalismo doctrinario, tan en boga entonces.”
Ese punto crítico también es señalado por Vila-Sanjuán en su artículo “Paseo por el Bucarest de Mircea Eliade”, cuando cita al sobrino de Eliade:
“(Sorin) Alexandrescu mantiene una relación de cariñosa distancia con la obra de su célebre tío. Le cuesta entender, por ejemplo, cómo Eliade y el politólogo alemán Carl Schmitt podían discutir tan tranquilos sobre el ‘simbolismo acuático’ en Berlín, mientras la aviación aliada bombardeaba la ciudad.”
Pero, por muy extraño que parezca, así fue. Schmitt, en ese entonces, estaba marginado. Derrotado el sueño milenario de Hitler, se dedicó a recapitular y escribió ese par de libros, lejos ya de los afanes de barbarie que envolvió al tercer reich. Como telón de fondo se erige Eliade, quien, años después, en 1959, fundó con Jünger la revista Antaios, dedicada a la difusión de material relacionado con mitos y folclor. ¿Quien puede descalificar a Eliade por trabajar al lado del guerrero trashumante que sobrevivió a las dos guerras y desde las trincheras nos legó esas singulares figuras metafísicas del anarca y el emboscado y durante décadas reivindicó para sí el estatus de guerrero fraguado en el fuego de Vulcano?
En su bibliografía comentada, Hernández García desliza este sutil comentario, a partir de lo que escribió Eliade en los artículos compilados en El vuelo mágico:
“Si quieres que la bala enemiga conserve tu vida en medio del fuego del combate, cuida de la limpieza de tu cuerpo y ve a la guerra con la misma santidad con la que vas a recibir los siete sacramentos, como cuando vas a comulgar con el cuerpo y la sangre de Cristo.”
Piénsese de nuevo en Schmitt y Jünger y en las experiencias límite.
Valgan estos acercamientos para reivindicar a Eliade. Pese a las controversias, su figura se agiganta. Todavía hay varias capas que impiden conocer su figura a cabalidad. Falta tener en español, por ejemplo, sus artículos legionarios, donde el rumano escribe sus experiencias como simpatizante de la Guardia de Hierro o la Legión de San Gabriel, sus epistolarios con sus compatriotas como Vintila Horia y Constantin Noica (quien padeció un indecible “exilio interior en Rumania”), sus aventuras metafísicas con Ernst Jünger, con Carl Gustav Jung, su relación con Coulianu, quien terminó por ser su discípulo dilecto después de que denunció por primera vez sus tendencias fascistas.
Por lo pronto, quedan estos acercamientos a la obra de este pensador singular, el más grande de los rumanos contemporáneos a 28 años de su muerte. Su drama fue, por citar a su coterráneo Emil Cioran, haber caído en las garras de la historia.








