A cien años de la brutal invasión yanqui a Veracruz

Dos destacados estudiosos abocados a la investigación de temas mexicanos, el antropólogo Gilberto López y Rivas y el historiador Ricardo Pérez Montfort, además de comentar la edición especial de Proceso Evocación gráfica de 1914. La ocupación yanqui de Veracruz, analizan con detalle la esencia del desembarco estadunidense hace un siglo, para señalar el papel heroico que jugó la población ante “la demostración de soberbia y fanfarronería” de los invasores en “una de las acciones más deplorables del imperialismo estadunidense”.

La conmemoración por el centenario de la invasión de Estados Unidos a Veracruz, ocurrida el 21 de abril de 1914, se está realizando en las peores condiciones de la historia patria de México, lamenta el antropólogo Gilberto López y Rivas, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH):

Con una política entreguista que ha permitido a “otros invasores” (como los canadienses) posesionarse –“sin haber disparado un solo tiro”– de más de un tercio del territorio nacional para explotar las minas, lo mismo augura que ocurrirá con el petróleo, la electricidad y hasta el agua, como sucede ya con las líneas de ferrocarril vendidas a la compañía estadunidense Kansas City Southern por el gobierno de Ernesto Zedillo.

El autor del libro La guerra del 47 y la resistencia popular a la ocupación, publicado por Ocean Sur, coincide con el historiador Ricardo Pérez Montfort, investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), en destacar el papel del pueblo veracruzano en la defensa del territorio y la soberanía nacional.

Ambos comentan la edición especial 45, Evocación gráfica de 1914. La ocupación Yanqui de Veracruz, publicada por Proceso en el marco del centenario, que reúne una selección de imágenes del Fondo del Sistema de Fototecas del INAH y dos ensayos de los investigadores Arturo Guevara Escobar y Mayra Mendoza Avilés.

 

Lucha desigual

 

El historiador Ricardo Pérez Montfort ha abordado el tema de la ocupación yanqui en Veracruz en textos como el incluido en su libro Cotidianidades, imaginarios y contextos: Ensayos de historia y cultura en México, 1850-1950, publicado por el CIESAS.

Al comentar la edición especial fotográfica de Proceso, envía por correo electrónico un extracto de su ensayo “La invasión a Veracruz en 1914. Aproximaciones a la vida cotidiana de un puerto ocupado”, en el cual describe que Veracruz, por ser la entrada principal a la entonces joven nación mexicana, fue víctima de diversas invasiones durante el siglo XIX. Una de las más crueles fue la del año de 1847 por parte de Estados Unidos, a cargo del general Winfield Scott, quien “perpetró uno de los bombardeos más brutales de la historia de la humanidad hasta entonces”.

Refiere que la invasión de 1914 se dio mientras huertistas y carrancistas luchaban entre sí al tiempo que buscaban el apoyo de alguna de las principales potencias extranjeras. Y si bien Victoriano Huerta lo había recibido por parte de Estados Unidos, durante el gobierno de Theodore Roosevelt cayó de su gracia al llegar al poder Woodrow Wilson.

Y cita a Alan Knight, quien en su libro La Revolución Mexicana, menciona que el coronel House planteó a Wilson “que se mantuviera firme y abriera el camino a un nuevo y mejor código de comportamiento internacional… Si México entendía que nuestros motivos no eran egoístas, no objetaría a que le ayudáramos a poner orden en la casa…”.

El ya famoso incidente en Tampico, sigue su relato Pérez Montfort, donde se arrestó y liberó a unos marinos estadunidenses desencadenó lo que culminó con el desembarco de las tropas de Frank Fletcher el 21 de abril de 1914. En dos días desembarcaron cerca de 7 mil soldados en el puerto.

Explica también, como se cuenta en el número especial, que los yanquis interceptaron al barco alemán Ipiranga (el mismo que llevó a Porfirio Díaz al exilio), donde se traía armamento para el gobierno de Victoriano Huerta.

Y agrega: “La ocupación yanqui del puerto de Veracruz fue una de las acciones de guerra más fotografiada y filmada, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. La propia Revolución Mexicana ya formaba parte de casi todos los noticieros gráficos del momento, sin embargo la invasión al puerto jarocho logró una cobertura extraordinaria. Varios fotógrafos y cineastas se ocuparon de ella. Entre estos últimos, el testimonio de Victor Milner fue muy revelador porque mostraba cómo se hacía la noticia cinematográfica:

“Me dediqué a recorrer la ciudad de Veracruz  y encontré a un amigo de los Estados Unidos, era oficial del ejército. Trabajaba en relaciones públicas y estaba ansioso de obtener buena publicidad para la Marina. Reunió a algunos comandantes y entre todos montaron para mí la más extraordinaria repetición de la toma de la aduana… dijeron que había sido mucho mejor que la original…”, cita el historiador.

Pérez Montfort menciona algunos de los fotógrafos que dieron la nota de lo que aconteció en Veracruz, entre ellos Ponciano Flores Pérez, Walter P. Hadsell, la Casa Miret, Hugo Brehme y Samuel Tinoco, cuyas imágenes no sólo dieron la vuelta al mundo sino que generaron “el repudio casi unánime hacia el intervencionismo estadunidense”.

“La colección de fotos que muestra el volumen preparado por Proceso a cargo de Arturo Guevara Escobar y Mayra Mendoza no sólo resulta elocuente en cuanto a la barbaridad de los acontecimientos que estuvieron a un paso de producir una guerra internacional en el continente americano, sino que dan fe de una de las acciones más deplorables del imperialismo estadunidense. La demostración de soberbia y fanfarronería de los poderosos contrasta brutalmente con las imágenes de la resistencia. Los cuerpos muertos de las víctimas yacientes al pie de los soldados y marines arrogantes retratan la muy desigual correlación de fuerzas. Las tomas de los ‘blue jackets’ invasores en su cotidianidad, prácticamente desconectados de la población local, evidencian el carácter intrusivo de su presencia en el puerto.

“Tan impactante resultó la invasión que no tardaron en surgir las reacciones con el fin de negociar su salida inmediata. Lo mismo se acudió a los medios diplomáticos que a los de la movilización popular. De toda esa tensión dan cuenta las imágenes, entre las notas gráficas de los periódicos y los testimonios visuales de la indignación.”

En opinión del historiador, las fotografías muestran también a la “muy pobre marina mexicana”, durante la desocupación del puerto en noviembre de 1914 y “el regreso de la bandera nacional al asta del Palacio Nacional evidencia dos paradojas: una que muestra lo absurdo de la prepotente acción estadunidense, y otra que revela la impotencia del patrioterismo mexicano. Ambas pueden constatarse en estos versos populares”:

 

Qué gringos tan desgraciados

cómo se han vuelto malhoras

porque traen locomotoras

transportes y acorazados.

A mí me caen muy pesados

con eso del borlotito

porque onde le entren tantito

y les dé por avanzar…

ya se les puede voltear

el chirrión por el palito.

 

En el texto de su libro explica que son las décimas tituladas “Los gringos en Veracruz”, fueron compuestas por don Rómulo Simeón Terán, un versador de la cuenca del Papaloapan:

“La versada demostraba la vigencia inequívocamente del resentimiento popular, claramente capturado en los refranes que cierran cada uno de los cuerpos decimarios.”

Entre ellos, pueden citarse: “Por aquí vendrán por lana para salir trasquilados,/ pobres gallos de Tepeaca grandotes y correlones,/ aquí nadie nos espanta con el petate del muerto,/ no se hizo nunca la miel para la boca del asno.

 

Falta de dignidad

 

Para López y Rivas las imágenes de la edición especial sobre la invasión yanqui dan cuenta de la participación popular, aunque sea un aspecto que no se enfatiza en los textos de Guevara y Mendoza. Señala que una constante en la historia de las intervenciones en México ha sido la defensa del territorio y de la soberanía nacional por parte de la población civil, no de los militares.

Salvo en la invasión francesa de 1862, donde la situación fue “muy distinta porque está un presidente como Benito Juárez que sí defiende la dignidad y el decoro nacional a través de ejércitos”, en los otros casos el ejército regular se repliega, abandona la plaza, y deja a los invasores tomar las ciudades.

Discrepa con el historiador de la fotografía Arturo Guevara Escobar, quien en su ensayo “Cuando Wilson quiso gobernar México”, afirma que el ejército de Victoriano Huerta, comandado por Gustavo A. Mass, no podía desalojar a los estadunidenses porque “estaba luchando contra los carrancistas y demás grupos rebeldes”. Para López y Rivas abandonó Veracruz a su suerte al irse al pueblo cercano de Tejería e incluso Mass olvidó ahí “sus condecoraciones, su espada y la bandera de la agrupación militar que comandaba”.

En cambio intervinieron los cadetes de la Escuela Naval Militar, en un hecho que se compara con el de la defensa del Castillo de Chapultepec de los Niños Héroes. Murieron en esa batalla José Azueta, Virgilio Uribe, Jorge Alacio Pérez y Benjamín Gutiérrez. El antropólogo investigó particularmente el caso de Azueta:

“Es muy distinguido. Él –prácticamente al descubierto–, protegido por un poste, combate con una ametralladora y es herido. Y (el almirante Frank) Fletcher le manda a su médico personal y él le responde: ‘De los invasores, no quiero ni la vida’. Es una de las frases más bellas de la historia de México, llena de derrotas, pero con frases muy emotivas.”

Al recordar que cuando fue diputado federal logró que se inscribiera en el “famoso muro de honor, que de honor no tiene nada”, la leyenda “A los defensores de la patria 1845-1848” (y algunos diputados priistas se opusieron porque su argumento fue justo que el ejército había abandonado a la población, pese a que Antonio López de Santa Anna había jurado defender la ciudad casa por casa), insiste en que el pueblo ha sido el verdadero baluarte de la soberanía.

Por esa razón considera que el Museo Nacional de las Intervenciones del INAH, ubicado en el antiguo convento de Churubusco, en Coyoacán, debería ser el Museo de la Resistencia Popular contra los Invasores. Él propuso, igual cuando fue diputado, que el 21 de abril fuera declarado Día de la Resistencia Popular contra los Invasores, pero no lo logró.

Y relata que en alguna ocasión en los años ochenta del siglo pasado, fue con “una bola de chilangos” a hacer una manifestación en Veracruz, en la cual recorrieron los lugares donde combatió Azueta y terminaron en el consulado de Estados Unidos en el puerto. Los propios veracruzanos se sorprendieron porque no hay nada que evoque su resistencia de hace cien años y muchos desconocen los hechos históricos.

“Los jarochos han de haber dicho: ‘¿Y a estos qué les pasó?’ Siempre he tenido la idea de que el tratamiento del 21 de abril es la exaltación total de los individuos en lugar de los pueblos, y de los militares en lugar de los civiles.”

Lamenta que incluso en la ceremonia de este año, encabezada por los ejecutivos federal, Enrique Peña Nieto (a quien considera un colaboracionista); y estatal, Javier Duarte, se hablara de la reforma energética cuando el acto principal era la conmemoración del cien aniversario de la resistencia popular contra los invasores.

Además, en sus discursos se refirieron fundamentalmente a los militares. Los monumentos que existen son para los militares, “para los civiles que combatieron no existe uno solo”, combatientes como el carpintero Andrés Montes Cruz o los integrantes de la colonia española, los presos y los presos políticos de San Juan de Ulúa, no tienen reconocimiento.

El investigador subraya que la resistencia popular no se limitó a los días de la batalla armada, se mantuvo a lo largo de los siete meses de ocupación. Como López y Rivas vivió en Veracruz en su infancia, tuvo oportunidad de recoger hace tiempo diversos testimonios. Se cuenta, por ejemplo, que cuando los yanquis iban a la zona roja eran asesinados, “y no se tiene noticia de ello, se da por hecho que la gente se conformó y que hasta llegaban a decir ‘qué bueno que nos conquistaron’, cuando la resistencia continuó”.

Otro hecho que relata es el de la profesora Elenita del Toro, directora de los profesores en Veracruz, a quien le ordenan reabrir las escuelas, porque estaban cerradas y se daban clases en las casas. Ella les responde que no las abrirá a los invasores. Como los maestros no habían cobrado, la maestra va a buscar a Venustiano Carranza a Orizaba, forma a la tropa y les pide dinero. A su regreso, asaltan el tren, que tenía asientos de mimbre, ella prefiere entregar sus joyas a los asaltantes pero esconde el dinero en uno de los asientos y logra llegar con él para repartirlo a los maestros.

Frente a esos hechos, reprueba, siempre ha habido colaboracionistas. En 1847, por ejemplo, hubo gente que pedía a los léperos que defendieron la Ciudad de México, que ya dejaran de manifestarse contra los invasores o quienes organizaron el llamado brindis del Desierto de los Leones para los yanquis. La burguesía, agrega, siempre ha sido colaboracionista y abandona al pueblo.

Y menciona que en Veracruz tuvo una maestra a la que recuerda como la viuda de Posada. A ella le dio un soplo en el corazón por la invasión de 1914. Por eso, confiesa, le dolía la idea de que no se recordara el hecho y decidió publicar un texto en el periódico La Jornada el 21 de abril pasado.

“Era una maestra nacionalista antiyanqui a morir, toda esa dignidad, ese decoro, ya no existe. Recordemos que Felipe Calderón fue a rendir homenaje en el cementerio de Arlington (en mayo de 2010), donde están los soldados que invadieron Veracruz. Es, verdaderamente, la ceremonia más vergonzosa que puede existir en la historia de nuestro país: Que un presidente mexicano rinda honores a los soldados que nos invadieron.”

En su opinión la intervención se lleva a cabo ahora de otras maneras, menciona el espionaje como ejemplo, y a la llamada Oficina Binacional de Inteligencia, que se instaló desde agosto de 2010 en Paseo de la Reforma, cerca de la Embajada de Estados Unidos, con la venia del mismo Felipe Calderón.