Las claves del separatismo

Detrás de los afanes separatistas en Donetsk y Lugansk existen factores socioeconómicos: durante los años noventa eran las regiones más prósperas de Ucrania; hoy se encuentran en crisis y en ellas se han arraigado el desempleo, la pobreza y la desigualdad social. El abandono por parte de las autoridades de Kiev y medidas recientes tomadas por el gobierno surgido de la revolución de Maidan –como quitarle al ruso su condición de segunda lengua oficial– atizan la revuelta. Al parecer, el referéndum separatista programado para este domingo 11 reflejará la frustración y el enojo que prevalece en la mayoría de sus habitantes. 

 

KIEV.- “Me importa un rábano lo que diga Kiev”, afirmó Alla Kiryazeva a finales de febrero pasado, cuando arribaba al aeropuerto de la capital ucraniana, pocos días después de las primeras revueltas en Crimea y todo el oriente de Ucrania.

Originaria de Krivói Rog (sureste ucraniano) y afincada en Nueva York desde hace una década, Kiryazeva regresaba a su patria para dar algo de ánimo a su familia. “Mi madre, que es una jubilada, no podría sobrevivir si no fuera por el dinero que le enviamos mi hija y yo, que hemos tenido que emigrar a Estados Unidos por culpa de la ineptitud de Kiev”, explicaba entonces.

Este domingo 11, en tanto, tendrá la oportunidad de manifestar su descontento en un referendo secesionista que puede quebrar, nuevamente, la integridad territorial de dicha nación europea.

La ira que campea en Ucrania del este tiene raíces profundas. Según el informe Regional inequalities in Ukraine, publicado a finales de 2013 por la politóloga Yelizaveta Skryzhevska, el oriente ucraniano fue la región más afectada por la crisis económica de los años 90, cuando el país sufrió el mayor derrumbe en la producción de todos los países exsoviéticos (una caída de 45% entre 1991 y 1998).

“En la época soviética, la mayoría de la población en el este trabajaba en el sector minero (en la provincia de Donetsk) y en la industria pesada (en Luhansk, Zaporiyia y Dnipropetrovsk). Pero en los años noventa muchas de esas fábricas fueron cerradas, lo que empeoró las condiciones de vida en toda la región”, explica Skryzhevska.

Los datos elaborados por esta analista, a partir de estudios del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), exponen la situación de una forma muy gráfica. Muestran que, entre 1994 y 2001, las industrializadas Donetsk y Lugansk pasaron de ocupar el primer y el tercer lugar en la lista de las provincias ucranianas con un mayor Índice de Desarrollo Humano (IDH) a los puestos 26 y 27: el peor nivel de todo el país.

Así, la fisura económica divide a Ucrania. El este sigue siendo el pulmón industrial del país, pero los beneficios de ello se reparten de forma desigual.

 

Las dos Ucranias

 

A pesar de que no hay datos recientes de las autoridades locales sobre fenómenos como el desempleo y la pobreza, organismos como el PNUD dibujan un panorama social depauperado en el oriente de Ucrania. Ahí se registran “bajos índices de esperanza de vida y altas tasas de mortalidad infantil” por la “extremadamente alta contaminación ambiental” y un entorno donde arraigaron el alcoholismo, la drogadicción y la criminalidad.

Un caso arquetípico lo presentan las minas de carbón de la cuenca del río Donets, que figuran entre las más peligrosas del mundo. Allí las condiciones laborales de los mineros son trágicas: en 2014 han fallecido unos 20 obreros y en 2007, por ejemplo, sumaron 100. Además, este sector es uno de los más expuestos a las pugnas entre Moscú y Kiev.

“Muchas empresas del este temen la quiebra, pues sus clientes históricos son los rusos y ya ha habido cancelaciones de pedidos”, cuenta el economista ucraniano Alexánder Narbut. Esto remite a los planes del Fondo Monetario Internacional (FMI) para la nación centroeuropea, que “recomiendan” la eliminación de los subsidios gubernamentales.

En una situación parecida están las otras industrias del este. En marzo pasado Europa canceló los arancelas a las importaciones ucranianas, pero esto no solucionó el problema. La Unión Europea es el segundo socio comercial de Ucrania, pero el primero es Rusia, país al que los ucranianos le venden 26% de sus exportaciones y al que le compran 32% de los productos importados. Este hecho demuestra la existencia de dos Ucranias, según Narbut: “En el oeste y centro hay menos inquietud. Allí la economía se apoya mucho en la producción y exportación de cereales, gran parte de los cuales va a Europa”.

En el este, no obstante, hay dinero. Ahí todavía se genera una quinta parte de la producción industrial del país gracias al hierro y el carbón. Y lo deja en claro el analista económico Dmytro Boyarchuk, director del Instituto CASE de Kiev: “El salario medio de las personas que viven en el oriente es más alto que en el resto del país”. La razón de esto, empero, es la desigualdad: los obreros ganan sueldos bajos mientras que existen personas como Rinat Akhmetov, el hombre más rico de dicha nación, que tiene un patrimonio de 12 mil millones de dólares conseguido gracias a inversiones en la construcción, los medios de comunicación y la metalurgia. También es el dueño del impresionante estadio de futbol del Shaktar FC.

 

Guerra de oligarcas

Estas circunstancias abonan a la hipótesis de que atrás de la pugna en el este del país hay una guerra de oligarcas. “Se puede argumentar que esto es cierto porque, en la actualidad, la posición política de Akhmetov (sobre la secesión de todo el oriente) es muy ambigua. Y esto se debe a que (el potentado) teme que las nuevas autoridades prorrusas del este tomen algunas de las propiedades que tiene en la zona”, asevera Boyarchuk.

Más compleja es la trama que amalgama intereses económicos y políticos en Donetsk. De hecho, esta zona también es la patria del depuesto presidente ucraniano Víktor Yanukovich, quien abandonó forzosamente el poder tras más de tres meses de protestas callejeras en Kiev y que ahora vive en la ciudad rusa de Rostov, cerca de la frontera con Ucrania.

Allí han huido otros oligarcas ucranianos e integrantes del Partido de las Regiones, que lideraba precisamente Yanukovich. Entre éstos se encuentran Vitaliy Zajarchenko, exministro de Interior de Ucrania; el exprocurador general de Ucrania, Viktor Pshonka, y el multimillonario Yury Ivanyuschenko.

De todo esto sabe poco o nada el ciudadano de la calle, el cual está furioso con las autoridades de Kiev porque desconfía de los frutos de Maidan (la corriente europeísta en Ucrania) y ve con rabia, entre otras cosas, que se le haya quitado al idioma ruso el estatus de segunda lengua oficial en zonas con un alto porcentaje de rusoparlantes.

De este modo, la decisión de proseguir con el referendo después de que el presidente ruso, Vladimir Putin, dijera el miércoles 7 que era mejor aplazarlo, fue una sorpresa incluso para muchos separatistas, quienes desde hace semanas viven un estado de guerra.

“Yo quiero la federalización de Ucrania, no la independencia”, puntualiza Olexánder, un vecino de la ciudad. “En Donetsk, la situación es de calma tensa, pero, a poca distancia de aquí, es el infierno. No se puede vivir así”, contó I. O., una joven estudiante que pidió el anonimato por temor a represalias.

No es nada claro que se encuentre una solución rápidamente. Según diversas fuentes, de hecho, están surgiendo grupos proucranianos armados no autorizados por el gobierno de Kiev, que se organizan para enfrentar las actividades de los prorrusos.

“El problema es que algunas personas no fueron aceptadas en los cuerpos oficiales por diferentes cuestiones, pero aun así han decidido integrar grupos que se involucran en la lucha contra los prorrusos”, explicó una fuente.

 

En la psique

Son las nueve de la noche. Las calles se vacían. Donetsk, a pesar de su antigua fama de ciudad juvenil y de diversión, se acuesta temprano. Son tiempos revueltos. A dos meses del inicio de la pugna con Rusia, los rumores y la desconfianza son cotidianos en la Ucrania de hoy. Incluso entre la comunidad extranjera. “He venido para sacar a mi pareja del país, pues la guerra civil se avecina. En el trabajo ya le han dicho que no vaya por unos días”, cuenta Paolo, un italiano especialista en informática. Lo mismo ocurre en Kiev. “¿Qué hago durante el día? Leo las noticias y espero”, afirma Alek, un estudiante ucraniano de origen armenio.

La crispación crece a medida que la radio y la televisión sueltan sus informaciones. Delante de la Rada Suprema (el Parlamento ucraniano), cuatro jóvenes de la Guardia Nacional custodian el edificio, vestidos con chalecos antibalas y botas militares. Las armas están cargadas y son de grueso calibre. Los rostros son de ansiedad.

A pocos kilómetros del aeropuerto internacional de Borispil, el principal de Kiev, 20 sacos de arena y cuatro vehículos militares conforman un retén que hasta hace unos días no existía.

No es el único. Otros ocho puntos de revisión, custodiados por las fuerzas regulares de la policía ucraniana y las autodefensas de Maidan, han sido colocados por todas las vías de acceso a la capital, una urbe que se siente bajo asedio pese a que el conflicto esté a centenares de kilómetros. “Es culpa de los terroristas”, explica Igor, un taxista que a diario recorre la ruta.

En la estación de trenes, las pantallas parpadean sin parar, mientras un puñado de personas se queja frente a las boleterías. La mayoría de los trenes que van hacia el este están retrasados. “Es que tienen que ir por vías secundarias para no pasar por las zonas en manos de bandidos”, explica una empleada de la empresa. Los viajeros la miran con vacilación. No saben cuál sea la verdad.