El programa de la Muestra de la Cineteca, que continúa en el área metropolitana, remata con Un toque de pecado (Thian zu ding; China, 2013) de Jia Zhangke; relato global sobre cuatro individuos tratando de descifrar el rol que les corresponde vivir en la nueva cultura del capitalismo feroz.
A diferencia de directores de la generación anterior como Zhang Zhimou o Chen Kaige que han diluido su postura crítica, Jia Zhangke, el director más destacado de la llamada Sexta Generación –corriente que gracias a la revolución digital se arriesgó a mostrar la realidad urbana en China de las dos últimas décadas–, ha sabido resistir a la cultura del poder, y ha radicalizado su postura. Si en su trabajo anterior pesaba el manejo distanciado de su técnica documental y la oscuridad de sus elipsis, ahora acusa de manera explícita, como si no pudiera contener más la ira. La sangre salpica la pantalla.
Las cuatro historias, entrelazadas por la movilidad de los protagonistas por cuatro provincias de territorio chino, están inspiradas en notas rojas de casos muy sonados que el público chino identifica fácilmente. Un minero (Jian Wu) pide cuentas al enriquecido cacique del pueblo y a sus cómplices; la empleada de un salón de masaje se defiende del abuso de uno de los clientes; un hombre viaja para cometer atracos; un joven de 21 años se ve triturado por las nuevas reglas que aplican los dueños de fábricas. Cada uno padece humillación y maltrato, ninguno sabe cómo reaccionar ante el despotismo y la idolatría de la riqueza; cada uno lleva una bomba de tiempo en la cabeza.
Como en los westerns clásicos, la soledad de estos desesperados contrasta con la vastedad del paisaje; pero aquí el horizonte de la impotencia está dibujado por zonas urbanas inhóspitas, colosales desarrollos de construcciones, paisajes a medio camino entre pueblos que se desbaratan y zonas de modernidad apabullante. La constante reconfiguración del paisaje funciona como metáfora de la situación política que el realizador mantiene en la mira. La imagen del western no es nueva en la cinematografía china, la generación anterior la utilizó de forma espectacular (Tierra amarilla, Ladrón de caballos); visualmente el paisaje chino se presta, junto con la noción de territorios sin ley. Pero Jia descubre una nueva forma de aplicar la estética del western: la ópera china.
Al principio y al final, Un toque de pecado queda acotado por una representación del espectáculo de la ópera china; vehículo tradicional que conjunta diferentes artes y temas de la cultura china, entre ellos el de la injusticia y la tiranía. La clave del estilo visual de Jia Zhangke, quien comenzó estudiando artes plásticas, es justamente la escenificación operística. La influencia del western o del neorrealismo en su cine adquiere su verdadero sentido si se mira dentro de los cuadros plásticos que Jian compone.
Un toque de pecado (alusión a la clásica de kung fu Un toque de Zen) es una enorme maqueta que ambiciona representar a la China actual. El tigre, presente en la tela que envuelve una escopeta, o el dragón que aparece en la escena de las serpientes que rodean los pies de la actriz Tao Zhao, esposa y colaboradora del director, son símbolos chinos de poder y transformación.








