Los santos padres

No se cumple aún el lustro de que el sufrido país de Libia fue arrasado por la OTAN y su líder Gadafi ejecutado. Sarkozy, a la sazón presidente de Francia, externó sobre él un veredicto sádico: sic transit gloria mundi (así de efímera es la gloria mundana). Y se quedó tan orondo. Se trae a colación el dato para contrastar el evento más reciente de promoción gloriosa, que no buscó la transitoriedad de lo mundano, sino que respira olor de eternidad, como suelen ser las pretensiones de una elevación a los altares.

El mundo, el siglo, lo temporal es frágil. Está compuesto de cuerpos, de vasijas rellenables y prescindibles. Lo peor, decía Platón, es que hasta resultan falsas. Este mundo es falso. Por eso no hay que encandilarnos con su brillo y oropel. En cambio lo espiritual, lo celeste, lo encumbrado en el reino del espíritu viene siendo perenne y no acusa caducidad alguna. Es lo que distingue a la santidad, como atributo de fama valiosa, frente a otros tipos de fama que aporten el diablo, el mundo o la carne. Así dicho, para quedarnos nada más en la lógica de las pastorelas mexicanas.

Juan XXIII y Juan Pablo II fueron elevados a los altares hace apenas una semana. No hay que invocar a la debilidad de la memoria humana para confrontar de entre ambos la personalidad nimia del primero proyectada por los medios ante la abultada agenda del segundo. Se trata de procedimientos de manipulación mañosa, de lo que tienen callo los medios y sus beneficiarios. Ya no tiene caso recordar que en su tiempo Juan XXIII fue llamado el “Papa bueno”. Tuvo la osadía de convocar a los obispos del mundo a revisar el papel que jugaba el clero en un mundo tan cambiado. Lo exigía el momento y tenían que afrontarlo con responsabilidad de adultos, con compromiso ecuménico. Así se dijo entonces y en tal tónica se desarrolló el Concilio Vaticano II.

Para la imagen de Juan Pablo II el ruido mediático fue desbordante, como cuando vivía. Televisoras, radios, periódicos, la red, todo lo que se mueve en información y comunicación le entró al baile y lo retrotrajo a la memoria. Con ruido de farándula se movió a lo largo de su pontificado y así volvió a las pantallas y bocinas de atruendo de nuestro tráfago cotidiano. Mas hay que decir que así como se le rescata con parafernalia, para volcarle méritos a su canonización, también le han llovido críticas feroces de enterados, que le saben sus lides pecaminosas o tortuosas, u oscuras, o mal deslindadas.

Se lleva la palma en el inventario de acusaciones redivivas el cargo de solapar la pederastia de tantos curas libidinosos, incapaces de refrenar sus instintos y abusadores de la inocencia de acólitos, seminaristas e imberbes que les quedan al paso. Le destapan de nuevo los archivos de su condena a los curitas comprometidos con la causa de los pobres y su liberación. Esta era una actitud que movía a muchos sacerdotes del tercer mundo, especialmente a curas latinoamericanos levantiscos al lado de los desprotegidos. Se les conoce con el genérico nombre de la corriente de Teología de la Liberación.

A pesar de ser amplios los inventarios expuestos por los conocedores, en esta batahola se escamotea o calla un cargo duro, que no por cruel carecería de importancia en el concierto: la muerte de Juan Pablo I. Toda información explicativa sobre esa sorpresiva desaparición física fue escamoteada. Se colocó sobre el asunto una lápida más pesada que la que cargó Pípila y pareciera que nadie quiso arrostrar el riesgo de ventilar el hecho.

Si no existe investigación somera ni de fondo para esclarecer tal muerte, menos puede afirmarse que se haya tratado de un homicidio. Y menos aún se puede acusar a Karol Wojtyla de implicado en un homicidio, del que ni siquiera está claro que haya sido tal. En la famosa tercera película de El padrino se maneja la tesis de que en dicha muerte se coludieron los más aviesos intereses del lavado de dinero de las mafias del narcotráfico con los dineros del Vaticano. Películas, novelas y constructos de esta laya no son pruebas. Basarse en tales argumentos y pesquisas es bordar en el vacío. Sin embargo, resulta a todas luces sospechoso que no se le haya dado seguimiento a una muerte tan extraña. En criminalística existe la recomendación positiva, para esclarecer un crimen, de seguirle la pista al beneficiario mayor. Wojtyla lo fue. El problema es que primero habría que establecer que fue un crimen, para luego invocar estos procedimientos. Nada fácil.

Pero hay vacíos menos elusivos. Se puede revisar la conexión entre la modificación, en 1992, de nuestro artículo 130 constitucional con la segunda visita que nos hizo Juan Pablo II en 1990. Salinas ocupó la presidencia bajo pesadas acusaciones de fraude electoral. Su golpe de Estado técnico ocurrió en 1988. Dos años después seguía soportando el repudio por su ilegitimidad de origen. No se ocupa tanta malicia para suponer que nuestros talibanes políticos le hayan pedido auxilio a los talibanes católicos para avanzar en ese rubro, conociendo nuestra catolicidad tan masiva pero tan superficial.

En esa segunda venida, el pontífice compró la derogación de aquella ley anticlerical a cambio de trabajar de consuno en la aceptación popular del régimen salinista, repugnado por fraudulento. Favor por favor. Interrogado sobre si no estaba contento de este paso, Sergio Méndez Arceo fue lapidario: “Sí, pero no con la forma como se consiguió”. Al buen entendedor, pocas palabras. Pero hay más cosas. Salinas, el príncipe usurpador, no hallaba la forma de tender el puente levadizo hacia los intelectuales del país. También prodigó sus encantos para ganarse adeptos entre una grey tan descontentadiza. Para esta segunda estancia del pontífice, le armó un encuentro con intelectuales. Pocos de ellos declinaron la invitación: Rufino Tamayo, Flores Olea, Benita Galeana, Fernando Benítez, Gabilondo Soler, entre otros. La tarea de reclutar convidados para dicha tarea recayó en Octavio Paz y en Silvio Zavala. Ya en el evento, Zavala le dio la bienvenida y Paz tuvo a cargo el discurso central del evento en la Biblioteca México (Proceso 701).

Dice Raymundo Riva Palacio que los avatares de la primera visita son mucho peores. En ella ligó las trompas de nuestros políticos con la conjura en contra del régimen polaco, derrocado pocos años después. Poco a poco nos enteramos de que la droga mexicana sirvió de soporte a la CIA para financiarle armas a la contrarrevolución nicaragüense. Ahora venimos a saber que esos fondos también se utilizaron para artillar al sindicato Solidaridad polaco en su lucha anticomunista (El Zócalo, “Una historia nunca contada”, Raymundo Riva Palacio, 28 de abril).

Sabíamos que Karol anduvo enredado en cables anticomunistas, pero ignorábamos que también nos hubiera ligado en sus enjuagues. Si esas movidas chuecas son legítimas o no, puede discutirse. Lo que no entra a discusión es que se trate de actividades edificantes propias de personajes a los que se pretende atribuir la santa eternidad.