Jugando al infierno

Sono Sion regresa a la Muestra con Vamos a jugar al infierno (Jigoku de naze warui; Japón, 2013): a primera vista una farsa descabellada que combina guerra, entre gánsters, historia de amor y quehacer cinematográfico; un trabajo inundado de alusiones a autores de culto del género chanbara, o cine de yakuza con autores como Kinji Fukusaku o John Woo. 

Tres historias corren paralelas hasta liarse en un carnaval de sangre y mutilaciones; la carrera artística de la hija de uno de los padrinos trastocada por la guerra entre dos clanes de yakuza; la aventura de un grupo de jóvenes, los Fuck Brothers, que veneran al dios del cine y ahora tienen la oportunidad de realizar su obra maestra dirigiendo una cinta con gánsters como actores de carne y hueso dispuestos a todo por apoyar a la hija del jefe.

Las referencias al cine y a sus géneros se enciman como capas de cebolla, la de Tarantino es la más obvia; el peleador estrella de los adoradores del dios del cine viste como Bruce Lee (Game of Death), o como Uma Thurman en Bill Kill, la sangre corre a chorros, aunque las dosis en Vamos a jugar al infierno se elevan exponencialmente hasta formar ríos. Pero lo que para el estadunidense era, en el fondo, un nostálgico y estilizado ballet, para el director japonés es un juego de niños donde la crueldad, sin pizca de moral, es prueba misma de que la diversión es genuina.

Como anuncia el título, Vamos a jugar al infierno invita al goce de la violencia sin el menor recato; la venganza es normalmente el recurso más utilizado en el género de gánsters, samuráis, o westerns; el espectador se implica en la causa del vengador y las trasgresiones a la moral quedan más o menos justificadas. En otras cintas del director, como Himizu o Culpable de romance, la venganza sólo sirve para desplegar la capacidad creativa del personaje, por oscura que sea.

Pero en Vamos a jugar al infierno, Sono Sion desarticula el móvil de la venganza desde las primeras escenas cuando la esposa del jefe acuchilla a diestra y siniestra a los enemigos de su marido; lo que queda es tratar cumplir el sueño de una madre por tener una hija actriz y el de un grupo de aficionados por hacer una película de alto presupuesto. El director de Cold Fish auto parodia su trayectoria  de cineasta y artista callejero; en una producción en grande, el dinero proviene de alguna mafia y el precio es la sangre.

Los daños colaterales poco importan, el set cinematográfico es un campo de batalla; el dios del cine es implacable, rodar es un ritual, los géneros la manera de hacerlo; y el lenguaje de experimentos con planos, cuadros congelados, travelling, los elementos con los que el director compone su poesía visual.

Por absurdo que parezca, Vamos a jugar al infierno funciona como apología de la obra de este autor tan criticado por la brutalidad de sus películas. Sono Sion muestra que para él cine y juego son expresiones idénticas, un artista auténtico tiene que embarrarse.