Desde que llegó a Madrid enamoró a todos. Desarrolló una actividad sin respiro. Abrió la lectura de 48 horas del Quijote en el Círculo de Bellas Artes. Portó con orgullo su huipil juchiteco cuyos colores creyeron –empezando por el rey Juan Carlos– eran por España, y dijo un discurso a nombre de “la gente de a pie” donde cuestionó el poder financiero del mundo. Pero ante todo, planteó los grandes desafíos del país, y lo reflexionó en entrevista con Proceso al término de ese día del Premio Cervantes que consideró “el acontecimiento más importante de mi vida profesional”.
MADRID.– Es la noche de un día glorioso para Elena Poniatowska Amor. Es el miércoles 23 de abril, y decide hacer un repaso con Proceso del significado de este emotivo día en que recibió el Premio Cervantes y, como galardonada, inaugurar la lectura anual de los primeros párrafos de Don Quijote de la Mancha en el Círculo de Bellas Artes por el Día Internacional del Libro.
A lo largo de la estancia de la escritora en esta capital, la cámara de su hijo Felipe Haro ha captado el mayor número posible de momentos para un documental que narrará todo el proceso de la presea más importante de las letras españolas.
Está sentada en un sillón del bar semi-desierto del hotel Lusso-Infantas en el barrio de Chueca, con el inocultable cansancio de un día agitado, pero sin dejar de sonreír. Después de cenar con su hijo Emmanuel, todavía tiene puesto su huipil juchiteco color rojo con bordados amarillos que llamó la atención de los periodistas iberos.
“Son los colores de España”, le dijeron sólo entrar hacia el medio día al claustro de la Universidad de Alcalá de Henares, ciudad de nacimiento de Miguel de Cervantes, donde la esperaba un enjambre de fotógrafos.
“Sí, pero también de Juchitán”, informó.
Ya se advertía que la entrega del mayor galardón a la literatura en español no iba a ser una ceremonia encorsetada por los protocolos habituales. Primero, Poniatowska y el rey aligeraron el encuentro saludándose con dos besos, a la usanza europea. Luego repitió el ritual con la reina Sofía.
Después, desde el púlpito del Paraninfo, el discurso pronunciado por ella (que se puede leer completo en proceso.com) resultó, según la propia autora acepta, un mensaje sensible que “tocó fibras” entre los presentes, porque lo escribió a nivel de piso, sobre la “gente de a pie” y sobre los enormes “desafíos” que tiene México.
–¿En quién estaba pensando cuando escribió el discurso?
–Lo escribí pensando en mi país, pienso en la gente de México y en los grandes conflictos, los grandes hoyos negros de México, que siempre nos han dolido a todos, por eso existe una revista como Proceso, por eso existimos algunos que seguimos teniendo una capacidad de indignación, de decir cómo es posible ver todo esto y no indignarse. Creo mucho en la capacidad de la indignación.
Se muestra satisfecha cuando se le relatan las reacciones de muchos españoles presentes en el evento, conmovidos por sus palabras.
–El sustrato de su discurso parece una denuncia de los desafíos que tiene México, de su realidad…
–Ojalá no sea así, porque yo amo muchísimo a mi país. Me preguntaron por (el presidente Enrique) Peña Nieto, y les dije que lo que quiero es lo mejor para el país. Ojalá Peña Nieto sea un gran presidente. Pero ustedes saben que yo estoy con el candidato de la izquierda, que es Andrés Manuel López Obrador, estoy con él desde hace doce años.
–Pero su amor al país se traduce en denuncia, en poner en la mesa esos retos de México, ¿o no?
–Sí, yo quiero que se volteen un poco las cosas, que la gente del poder se dé cuenta de la riqueza de los mexicanos que no tienen oportunidades, cómo es posible que no se den cuenta de a quién están machacando.
Y sobre esos desafíos, añade, lo importante es “la posibilidad de documentarlos, porque finalmente lo que más se necesita es escribir sobre lo que sucede en nuestro país, yo podría escribir algunas novelas de amor, pero es necesario que se escriba de lo que sucede en México, que se puede hacer a través de libro, a través de novela, a través de cuento, pero también a través de novela testimonial o literatura de la calle”.
–¿Cree que la gente del poder en México tenga la capacidad de entender la dimensión de esos retos que usted propone?
–Yo creo que hay mucha gente que sí. Yo he oído decir que (el secretario de Hacienda (Luis) Videgaray es un hombre muy inteligente, que es un hombre muy capaz, aunque nunca he cruzado palabras con él, ni creo que eso llegue a suceder. Pero creo que en México han habido gentes muy pensantes, desde luego Octavio Paz, Carlos Fuentes, pero no sólo en la literatura, también Diego Rivera fue un hombre muy pensante.
“Lo que sí creo es que es triste y que parece una cantinela, es que somos inferiores a nuestro pasado, que antes había gente que de veras se la jugaba por una causa, que decía ‘bueno, yo sí sé por qué quiero morir, tengo una razón y una causa por la que estoy dispuesto a morir por México’, pero que ahora ya no hay. Hemos llegado muy lejos en la corrupción y tan lejos en el desastre.”
Homenaje y referencia
El vestido de la escritora y periodista mexicana es artesanal y fue elaborado por las mujeres oaxaqueñas de Juchitán . Y los aretes dorados que porta, “de pescadito”, son un regalo del artista plástico Francisco Toledo, con quien dice estar muy ligada.
“Por cierto, estos aretes se me rompieron y me los arregló Natalia Toledo, la hija de Francisco.”
El vestido con el que salió retratada en toda la prensa y las televisoras de México y de España, tiene una historia. Dice que no es nuevo, que ya lo llevó cuando recibió el (Premio Internacional de Novela) Rómulo Gallegos, en Venezuela (el 2 de agosto de 2007, por El tren pasa primero). Me lo puse también en Nueva York, cuando recibí el Courage Award.
“Me puse el vestido porque es un homenaje a mí país. Las artesanas de Juchitán me dijeron que es un vestido de gala, (entonces) yo dije ‘le tengo que rendir homenaje a mi país’, porque Poniatowska no suena precisamente a mexicano.”
Dice que conoce bien a las tejedoras de este vestido, de hecho “ellas me vistieron la primera vez, me peinaron con muchas flores, pero esta vez ya me pareció excesivo tantas flores”.
–¿Qué le comentó el rey del vestido, cuando se saludaron?
–Que le gustaba mucho y que, coincidentemente, tenía los mismos colores de España, el rojo y amarillo.
–Hubo varios encuentros con los reyes Juan Carlos y Sofía, con los príncipes, ¿de qué hablaron?
–Sí, muy cariñosos con México. Por ejemplo, en el diálogo con Felipe (durante el almuerzo en Palacio Real), lo sentí muy preparado y muy informado, me habló de la educación de sus hijas, y además de su gran conocimiento y cariño por México, eso me gustó mucho de él. Igual la reina Sofía me dijo que conoce muy bien a México, que ha ido muchas veces a México. Yo creo que, con excepción de Brasil, México en el continente es el que tiene mayor proyección, más fuerza por su gente y más historia. Por eso tenemos la obligación de proteger al país.
Poniatowska tuvo una agenda repleta de eventos desde el lunes 21 y hasta el viernes 25. El primer día, en la conferencia de prensa en la Biblioteca Nacional de España, recordó a su amigo Gabriel García Márquez, el mismo día que en México iba a ser homenajeado en el Palacio de Bellas Artes.
“Gabo es en sí mismo el monumento de Bellas Artes de México”, señaló.
Ese día ensalzó al periodismo como una actividad útil, por ser una “lección de humildad”, pese a que México se convirtió en “el país más peligroso del mundo para los periodistas y donde más han muerto, hombres y mujeres, en la frontera de México, por (cubrir) temas relacionados con el narcotráfico y con la droga”.
Una realidad que “entra en la casa, te ahorca”.
Consideró que es difícil “escribir otras cosas en casa, mientras afuera suceden cosas que jalan”; por eso en México se hace un periodismo “como el de la revista Proceso, la que fundó Julio Scherer García (a quien aludió en su discurso), totalmente dedicada a la investigación del tema del narcotráfico y corren mucho peligro. (El diario) La Jornada, un periódico de izquierda” pues, dijo, “uno no puede ser amanuense de empresarios, eso es una manera de venderse bastante horripilante”.
Ese mismo día, Poniatowska depositó un legado –la primera edición de La noche de Tlatelolco, la cual incautó el gobierno mexicano, la pulsera de su padre, Jean Joseph Sperry Poniatowski, para su identificación como militar en la Segunda Guerra Mundial, más un texto inédito– en la Bóveda de las Letras, la antigua “bóveda de caudales” de un banco que hoy ocupa la sede del Instituto Cervantes, a un paso de la Fuente de las Cibeles, en esta ciudad.
La escritora participó en un almuerzo que ofreció el rey Juan Carlos al mundo de la literatura el martes 22, en reuniones con estudiantes, un conversatorio con el escritor Jordi Soler, siempre en los distintos foros arropada por su nutrida comitiva, integrada por sus hijos Emmanuel, Paula y Felipe, las parejas de éstos, casi todos sus nietos y amistades como las investigadoras Marta Lamas y Sara Poot Herrera, entre otros.
Hombres de México
La autora de Leonora, de La piel del cielo, de Fuerte es el silencio, de Lilus Kikus, de Hasta no verte Jesús mío, del entrañable Querido Diego, te abraza Quiela… de una treintena de novelas, cuentos, ensayos, reportajes, regresa al discurso de ese, de su vida. Relata que al terminar de escribir la primera versión, en México, se lo enseñó a dos amigas cercanas, a Marta Lamas y a Raquel Serur.
“Y me dijeron, ‘no es por ahí Elena, está de la patada’. Yo hablaba del Quijote, de la literatura. Me dijeron, ‘mejor habla de lo que tú has hecho a lo largo de los años’, de los libros que he escrito, de cómo concebía el periodismo y cómo concebía la literatura, de la gente a la que tanto estoy ligada, que es la gente de la calle, la gente que va caminando.”
Y es por ello que su discurso refiere los grandes desafíos de México, los que tienen que ser abordados por “los grandes hombres” del país, “como el doctor Ignacio Chávez –lo dice viendo a su amiga Delia Chávez, hija del médico, sentada en un sillón cercano– que entregó su corazón, su vida, para hacer un gran Instituto de Cardiología, como gente de primera tiene el Colegio Nacional o la gente que trabaja en los principales centros hospitalarios”.
En el acto de entrega del Cervantes, al cual cupieron apenas unas 250 personas, estuvo presente el excanciller mexicano, Bernardo Sepúlveda Amor, vicepresidente de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, y se le cuestiona si gente como él tendrían mucho que hacer por las relaciones internacionales de México.
“Él fue un gran secretario de Relaciones Exteriores, por supuesto, lo mismo que Manuel Tello Macías, que era ejemplar en su dignidad. Gilberto Bosques (cónsul en París y llamado El Schindler mexicano, por otorgarles visas a 40 mil personas para salvarse de la persecución nazi), uno de los grandes mexicanos que aún no ha sido reconocido a plenitud. En eso no se trata de ser de izquierda o no, sino de reconocer que en México ha habido tipazos, gente grande, y seguir su camino ante los grandes retos”, dice.
Y, por otro lado, añade, está “la gente que a mí me interesa muchísimo más, la gente en la calle, la que todavía cree en ella, que tiene su magia, que tiene que ver mucho con (Gabriel) García Márquez, que es mucho más interesante que una burguesía que lo que hacen es aparecer en las secciones de sociales”.
Elena Poniatowska define así su interés por la gente:
“Mi interés no lo veo como un compromiso, sino como una inclinación natural.”
Tanto así que por eso centró en ese punto su discurso de ocho cuartillas, y cómo ha sido la evolución, desde sus comienzos.
Y rescata de la memoria una anécdota, cuando se inició en el diario Excélsior, que estaba prohibido hablar de las cosas que denigraban a México.
“Me acuerdo que a Carlos Fuentes y Juan Rulfo, cuando eran muy jovencitos, les dio trabajo Jorge Ferretis, que era director general de Cinematografía, en la época que en México se hacían muchas películas. Ellos estaban muy orgullosos de tener (en el set de filmación) su silla como las del cine, con su nombre propio, Carlos Fuentes y Juan Rulfo, pero ellos eran los sensores (del gobierno), los que decían ‘¡corte! ¡corte!’ si en la escena se atravesaba un perro flaco, decían, porque ese perro denigraba la imagen de México, y sacaban al perro a patadas.”
–Pero el premio, ¿es un reconocimiento a esos mexicanos de a pie de su obra o un reconocimiento a su obra?
–No, yo creo tiene que ver más con el periodismo, del que siempre se ha dicho que es un género menor, un genero inmediato, que no es alta filosofía.
–¿Qué sigue en su carrera literaria y periodística?
–Seguiré haciendo mis libros, cada vez con más rapidez porque cada vez hay menos tiempo. Tengo pendiente un libro sobre los Poniatowski, mi familia. Estoy leyendo sobre Catalina La Grande y sobre los Poniatowski, del que fue el último rey de Polonia, que era Estanislao Augusto Poniatowski. Me llamó la atención que era un hombre que amaba mucho a las mujeres, y luego que hizo grandes cosas en Polonia, trajo grandes pintores, construyó castillos y promovió el arte, la gente lo seguía, supongo que eran muy apasionados.
“Los Poniatowski fueron muy enamorados, porque hay cartas en la familia que Augusto le escribe a la emperatriz Catalina La Grande, que le dice ‘yo no quiero ser rey, yo quiero estar en tu lecho’, pero jamás volvió a estar en el lecho porque ella tuvo un amante tras otro, incluso fue acusada de haber asesinado a su marido.
“Entonces, dije, voy a investigar, porque no sé polaco, no sé mucho de esta historia, por eso tengo que leer y saber mucho más de la historia de Europa antes de lanzarme a hacer este libro.”
Asimismo, dice que está a la mitad de un libro sobre Guadalupe Marín:
“Tuve el gran privilegio de entrevistar a la segunda esposa de Diego Rivera, todo un personajazo, era como una pantera, como unos ojazos hermosos, pero con mucho qué decir sobre distintos temas.
“Es un personaje que además representa toda una época de México, que fue opacada totalmente por Frida Khalo, y por eso en las 120 páginas de mi libro puede convertirse en una novela sobre ella, la estoy construyendo… con muchas interrupciones”, sonríe, en alusión al premio Cervantes.
Primera de las cuatro mujeres con el Cervantes en decir un discurso desde el púlpito del Paraninfo (rodeado en los bordes del techo con nombres de una docena de destacados hombres de letras: San Juan de la Cruz, fray Bartolomé de Carranza, Gaspar Melchor de Jovellanos…), Elena anunció a la mitad de sus ocho cuartillas), al hablar de Leonora Carrington y su matrimonio con Renato Leduc, autor del soneto al tiempo “que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto”, pero finalmente no lo hizo. Al concluir la entrevista se le recuerda. Y lo recita, a partes:
Sabia virtud de conocer el tiempo,
A tiempo amar y desatarse a tiempo.
Como dice el refrán: dar tiempo al tiempo,
Que de amor y dolor alivia el tiempo.
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
Amor de aquellos tiempos cómo añoro
La dicha inicua de perder el tiempo
“Es muy bello… muy bello. Lo de Renato Leduc fue a propósito e intencionado porque le querían hacer menos en Francia, le decían el mexicano y lo hacían menos, y Leonora Carrington lo escogió a él y se hicieron pareja… es una mujer fabulosa.”








