Postal de mar

El equipaje de Soledad no ha llegado al carrusel correspondiente del aeropuerto y se enfrenta a la infinidad de trámites y requerimientos para recuperarlo…

El verdadero problema surge cuando le piden valuar su contenido, ya que su valor no está en lo económico, como por lo general sucede en las maletas de viaje, sino en el significado que ella ha dado a los objetos que traía consigo: la arena que tenían sus zapatos, los regalos que traía para cada uno de sus compañeros de oficina, las conchas que recolectó en el mar y la ropa que usó durante sus vacaciones, que también realizó en soledad.

El personaje de Chole, interpretado por Adriana Kosh, es una joven que, valga la redundancia y como su nombre lo indica, Soledad, está sola; su temor es regresar sin nada en las manos, situación que el sólo hecho de imaginarla aumenta su angustia y su insistencia por recuperar el equipaje, aunque tenga que esperar por tiempo indefinido. Los temas de la joven se agotan pronto y el tono de comedia que se intenta imprimir en algunas situaciones, tampoco logra su efecto.

El texto de la dramaturga española Itziar Pascual parte de lo casi invisible para los ojos del materialismo, como son detalles insignificantes o acontecimientos que únicamente para ella tienen importancia y le provocan sentimientos frágiles e inaprensibles. La forma dramatúrgica que la autora utiliza para desarrollar el monólogo es haciendo que el personaje hable con el público, y la mayor parte con un hombre que supuestamente está detrás del mostrador y es quien le indicará los requisitos y trámites que requiere para recuperar su equipaje. Él le hace preguntas que ella repite para que el público se entere y emita la respuesta.

La convención que se establece donde se pretende que el monólogo sea un diálogo resulta difícil de sostener, pues la actriz no visualiza al escucha y los parlamentos se vuelven muy forzados, diciendo lo que nosotros no oímos. El hecho de hablar con alguien invisible y de hacerlo también con algún espectador, crea más distancia de la esperada y nos impide inmiscuirnos en la problemática de su personaje. Esto se acentúa porque en ocasiones observamos cómo la actriz habla con un espectador y se refiere a él en femenino, aunque al que esté viendo sea un hombre.

El tono del texto de Postal de mar es siempre suave y ligero, llevándonos a la nostalgia y a la tristeza, aunque a veces se intente ir hacia la comedia dado que la situación lo amerita.

El hilo conductor del monólogo es la rutina que se tiene que hacer en un aeropuerto para recuperar una maleta: desde llenar un formulario, esperar y esperar, hasta ir a buscarla a los objetos extraviados. La pérdida de los objetos preciados, que esconden diferentes significados, nos va dando idea de los sentimientos de esta joven en su angustia y su necesidad por recuperarlos. Desgraciadamente, no se consigue transcender lo inmediato de los acontecimientos y nos quedamos con la simple sensación de una joven desamparada­ que sólo recuerda y espera.

La propuesta escenográfica de Postal de mar es muy atractiva, ya que nos ancla a la importancia de los objetos y al mismo tiempo a su caos cuando no son de nadie: cajas arrinconadas, objetos abandonados colgados por ahí y algunas maletas que no corresponden a la descripción que la protagonista da.

Postal de mar, que se presenta dentro del Ciclo de Ópera Prima del Foro la Gruta del Centro Cultural Helénico, es apenas un esbozo de la problemática de la mujer propuesta por la dramaturga Itziar Pascual. Ni la dirección de Óscar Rojas ni la actuación de Adriana Kosh consiguen rebasar la inmediatez de la situación, aunque tienen muchos aciertos en cuanto al movimiento escénico y la visual donde, con elementos que rompen el realismo, consiguen presentar el significado de los objetos que han dejado de tener dueño.