La crisis de Ucrania transcurre en diversos terrenos con diferentes niveles de riesgo y mayores o menores posibilidades de encontrar una solución. El más alarmante, con mayor repercusión en los medios de comunicación, son las acciones de grupos pro-rusos en las provincias industriales y mineras al este del país los cuales exigen referéndums, separatismo y anexión a Rusia.
Del otro lado de la frontera, en territorio ruso, 40 mil soldados permanecen a la expectativa. Listos, dicen los comentaristas, a intervenir si tuvieran lugar acciones drásticas en contra de los mencionados manifestantes. Ante lo cual, Putin incluso ha advertido acerca de la posibilidad de una guerra civil.
La respuesta del actual gobierno de Kiev ha sido ambivalente: conciliadora al ofrecer medidas que fortalezcan la autonomía y el reconocimiento oficial del idioma ruso en esas provincias, pero firme para condenar con la cárcel a quien promueve el separatismo.
El otro terreno en que se expresa la crisis es el de la economía. El descontento de los ciudadanos, tanto los que se manifestaron contra el anterior gobierno como los que se expresan ahora en los territorios del este, tienen un motivo en común que es el descontento de la población con las condiciones de vida: falta de empleo, muy bajos salarios, deterioro de la infraestructura industrial y de comunicaciones heredada de la antigua URSS y, sobre todo, ausencia de cuadros capacitados para conducir la economía por caminos donde no domine la corrupción y la ineficiencia. La economía ucraniana ya estaba en problemas antes de la crisis política; con el desencadenamiento de los problemas actuales la situación es simplemente catastrófica.
Uno de los problemas más urgentes tiene que ver con la energía. Ucrania es paso del gas ruso destinado a Europa y es dependiente del mismo para satisfacer sus necesidades internas. Enfrenta en estos momentos un adeudo grande por dicho gas con Rusia, que exige el pago o amenaza con suspender los envíos. La Unión Europea ha prometido intervenir para saldar dicho adeudo, ¿eso es todo lo que hará para ayudar a la economía ucraniana?
El grado en que están entretejidos los intereses económicos entre Europa y Rusia hace posible que, a pesar de las tensiones políticas, los dirigentes de ambas partes estén dispuestos a una negociación. La utilidad de la crisis ucraniana para consolidarse internamente no impide a Putin estar dispuesto a dialogar, de la misma manera que lo está Angela Merkel y, por motivos distintos, Obama. La primera ronda de negociaciones tuvo lugar el pasado jueves 17 en Ginebra entre Estados Unidos, Rusia, la UE y Ucrania.
Para Rusia lo importante es la seguridad de las fronteras entre Rusia y occidente. Esta vez Putin quiere por escrito compromisos que permitan asegurar que Ucrania permanecerá como un Estado neutral de la manera que lo son Austria o Finlandia; es decir, no pertenencia a la OTAN, no establecimiento en su territorio de bases extranjeras.
Para los países occidentales, las demandas también son claras: alejamiento de las tropas rusas de la frontera con Ucrania, no intervención en asuntos de los territorios del este habitados por minorías rusas, no desestabilización del gobierno ucraniano.
Es posible que a corto plazo algo se logre al conversar sobre esos temas. A nadie escapa, sin embargo, que cualquier acuerdo que surja será necesariamente frágil. El verdadero dilema de Ucrania es lograr crecimiento y estabilidad económica al mismo tiempo que enfrenta los problemas de identidad de su población. Sin embargo, el país carece de liderazgos confiables para semejante tarea que, por lo demás, sólo podría cumplirse con la ayuda decidida de Rusia o la UE. Sobre esto último hay motivos para ser escépticos.
La UE no se distingue por su generosidad y las condiciones de austeridad que querría imponer para ayudar económicamente a Ucrania seguramente profundizarían un descontento social que, de por sí, ya está fuera de control. Sin la ayuda de Estados Unidos no pueden llegar muy lejos y éstos tienen diversas circunstancias internas que aconsejan no comprometerse demasiado.
Rusia tiene el tiempo a su favor, las minorías rusas son una presencia de largo alcance, contribuirán a dificultar la tarea al gobierno de Kiev que, hasta ahora, no hay motivos para pensar que tendrá mucho margen de maniobra. Putin posiblemente va a ceder en algo, a corto plazo. Sabe que su influencia sobre Ucrania no desaparecerá. Por lo pronto habrá que observar cómo se resuelve la integración de Crimea, tanto desde el punto de vista de las comunicaciones como de la integración productiva. Esa experiencia influirá sobre las medidas que se tomen más tarde respecto al este de Ucrania.
El futuro es pues muy incierto para ese país que se debate entre Rusia y Occidente y está contribuyendo, sin habérselo propuesto, a definir las nuevas coordenadas del poder internacional en el presente siglo. En Ucrania confluyen la reducida influencia económica de la UE, el retraimiento estadunidense y el peso geopolítico y cultural de Rusia en los linderos con Occidente. Las negociaciones apenas comienzan, el desenlace está por verse.








