UdeG, su filiación política

En la entrega anterior “Paz, a la derecha” (Proceso Jalisco 491) se dio cuenta de la reflexión que Octavio Paz hizo sobre la UdeG en torno a sus filias políticas. Que había sido un error –dijo Fernando del Paso– no haber invitado a Paz. “No vino porque creían que era más de derecha y él también pensaba que la universidad era de derecha”. Ya ensayamos a buscarle a Paz su encuadre en la geometría política. Veamos si podemos hacer lo mismo para la universidad aquí mentada, tarea que parece mucho más difícil.

Se presentan serias dificultades teóricas a la hora de querer presentar el perfil político de una institución de esta naturaleza. Para empezar, el tamaño de la suma de sus miembros debía inhibir a dar por sentada una afirmación puntual sobre ella. Sus números oficiales hablan de un flujo anual cercano al cuarto de millón de estudiantes. ¿Cómo lanzar opiniones que puedan aplicarse de manera generalizada a este universo no homogéneo de personas? Cada semestre se le integran y abandonan sus aulas muchos estudiantes. Puede hablarse también de una población flotante cercana tal vez al 20%. En un lustro la población estudiantil universitaria, considerada básica o permanente, muda, emigra a otros espacios. Deja el lugar a un número similar de pelambre distinto. Las instituciones educativas están cambiando siempre de piel, lo cual no es un dato para despreciar.

Hablar de estos hormigueros de gente joven tiene sus bemoles. Se impone el manejo cuidadoso de los datos que busquen abarcar sus variables. Las técnicas de estudio para penetrar en el continente desconocido que es la población estudiantil deben ser afinadas a detalle. No bastará con levantar sondeos o muestreos, de resultados poco confiables. Deben ser levantamientos sólidos, censos, exámenes exhaustivos, entrevistas a fondo, aprovechando que se trata de un personal cautivo, flotante o no, en aulas y espacios educativos.

Poseen éstos en cambio, como residente, personal atrapado a sus entrañas: los profesores, los investigadores, los administrativos y los de servicios generales. La institución establece con ellos relaciones laborales, que se norman por leyes conducentes del ramo. Viven pugnas y acuerdos salariales, escenas de oferta y demanda no sólo académica o de investigación y de docencia, sino hasta las prosaicas y pedestres, que tienen que ver con el pago o retención de salarios devengados. Estas variables sí proporcionan material más objetivo para la dilucidación jurídica o política. Por estos meandros puede un analista orientarse bien al buscar acomodos de geometría política.

Ha de tomarse en cuenta también, como elemento clave, la dimensión histórica, que no es despreciable. Cuando Del Paso asegura que Paz tildaba a la UdeG de derechosa, casi es de entenderse que éste tomaba los jirones históricos más comprometedores de esta institución educativa en sus últimos años, para externar sobre ella juicios punitivos tan lacerantes. Haciendo caso a esta recomendación, habrá que traer a la memoria y sacarle las cicuas correspondientes a la ocasión en que Octavio Paz fue invitado a venir a la UdeG y que estuvo entre nosotros. Veamos.

Lo invitaron los estudiantes de la antigua Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG en 1972. Aceptó venir y estuvo por aquí. Aún estaba fresca la renuncia de este poeta a la embajada mexicana en la India, como protesta por la masacre estudiantil del 2 de octubre de 1968. Sólo habían transcurrido cuatro años de ambos acontecimientos. La postura valiente de Octavio Paz era saludada en ese momento por los contingentes universitarios de la época, como una excepción que rescataba de su ignominiosa cobardía y complicidad al funcionario mexicano, que no sólo calló ante la masacre, sino que la apoyó y hasta aplaudió en algunos foros. No es de creerse que Paz ignorara que el Consejo General Universitario pagó en los medios desplegados de plana completa en apoyo al sanguinario presidente. Pueden rastrearse estos testimonios en los diarios de la época.

Era bien conocida la proclividad de la administración universitaria tapatía por la línea oficial del gobierno de Díaz Ordaz. No la externaba tan sólo su cuerpo administrativo, sino también el cuerpo de sicarios, la FEG, que se hacía pasar por representante del alumnado. En su confrontación con el gobierno, los estudiantes capitalinos buscaron los apoyos de sus colegas en todo el país. Se supo abiertamente que la FEG y la UdeG les dieron la espalda y se uncieron a la carreta oficial. Se sumaron a la avalancha de la ignominia, pues luego vino la masacre estudiantil, como solución de fuerza.

Y sin embargo, Octavio Paz aceptó la invitación a venir con los estudiantes de aquella universidad. Resulta evidente que entendió que no lo invitaba la FEG, cómplice del régimen asesino y represor, con el que había roto amarras, siendo embajador de la India. Tampoco lo invitaba la administración, que no guardó el silencio ominoso de los cobardes ante el dictador sanguinario, sino que le aplaudió la fechoría. No. Lo invitaba el contingente estudiantil que, como todos los estudiantes del país, vivía subyugado a tales malandrines.

Eso estuvo muy claro para ambos, convidado y anfitrión. Mirando a los integrantes alumnos, Paz no podía calificar de derechista a “la universidad tapatía”. Estos inquietos discentes tampoco podían estar mirando en él a un intelectual al servicio del poder establecido. Había roto con él siendo parte de su organigrama diplomático. Eso tenía su mérito. Por eso era un invitado especial para el agasajo intelectual, un invitado de lujo.

Ambos, convidado y anfitrión, coincidían en calificar como de derecha a quienes se apilaban en rectoría o en las direcciones de las escuelas; al guaruraje y sicariato utilizado por estos funcionarios. A buen seguro que ambos dejaban a salvo de semejante descalificación a muchos de sus maestros e investigadores locales. Si no hubiera sido así, no se entiende cómo aceptó la invitación a venir, estuvo entre ellos y departió con ellos. Es variable histórica, que no puede ser despreciada en el análisis del tema. Si se presentaba como intelectual de izquierda, acudía a una invitación de correligionarios. No debió haber considerado entonces a la universidad como de derecha.

Si Paz la incluye en la derecha, la tacha se aplica por fuerza al tiempo más reciente, el de las administraciones mostrencas padecidas el último cuarto de siglo. Ahora se suceden en sus altas direcciones rectores semianalfabetas, directores ágrafos y funcionarios que no rebuznan por miedo al aparejo. Cuando se vive integrado a una institución educativa de nivel superior, la incultura voluntaria es una forma de sumarse intencionalmente a esa filiación política deleznable, calificada como de derecha. Pero no entienden.