Claudia (Ximena Ayala) trabaja en un centro comercial de la Ciudad de México, una apendicitis aguda la dispensa por un rato del fastidio de su ocupación; en el hospital hace migas con Martha (Lisa Owen), una mujer que padece una enfermedad terminal, probablemente HIV, y que la convida a la casa donde vive con sus cuatro hijos, producto de tres padres diferentes; Claudia acaba formando parte de la familia.
Así de simple se desliza el relato de Los insólitos peces gato (México-Francia, 2013), y aunque suene a chisme, el detalle de prole de hombres diferentes es clave; porque en este primer largometraje la realizadora Claudia Sainte-Luce sorprende con su visión sobre la aptitud de la fuerza materna para cobijar y nutrir, dentro de un esquema de familia no convencional.
¿Ecos de una cultura donde el padre tiende a ser irresponsable? Seguramente. Ninguna de las parejas de Martha están ahí para darle ánimo o apoyarla con los hijos; Claudia no tiene novio; la ausencia masculina acentúa la vulnerabilidad y la soledad de estas mujeres de diferentes generaciones; el único varón es el chico de 8 años, tan vulnerable como las demás. El diminuto detalle de una pecera vacía y la forma de llenarla, condensan la metáfora de los insólitos peces gatos; la simpatía de estas mujeres conmueve sin manipular las emociones del público. Sorprende el humor del que son capaces los personajes de Caludia Sainte-Luce (nacida en 1982), no como recurso para negar la muerte, sino para aceptarla.
La historia de esta familia donde cada uno, desde la mayor al menor, tendrán que aprender a crecer, contiene elementos autobiográficos que maduraron en el alma de la realizadora lo suficiente para mantener distancia sin dejar de sentirse a flor de piel. La fotografía de Agnes Godard, junto con el diseño de producción de Bárbara Enríquez logran que la banalidad de la vida cotidiana, los objetos más comunes, emanen un resplandor insólito sin perder un ápice de realismo.
Como pocas cinematografías, el cine mexicano ha explorado el tema de la familia hasta el hartazgo, pero nadie, que yo recuerde, había propuesto una ecuación tan bien equilibrada donde la familia se revele tan inevitable como la muerte, y donde familia y muerte se sientan indispensables para descubrir la vida.








