La opacidad, elemento esencial para la discrecionalidad y la simulación, se ha convertido en el eje de la gestión gubernamental de Rafael Tovar y de Teresa. Titular, desde diciembre de 2012, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el funcionario no ha sido capaz de publicar un Programa Nacional de Cultura 2013-2018 en el que se especifiquen objetivos, metas, actividades, indicadores de evaluación y procedimientos de rendición de cuentas que justifiquen y transparenten el gasto presupuestal.
Concentrado en la promoción de eventos-espectáculo de fuerte impacto mediático, Tovar ha permitido también la ausencia del Programa de Trabajo sexenal del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), de sus programas anuales 2013 y 2014, y el informe de actividades correspondiente a 2013.
En este contexto de opacidad sobre la planeación artística, la información sobre la ocupación de todas las salas del Museo del Palacio de Bellas Artes (MPBA) de 2014 a 2018, que dio su director Miguel Fernández Félix a la pintora Teresa Velázquez en enero de este año (Proceso 1952, Palabra de Lector), necesita transparentarse: ¿en qué consiste la programación, cómo se sustenta su pertinencia y cuál es el monto del presupuesto asignado?
Discrecional, indiferente o limitada en la exhibición y reinterpretación de las colecciones permanentes, y excluyente en lo que corresponde a prácticas contemporáneas pictóricas y escultóricas, la planeación museística del INBA necesita restructurarse. Para empezar, es indispensable redefinir la vocación de los recintos, establecer procedimientos de selección para las muestras individuales de artistas vivos, y diseñar protocolos de control interno que aseguren el cumplimiento de las normas. El dañino mecenazgo de becas del Sistema Nacional de Creadores (SNC) que otorga el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) desde 1989, ha generado una sobreproducción que carece de programas de difusión y comercialización. Brindarles a los becarios la posibilidad de exhibir anualmente, de manera colectiva, las obras que producen con los subsidios ciudadanos, dinamizaría notoriamente el acotado escenario post-conceptual y mercantilista que caracteriza la oferta museística del instituto.
Creado con la participación de Tovar hace 25 años, el Fonca debería celebrar su aniversario evaluando rigurosamente la eficacia y eficiencia de sus programas y erogaciones presupuestales: ¿Cuántos artistas visuales becados por el Fonca han logrado arraigarse en el imaginario colectivo o han destacado a nivel nacional e internacional? Además del SNC, un programa que urge evaluar es el de Promoción Internacional de Artistas Visuales Mexicanos, cuya convocatoria se publicó el pasado 1 de abril. Destinado a la subvención de comerciantes que asisten a ferias internacionales –aun cuando simula promover creadores nacionales–, el programa es contradictorio: si bien exige que el apoyo se utilice sólo para promover artistas mexicanos, otorga el financiamiento del stand permitiendo que las galerías promocionen artistas de otras nacionalidades, a quienes se les exhibe en el mismo stand.








